Patti Smith, de otra estirpe

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Nunca podremos abarcar todo lo que ha simbolizado Patti Smith. Enumerar sus distintas encarnaciones produce vértigo. Ha sido diva prerrafaelita, poeta decadente, enfermera asistente en el lecho de muerte de Arthur Rimbaud, existencialista pop y bebedora de absenta, pasionaria política, pertinaz salteadora de barras de bares y de barricadas.

"Patti with Bolex-1, 1969" Redefinió el concepto de feminidad, fue adolescente andrógino, doncella mártir y deidad hermafrodita. Y su estilo ha dejado una marca profunda en la historia del rock. Sus aullidos de loba, sus agudos estremecedores, sus lamentos de moribunda arrebatada en los últimos espasmos de la agonía han modificado por siempre la forma de cantar rock y de entender el concepto mismo de intérprete. Ésta es su fuerza, la fuerza de una sibila en trance que logra elevar la poesía por encima del lenguaje mismo. Su mensaje, sin embargo, ha sido a menudo confuso. Ha declarado que sus poetas americanos favoritos son Jim Carrol, Bernardette Mager y el boxeador Mohamed Alí. Proclamó mejores intérpretes de todos los tiempos a Mick Jagger, Cristo y Hitler, por su capacidad para arrastrar a las masas. Esta sacerdotisa ha buscado consuelo en el cristianismo y en el budismo. Ha predicado la palabra del rock como “forma de comunicación entre las almas”. Y ha lanzado himnos tan populistas como eficaces, como ese “People Have the Power”, llamarada que iluminó el modesto “Dream Of Life”, que publicó en 1988.

Patti Smith ocupará siempre un lugar entre los grandes apóstoles malditos del rock, junto a Jim Morrison, Lou Reed, Janis Joplin o su amigo Bob Dylan. Sin embargo, cuando llegó a New York en 1967 no era nada más que una chica que escribía poesía. Subsistía con cinco dólares al día, durmiendo en el metro o en portales de edificios. Durante años fue dependienta en una librería, crítica en una revista musical y pretendió ser dramaturga. Fue inquilina del legendario Chelsea Hotel en compañía de su amigo del alma, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, al que debemos los primeros retratos de las portadas de los discos de Patti, que tanto harían a la hora de apuntalar la personalidad de la artista. Fueron en las destartaladas habitaciones de este hotel donde pasó sus últimas horas el poeta Dylan Thomas; y Eugene O´Neil y Thomas Wolfe durmieron en ellas más de una borrachera. Patti se encontró de repente rodeada por una corte de músicos ya condenados, entre los que refulgían Janis Joplin y Jimi Hendrix. Un mundo en ebullición en el que circulaba también Allen Ginsberg, y Andy Warhol y sus chicos; entorno que catapultaría a la gloria a su querido Malperthope, convertido en polémico cronista del erotismo más extremo y salvaje.

Pero a Patti pronto le estaría también destinado recorrer su propio sendero dorado. “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”. Con esta blasfemia se abre el mítico “Horses”, uno de los debuts más contundentes de la historia del rock. Al escuchar su voz rabiosa, febril, dolorosa, no nos extraña que de pequeña la heroína de Patti fuera María Callas. Todo nos hace creer que el haber tenido un ídolo de este calibre fue la mejor elección que pudo tomar cuando todavía no se había decidido a emprender su camino. Antes de Patti Smith en el mundo del rock no hubo ninguna como ella.

Las madres de las cantautoras son Joan Baez y Joni Mitchell, pero Patti forma parte de otra estirpe. Desde el inicio supo cómo magnetizar a su público. Se ha dicho de ella que creaba más intensidad con un movimiento de su mano, que muchos cantantes a lo largo de todo un concierto, y sus performances han sido descritas como “una lucha cósmica entre ángeles y demonios”. El cantante Michael Stipe, futuro líder de R.E.M., describió así su primer contacto con la música de Patti Smith: “Estuve toda una noche escuchando Horses. Fue como la primera vez que me zambullí en el océano y fui arrastrado por una ola. Me hizo pedazos. Comprendí entonces que quería ser cantante y le debo mucho a Patti también como intérprete”.

Sus primeros trabajos la muestran atenta a las vanguardias y a la improvisaciones del jazz, sin dejar de tener lo pies firmemente hundidos en el primitivismo del rock´n´roll. Fue madrina del punk y de la new wave. Y subyugó a las masas con “Because the Night”. En 2012 volvió para presentarnos “Banga”, un hermoso trabajo para escuchar, leer y profundizar. Y confirmó a Patti Smith como un monumento vivo. La sacerdotisa del rock no vive de las rentas de su glorioso pasado y se muestra mucho más viva y vehemente que muchas voces jóvenes ya preparadas para ser embalsamadas.

FOTO: JUDY LINN