Madeleine Peyroux, Michael Nyman, Jamie Cullum, Ara Malikian y Selif Keita, un mosaico de músicas en València

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Los conciertos de la Feria de Julio de València son una cita clásica del verano en nuestra ciudad. Una oportunidad para acercarse en el calor de la noche a un mosaico de músicas diversas, ideales para dejarse llevar lejos de la ortodoxia y encontrarse con artistas que han sacudido el jazz, los sonidos étnicos, la clásica o la música para cine con apuestas libérrimas y sugerentes, así como con otras figuras nacionales e internacionales de muy variado perfil.

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Destaca la presencia de Madeleine Peyroux, una cantante americana de orígenes franceses que lleva ya 20 años embelesando al público. Para describir su voz, tras su fulgurante debut, acudieron al momento los nombres sagrados de Billie Holliday, Ella Fitzgerald o Édith Piaf. Palabras mayores para una debutante que dejó que pasaran ocho años para que ese sorprendente primer paso encontrara continuidad en “Careless Love”, que se convirtió en el mayor de sus éxitos hasta la fecha, aupándola directamente a la cima del jazz vocal declinado en femenino donde también reinan Norah Jones, Diana Krall, Dianne Reeves o Melody Gardot.

La artista desplegó una capacidad casi mágica para ligar los distintos lenguajes que han hecho grande la tradición musical americana, navegando con elegancia entre el folk, el blues y el jazz, reclamando una fluidez que diluye el peso de las etiquetas. Carismática y misteriosa, no parece desde entonces verse afectada por las comparaciones y, aunque no se prodiga mucho bajo los focos publicitarios, su voz profunda y oscura -suena como desligada de nuestro tiempo- resulta más que elocuente. Ha construido un sólido repertorio de su autoría, pero brilla especialmente en sus personalísimas relecturas de clásicos, no solamente del jazz, sino del rock o el pop: Hank Williams, Bob Bylan, Patsy Cline, Leonard Cohen -memorable su “Dance Me to the End of Love”-, Roy Orbison, Ray Charles… Y, claro, la palpitante herencia del Sur. El resultado es una especie de luminosa nota a pie de página del cancionero americano; una compleja y refinada cornucopia hecha de fragmentos propios y ajenos. Más que versiones, una toma de posesión en la que, en ocasiones, como ocurre en su último empeño, “Secular Hymns”, recurre a un acompañamiento minimalista, reducido al esqueleto, en el que la parquedad deviene virtud, resaltando una capacidad interpretativa que reescribe la misma esencia de las canciones. Actuará una noche, la del 11 de julio, que se verá redondeada con la presencia de la joven catalana Andrea Motis, mucho más que una promesa, que, con su voz y su trompeta, al modo de Chet Baker, da nueva vida a las gloriosas creaciones de Cole Porter, Irving Berlin o George Gershwin.

Michael Nyman, uno de los maestros indiscutibles del minimalismo, la corriente musical de Philip Glass, Steve Reich y Wim Mertens, nos espera el 3 de julio. Son suyas algunas de los bandas sonoras más memorables de los últimos tiempos, desde “El contrato del dibujante” de Peter Greenaway, a “El piano” de Jane Campion, o “Wonderland” de Michael Winterbottom. Ahora, el compositor inglés da conciertos por todo el mundo, mientras decenas de directores suspiran por sus músicas. Sonidos que nacen de una angustia muy particular, en la que se retuercen el folk, la electrónica, la música clásica y lo sacro; el resultado es una miscelánea sonora emocionante, porque la música -explica- “es potencia, instinto, dolor”. Una ceremonia barroca que, durante años, se puso con ferocidad al servicio del dédalo de imágenes suntuosas y adornadas de negruras de Greenaway: “Conspiración de mujeres”, “El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante” o “Los libros de Próspero” dan buena cuenta de ello. Aunque siempre le deberá buena parte de su popularidad a la evocadora melancolía que desplegó en “El piano”.

Jamie Cullum descolocó al personal con malabarismos que contagiaron la corrección de un concierto de jazz con el alboroto del pop. Esta fue la fórmula que puso en órbita a un joven de cabellos despeinados diplomado en zarandear con alevosía el protocolo del libro de estilo del crooner canónico -suele cantar encaramado al piano, mientras solicita una lluvia de cerveza y ropa interior-. Una puesta en escena rompedora -su eficacia se pondrá a prueba la noche del 24- que se ve reforzada por una voz incuestionable que pone al día un linaje lleno de clase.

También experto en sabotear convenciones -y provocar que se arquee más de una ceja- es Ara Malikian. Este libanés de origen armenio, que fue primer violín del Teatro Real de Madrid, hace tiempo que dejó el foso para tomar los escenarios y no parece que esté por la labor de volver a la sombra. Si con su espectáculo PaGAGnini (como ya marcaron Les Luthiers) el caos pone contra las cuerdas la formalidad decimonónica encapsulada en las salas de conciertos; en sus peculiares recitales -maneja el violín como haría un roquero con la guitarra- hace convivir a Vivaldi y Bach con Radiohead y AC/DC, a nuestra copla con el folclore de su país. Actuará las noches del 14 y del 18 de julio.

Y los sonidos exóticos (así como el compromiso con los refugiados) también serán protagonistas el día 15 de la mano del músico de Mali Salif Keita, alguien que conoce bien lo que es encarnar la diferencia -de pequeño fue marginado por ser albino, signo de mala suerte en su cultura-; desde su traslado a París, en el lejano 1982, este músico audaz une con desenvoltura la poesía y el baile más frenético, los tejidos tradicionales con el influjo del pop más libre.