1968: Una de las dos Españas MAYO DEL 68 EN VALENCIA Y EL RESTO DEL ESTADO

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La España de 1968 no es otra que la que tres años antes había conmemorado el triunfo fascista en la cruenta Guerra Civil celebrado por la dictadura franquista con el eufemismo de “25 años de paz”. Esa paz que, como decía Raimon, sabía a muerte permanente. Los esfuerzos de los rostros jóvenes del régimen, como Manuel Fraga y su Ministerio de Información y Turismo a la cabeza, presentan un país que se moderniza, que tiene un Jefe de Estado paternal, y unas playas dispuestas a ser entregadas a hordas de turistas despreocupados respecto de lo que ocurre en el país que visitan y todo ello gracias a unos precios de vergüenza que derivan en salarios de miseria para los españoles que les atienden en hoteles y restaurantes.

1200_1524733035raimon_1968_facultad_f_santisoRaimon en la Facultad de Económicas de Madrid el 18 de mayo de 1968. Foto: F. Santiso

 

Pero a pesar de esta política, España es una sombría dictadura (una de las tres dictaduras militares europeas, con Portugal y Grecia), en la que los vencedores recuerdan todos los días a los vencidos, en las fábricas, en los barrios, en la Universidad y, cómo no, en RTVE que ellos habían ganado la Guerra Civil. En 1968, 28 años y medio de dictadura también habían supuesto cerca de dos décadas en las que la oposición a la misma había avanzado y se había desarrollado, especialmente desde que la principal y casi única fuerza organizada contra Franco, el Partido Comunista de España, abandonara la lucha guerrillera, apostando por la reconciliación nacional y el Pacto por la Libertad aprobado en la Declaración del Comité Central del PCE de junio de 1956. Este cambio de estrategia no solo permitiría a los comunistas organizar la lucha antifranquista en los nuevos ámbitos que surgirían en los barrios obreros y las empresas a partir del nacimiento de las Comisiones Obreras, sino llegar también entrar en contacto con las nuevas generaciones de hijos de los vencedores que una vez llegados a la Universidad, romperían con sus lazos familiares y se sumarían a la lucha estudiantil a través del nuevo Sindicato Democrático de Estudiantes.

La generalización de la lucha de los trabajadores contra el franquismo, no sólo se daba en todos los frentes, sino que llegaba a amplias zonas del Estado, entre otras València donde los obreros iniciaron importantes movimientos huelguísticos en fábricas como la Papelera Española en la Malvarrosa, Unión Naval de Levante en el Grau/Marítim, MACOSA o en los Altos Hornos de Sagunt. Estas movilizaciones llevaron a que, en noviembre de 1968, fueran detenidos y posteriormente torturados brutalmente 36 miembros de las direcciones clandestinas del PCE y de CCOO en València. Una represión que tendría su punto álgido con la caída de la dirección de CCOO del Metal, dos años después. Del total de los 21.657 sumarios abiertos por el Tribunal de Orden Público, que llevaría al procesamiento y condena de cerca de 200.000 españoles, solo en 1968 se abrieron 1.054 sumarios con sus correspondientes miles de detenidos.

Resulta paradójico constatar que en 1968 se había relajado la censura, fruto de la Ley de Prensa, aprobada un par de años antes. Esto permitía que, aunque los españoles desconocieran lo que ocurría en cada proclamación del estado de excepción en su país, fueran conocedores de las revueltas en París o México, de la matanza de vietnamitas o de la progresión de las guerrillas latinoamericanas. Pero no por ello cejaban las manifestaciones, las huelgas y la brutal represión de la dictadura franquista. Una represión y ausencia de libertades que tocaría y muy de cerca al mundo de la música española de aquel momento.

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LA MÚSICA ESPAÑOLA DEL 68

La larga mano de la dictadura dejaría su impronta, no siendo la música una excepción. Lo cierto es que las dos Españas de las que hablara Antonio Machado y que tan crudamente se habían enfrentado en la Guerra Civil, tenían su prolongación en aquellos artistas que en los 60 empezaban su carrera musical. Un pop despolitizado, con cierta imitación a la explosión del pop británico, que se veía limitado por la censura y la represión que impedían que evolucionara más allá de lo estéticamente permitido (que en el marco de una brutal dictadura no era una cuestión menor). Y es que aquellos años estuvieron marcados por la despolitización generalizada del conjunto del rock y del pop español que ha llegado hasta nuestros días, salvo algunas contadas excepciones. Así las cosas, no podemos encontrar en el rock patrio nada similar a las letras cada vez más politizadas que Beatles, Who o Stones, ya enarbolaban en aquel año. Una de las pocas excepciones la encontramos en el caso de Miguel Ríos, que después de un período de silencio, volvía ese año con su single El río, una balada en la línea de la liberación de los tabúes sexuales del nacionalcatolicismo que aún estrangulaban la sociedad española, y que sería el precedente de su álbum de 1972 Miguel Ríos en directo: Conciertos de Rock y Amor. Otra sería Get On Your Knees de Los Canarios, que en aquel verano de 1968 convertirían una experiencia sexual de Teddy Bautista en una canción de rezo para la censura. Esta despolitización generalizada unida a una interesada desmemoria, ha hecho que cantantes que fueron santo y seña de la dictadura, como Julio Iglesias (que en 1968 debutaría con su tema La vida sigue igual) o sobre todo Raphael, pasen ahora como tipos simpáticos que incluso participan en Festivales estivales, blanqueando así su pasado y de paso su presente.

Quedan pues las letras políticas, transversales a todos los estilos de la música popular en el resto de Europa y EE. UU., circunscritas al mundo llamado de los cantautores, que una vez pasada la Transición fueron incluso ridiculizadas. Pero no era cosa de broma. Los cantautores se jugaban su carrera e incluso su libertad por denunciar con sus guitarras a la dictadura. En 1968, Joan Manuel Serrat tuvo que renunciar a participar en el Festival de Eurovisión al no poder cantar en catalán, llevándole a una mayor militancia antifranquista, como demostró su álbum del año siguiente musicando al poeta Antonio Machado. No sorprende pues, que todo ello le obligara a exiliarse años después.

Ese mismo año también sería el año en el que Lluís Llach publicara uno de los himnos antifranquistas por excelencia: L’estaca. Canción con la que se escenificaba la unidad para derribar la dictadura, sin renunciar a las diferencias, pero anteponiendo la imperiosa necesidad de conquistar la democracia. Sería cantada en catalán a lo largo y ancho de la geografía peninsular, convirtiendo a su autor en un referente musical de la resistencia, y de paso, como no, objeto de persecución de censores y policías.

Pero Raimon será sin duda quien simbolizará al máximo la unión entre música y militancia. Su recital mítico del 18 de mayo de 1968 en la Facultad de Economía de Madrid, cantado íntegramente en catalán, rodeado por la policía armada y abarrotada de estudiantes antifranquistas, supondrá la mayoría de edad del movimiento estudiantil, que desde aquel año caminará de la mano del movimiento obrero hasta la conquista de la democracia en 1977. Porque a pesar de que lo que haya pasado a la historia sean las imágenes en blanco y negro de la victoria de Massiel en Eurovisión el 6 de abril de 1968 en Londres, sería aquel concierto del cantautor setabense del 18 de mayo del mismo año, el que haría que la música hiciera sentirse libre a toda una generación, aunque fuera por unas cuantas horas.