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7.968 personas cantando en un espacio cerrado: ya es Navidad en el WiZink Center de Madrid

por | 21 diciembre 2020 | Opinión

Si existe una norma sanitaria básica, con evidencia científica y de consenso global, que debería ser respetada por todas las administraciones, como dogma de fe, durante una pandemia causada por un virus que se transmite por el aire, es que congregar multitudes en un espacio cerrado produce monstruos.

De los 48.926 muertos oficiales por Covid-19 en nuestro país, la Comunidad de Madrid cuenta con 11.637 fallecidos. La incidencia es de 262 casos por cada 100.000 habitantes, una tasa que en parámetros de la Unión Europea es de máximo riesgo. Pero todo ello no ha sido óbice para que durante dos noches consecutivas 7.968 personas (4.368 el sábado y 3.600 el domingo) tuvieran la libertad para decidir acudir a un macroconcierto, ejerciendo su responsabilidad individual, en un marco legal que se lo permitía.

El empresario musical, el divo y los responsables del WiZink Center que decidieron aunar en un espacio cerrado a semejante multitud, algo inédito en Europa desde que comenzó la pandemia, se saltaron las recomendaciones sanitarias de la Unión Europea y las que dicta el sentido común, pero no la ley, porque las decisiones del gobierno de Díaz Ayuso rara vez han antepuesto la salud pública colectiva a la libertad individual y económica de los madrileños.

Apelar exclusivamente a la responsabilidad individual es una quimera, un salvoconducto que expiden los responsables de Salud Pública de la Comunidad de Madrid para eximir su responsabilidad política. Una dejación de funciones que en cualquier otro país europeo sería calificada de trumpismo paleolibertario, y en el que han participado unos promotores musicales ávidos por volver al negocio, y un artista, que no necesita el dinero, pero sí el ego: en definitiva, el retrato ideal de cómo ejerce esa parte de la alta industria musical, mientras la clase media y popular del sector lucha por poder acoger entre 25 y 100 personas en sus salas privadas. ¿Alguno de los miembros de la industria musical que hoy aplaude la celebración del evento ha pensado en las nefastas repercusiones que tendría para todo el sector, y el lema La Cultura es Segura, si uno solo de los 7.968 asistentes diera positivo durante las próximas dos semanas? Probablemente no nos enteraremos, ya que en este país hace muchos meses que no se hace rastreo inverso, se aísla a los familiares cercanos y asunto resuelto, siempre es más cómodo confinar a un núcleo doméstico que buscar la fuente del contagio entre cientos o miles de personas. Así nos ha ido en Occidente.

No hay un solo estudio científico, consejo de expertos médico ni organización mundial de salud pública que aconseje las reuniones de 4.368 personas en espacios cerrados durante una pandemia, pese a que se cumplan los requisitos que expone la empresa organizadora: acceso escalonado, mascarillas y gel hidroalcohólico, aforo reducido, alfombra desinfectante, toma de temperatura, renovación del aire cada 12 minutos y doble distanciamiento de seguridad. Cuando algunos responsables políticos declaran que la mayoría de los contagios se producen en el ámbito doméstico están eludiendo su responsabilidad y esquivando la realidad: culpar a lo familiar los exime de buscar una trazabilidad (ya irrastreable por la transmisión comunitaria) en centros de trabajo, red de transportes, centros educativos, galerías comerciales, restaurantes o macroconciertos. Si solo nos contagiamos en casa, solo nosotros somos responsables: el plan perfecto. Pero convendría que las autoridades fueran sensatas, y reconocieran que si no son capaces de apagar el incendio, al menos no ayuden en la propagación del fuego. 

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