València 2001-2017: una aproximación a la escena musical BEAT VALENCIA ESPECIAL#100

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El siglo XXI. Los llamados noughties y la presente década. ¿Cómo han evolucionado el pop y el rock en Valencia en los últimos tres lustros -y algo más- que llevamos de centuria? Asunto peliagudo: las redes bullen con lamentos que subtitulan fotos de Arena Auditorium cayéndose a pedazos, colgadas por los más viejos del lugar, reportajes sobre aquel ya extinto Greenspace que volvió a situar a la ciudad en el circuito de grandes directos internacionales unos cuantos años después, y una buena retahíla de propietarios de locales nocturnos que se asocian para que la música en directo deje de ser, en 2017 (nada menos), un deporte de extremo riesgo. 

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¿Se ha avanzado algo en todo este tiempo? ¿Detenta la ciudad alguna característica que la haga musicalmente relevante de puertas afuera, más allá de ser el gran núcleo urbano más cercano esas multitudinarias congregaciones de masas -sí, los grandes festivales, clonados al 80%- que atraen a la chavalería a nuestras costas cada verano? ¿Están las nuevas administraciones dispuestas a fomentar un modelo de apoyo a la música facturada en Valencia que vaya más allá del improvisado y coyuntural señuelo turístico y del mismo patrón excluyente -pero con distinto cariz idiomático: la diglosia no se soluciona así, ni muchísimo menos- que venía sufriendo durante los más de 20 años de mayorías absolutas conservadoras?

Independientemente de los condicionantes del entorno, que siguen enquistados como garrapatas, hay (afortunadamente) un sustrato. Un fermento creativo que puede no ser tan exuberante como la benévola red de medios digitales locales nos quiere hacer creer, pero que quizá tampoco sea tan deficitaria como para que su eco siga siendo tan mortecino más allá de nuestros lindes. Si es verdad aquello que se suele decir de que la confianza es simplemente un estado de ánimo, hay veces en las que, por mucho tiempo que uno lleve testando el panorama local y cargándose de argumentos en positivo, las fuerzas acaban por flojear, y un raciocinio que se presuma mesurado termina por dar la razón a teorías como la que expuso hace bien poco el siempre lúcido Miquel Àngel Landete, con su proverbial crudeza, en una reciente entrevista a CulturPlaza: “La realidad es que no hay tantas bandas buenas que canten en valenciano, igual que no hay tantas bandas buenas valencianas que canten en inglés y en castellano, por eso hay que juntarlas a todas para crear una escena con un mínimo de garantías”. ¿Perdemos la perspectiva cuando nos miramos el ombligo? ¿O por el contrario mantenemos unas tragaderas más amplias con lo que nos venden de fuera? Puede que no siempre sea fácil mantener el calibre igual de centrado con la producción local que con la de fuera de Valencia. Puede que las expectativas, o el marco referencial, tampoco sean los mismos.

Lo que no es en modo alguno un brindis al sol es afirmar que esa escena -si es que reúne los requisitos para ser llamada como tal- , que lleva muchos años proyectándose en múltiples direcciones (la ausencia de un sonido identificativo puede haber sido un lastre, a diferencia de lo ocurrido en Gijón, Donosti, Granada, Albacete e incluso Murcia), goza ahora de mejores y más numerosos argumentos que en 2001. También de un espíritu -generalmente- menos cainita y más colaborativo. Aunque siga siendo una guerra de guerrillas, fundamentalmente. Reducir la producción de todos estos años a solo 20 nombres es un poco cruel (más aún cuando, de un tiempo a esta parte, censamos cerca de 40 discos de enjundia cada año en Beat Valencia), pero si hemos de plegarnos a los requerimientos del medio, no podemos dejar de mencionar unos cuantos nombres.

A los propios Senior i El Cor Brutal, por catalizar un fermento folk rock en valenciano que traza curva ascendente desde los tiempos de Landy, y con aspiración de normalidad lingüística. A Jorge Tórtel por sus múltiples proyectos: los Ciudadano de Cuadernos de Viajes (la mejor versión de la banda, en 2006), su rol de bisagra entre el nuevo pop local y el pop mediterráneo de Julio Bustamante que sustentó en Maderita (antes de los tributos que le rindieron en Barcelona y luego en Valencia) y la brillante carrera posterior de Tórtel. A los impenitentes Doctor Divago, gestando sus mejores discos tras casi dos décadas de trayecto. A los también imponentes Señor Mostaza de Luis Prado, otros clásicos del pop pluscuamperfecto sin fecha de caducidad. A Jose Guerrero por -entre otros proyectos- sus Betunizer, prorrogando con oficio y proyección internacional esa veta post hardcore que tan bien se encargaron de ir hollando mucho antes los Balano de su actual compañero Marcos Junquera. A francotiradores como Òscar Briz, por somatizar el soft rock, la bossa, el pop o el folk en un discurso propio e intransferible, con L’Estiu (2010) como exponente más brillante. A Siwel, por dejarnos una fugaz pero exquisita discografía, que es la evocación más brillante nunca hecha en este país a la escritura de Elliott Smith. A los Brilliant Sharks y su anfetamínico -pero también falto de continuidad- punk rock con nutriente melódico new wave, defendido en directos arrolladores. A Polar, por desmarcarse del corsé slowcore de sus inicios en el enérgico tramo final de una carrera ya de por sí modélica. A La Habitación Roja, por perfeccionar con éxito una fórmula cada vez más reconocible -pese a la disparidad de productores- y vigorosa sobre los escenarios. A Emma Get Wild, por tramar una sublime retahíla de discos haciendo bandera de un folk rock onírico e inalienable. A Megaphone Ou La Mort, por aportar unas necesarias dosis de savoir faire foráneo en las lides de un post punk denso y poético. A Alberto Montero por erigirse en una gloriosa rara avis de la escena estatal, licuando la tradición folk de ambos lados del charco bajo su particular prisma en discos deliciosos. A Mox, por hermanar con acierto el cant d’estil y el rock a la manera en que desde el sur se ha hecho lo mismo con el flamenco y el rock. A la saga pop que tan certeramente defienden deBigote o Sánchez desde Castellón, esa ciudad tan propensa a generar melodías imperecederas desde los tiempos de Los Auténticos. A Maronda, por pulir otro cancionero pop de muchos quilates, que debería obtener más eco. Y a Gener, de quienes se ha dicho últimamente tanto y tan bueno que no hace falta insistir: ojalá trasciendan como se merecen.

Puede que sean más de veinte, y que -por supuesto- no estén todos los que son, pero al menos hemos tratado de que sí sean todos los que están. Aunque ya se sabe aquello que se dice de los criterios (y de otras cosas)… todos tenemos uno.