Después de una deriva errática y seis años de ausencia, la Mostra de València volvió la pasada temporada retomando su sentido original: poner el foco en el cine hecho en el Mediterráneo. En este camino ahonda una nueva edición, mucho más caudalosa, que llenará la ciudad de celuloide del 24 de octubre al 3 de noviembre. Como declaración de intenciones, el cine valenciano tendrá protagonismo desde la inauguración, el 24 de octubre en el Teatro Principal, con la proyección de «Calç blanca, negro carbón» (2017), la última película de Toni Canet, al que se homenajeará durante el certamen con un ciclo que repasa su filmografía y con la edición del libro «El fill del calciner». Un artesano de la imagen ninguneado que ejemplifica a la perfección lo que ha significado dedicarse al audiovisual en un entorno tradicionalmente tan poco propicio como el nuestro. Durante la clausura, que se celebrá en el Teatre Principal el viernes 1 de noviembre, se podrá ver la cinta mexicana «Poetas del cielo», que viaja por el mundo para retratar los ritos que se esconden tras la pirotecnia, reservando un espacio para València.
Liliana Cavani. Foto: Mario Tursi.
La Sección Oficial se convierte en un escaparate privilegiado del cine mediterráneo: doce producciones de Francia, Grecia, Libia, Turquía, Albania, la propia España o Egipto, dibujan un panorama excitante lleno de miradas cercanas en lo geográfico, pero que rara vez encontrarían un hueco en los circuitos convencionales. Tal vez el mayor logro de la Mostra sea acercar al espectador un cine inédito al que, a pesar de las nuevas formas de consumir audiovisual, no es posible acceder por otros medios. La selección incluye seis óperas primas que evidencian la apuesta por un cine novedoso que ha sido aplaudido en festivales como Cannes, Venecia o Toronto. Por otra parte, la ascendente presencia valenciana en el sector queda representada por «Zerø» de Iñaqui Sánchez.
La programación de «De rodillas corazón » (Susana Barranco, 2018), será otra cita con el audiovisual valenciano. Un documental que sigue los pasos de la bailarina y coreógrafa Sol Picó durante dos años, tras ganar el Premio Nacional de Danza. Habrá más baile con «Danzantes» (Juan Vicente Chulià, 2019), otro documental en el que se aborda el mundo de la danza, pero sondeando, en este caso, sus significados en diferentes sociedades y para diferentes propósitos.
La Palmera de Honor será para Liliana Cavani, directora italiana, de lúcida inteligencia, que le debe su fama sobre todo a «Portero de noche» (1974), donde abordó el nazismo y sus secuelas desde una perspectiva incómoda, alejándose de la moral tradicional, para explorar los despeñaderos colectivos desde un ángulo íntimo. Su fascinación por la historia se refleja en una serie de documentales, realizados durante su juventud, en los que abordó la figura de Stalin, el Tercer Reich o el Régimen de Vichy en Francia. A pesar de no ser religiosa, razón que la llevó a aceptar inicialmente con algunas reservas la propuesta de la RAI de hacer una película sobre San Francisco de Asís, Cavani percibió la posibilidad de privilegiar su carga subversiva, que lo convierte en un disidente. Con una mirada que se inspira en Rossellini y en la atmósfera poética y radical de Pasolini en «El Evangelio según San Mateo», mostró a Francisco de Asís casi como un anarquista cristiano. Llevaría la vida del santo en dos ocasiones más al cine, siendo en 1989 interpretado por un sorprendentemente atinado Mickey Rourke.
El resto de la filmografía de Cavani muestra asimismo una galería de personajes inconformistas. En «Galileo» (1968), con más fuerza que el retrato del científico y de la sofocante represión eclesiástica, emerge la inquieta e impetuosa personalidad de Giordano Bruno. Mientras que la modernidad de la filósofa Lou Andreas-Salomé, oscurecida por su relación con Nietzsche, se convierte en el centro de «Más allá del bien y del mal» (1977). Con «La piel» (1980), partiendo de la novela de Curzio Malaparte, Cavani pinta una Nápoles de pesadilla tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Contradiciendo, de nuevo, el discurso oficial, «La piel» sugiere que, con la victoria americana no llegó la liberación sino nuevas formas de servidumbre.
Aunque nació en Estambul, Ferzan Özpetek -también galardonado con la Palma de Honor- se ha convertido en uno de los directores más exitosos del cine italiano de los últimos años, dando visibilidad a la diversidad sexual en películas de alcance masivo. La aspiración de conquistar una realidad diferente y más auténtica se expresa como idea recurrente a través de su filmografía. Apreciado desde su primera película «Hamam: el baño turco» (1997), a partir de «El hada ignorante» (2001) da a sus narraciones un tono de fábula que envuelve con calidez a sus personajes. Más íntima resulta «La ventana de enfrente» (2003), una historia que pone el énfasis en la memoria, pasando de lo individual a la aventura colectiva. Un tema que emerge con un significado especial en «Magnifica presencia» (2012), que resume un universo estilístico y narrativo compuesto de situaciones suspendidas entre el sueño y la realidad, el amor y la muerte, la comedia y el drama, alimentados por un sensualidad que lo envuelve todo.
También se mostrará la pluralidad de propuestas cinematográficas dirigidas por mujeres dentro del cine egipcio. Será una amplia panorámica (se proyectarán doce películas) que cuestionará estereotipos y prejuicios con un mosaico variopinto. El interés se dispara con una mesa redonda en la que participarán siete de las directoras programadas. Esta apuesta por los creadores actuales que lo tienen más difícil para abrirse paso en los circuitos más convencionales y la vocación por tejer alianzas con otras cinematografías también estará presente a través de los directores emergentes del cine palestino.
Flesh Out de Michela Occhipinti.
Si el cine negro francés tuvo su lugar en La Mostra el año pasado, la relevancia que el cine italiano tiene en esta edición se prolonga en un ciclo dedicado a la comedia italiana clásica con títulos como «La Gran Guerra» (Mario Monicelli, 1952), «Matrimonio a la italiana» (Vittorio De Sica, 1964) o «Pajarracos y pajaritos» (Pier Paolo Pasolini, 1966). Un cine cómico que hunde sus raíces en el neorrealismo, y, en cierta forma, supone su continuación declinada de forma más ligera. Películas que bromean sobre temas bastante trágicos y ponen en escena personajes cotidianos. El entorno ideal para el advenimiento de Alberto Sordi, un actor que construyó un personaje que, a diferencia de los comediantes anteriores, desde Chaplin a Totó, no hacía muecas, ni era estúpido ni torpe. Era un italiano medio, católico como cualquiera, moderadamente mentiroso, perezoso y astuto. Fellini le dio el papel protagonista en «El jeque blanco» (1952), y seguidamente estuvo en el reparto de la melancólica «Los inútiles» (1953), programada en el ciclo.
Un ciclo-seminario dará cuenta del riguroso discurso de Guy Debord. Si el año pasado La Mostra organizó, junto a la Universitat de València, un ciclo dedicado a la crisis en el Mediterráneo, en esta edición indagará en el legado del filósofo francés y en el situacionismo, un movimiento en el convergieron el marxismo y la vanguardia. Se proyectarán, en copias restauradas, las películas que Debord realizó entre 1953 y 1978.
La Sección Informativa rescatará perlas de otros festivales, y sorprende con películas como «La verdad» (2019), que inauguró el pasado Festival de Berlín. El japonés Hirokazu Koreeda traslada sus inquietudes a la cinematografía francesa, y se beneficia de la excelencia interpretativa de Juliette Binoche y Catherine Deneuve, bien secundadas por Ethan Hawke. «Les misérables» (2019), ópera prima de Ladj Ly y ganadora del premio del Jurado (ex aequo con «Bacurau» en el Festival de Cannes), es otro de los hallazgos de la sección. Una zambullida desde una perspectiva poco habitual en la violencia en los barrios periféricos de París.