Agnès Varda, la mirada libre LA FILMOTECA DE VALÈNCIA. HASTA EL 19 DE MAYO

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Gatos, vegetales extraños, arte callejero, feminismo y autorreflexión irónica: estas cosas llenan ahora mismo Instagram, pero Agnès Varda, la veterana documentalista franco-belga, las viene filmando desde hace muchos años. IVAC-La Filmoteca de València programa el ciclo “Agnès Varda: La mirada libre”, una invitación para redescubrir a una directora que lleva más de seis décadas realizando un cine libre que borra los límites entre el documental y la ficción, mucho antes de que esto se transformara en una moda.

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A sus 90 años, Agnès Varda se sigue mostrando igual de curiosa y vital que siempre. En “Caras y lugares” (2017) se alió con el artista gráfico urbano y fotógrafo de 35 años JR (Jean René), conocido por obras visuales que consisten en monumentales intervenciones gráficas en calles de diversas ciudades de todo el mundo. Su objetivo es llevar algo de color a entornos deprimidos. Con este documental fue la nominada de mayor edad de la historia de los Oscar y se convirtió en reina del meme cuando, en lugar de asistir al tradicional almuerzo al que acuden todos los nominados, envió una figura recortable de cartón que posó con Greta Gerwig o Meryl Streep.

De madre francesa y padre griego, Varda nació en Bélgica. Creció en Sète, una pequeña ciudad pesquera mediterránea al sur de Francia. Estudió literatura y psicología en la Sorbona, luego historia del arte y fotografía. Comenzó su vida laboral como fotógrafa, pero esto no la satisfizo. “Era un trabajo demasiado silencioso. Lo que pasa antes y después de la instantánea es lo que me intriga”. En 1955 dirigió su primera película, “La Pointe Courte”, retratando el entorno pesquero en el que transcurrió su infancia. Como ha hecho a lo largo de toda su carrera, fusionó realidad y ficción. El elenco estaba formado en gran parte por personas reales que realizan su trabajo junto a dos actores profesionales (incluido el gran Philippe Noiret que debutó en el cine).

Varda ya por aquel entonces se adelantó. En ese momento, la nouvelle vague estaba en su infancia y los jóvenes hambrientos de celuloide dispuestos a romper con el pasado todavía se estaban preparando para llevar a cabo su revolución en forma de primer largometraje (Truffaut dirigiría “Los cuatrocientos golpes” en 1959 y Godard “El final de la escapada” en 1960). Fue con el estreno en 1962 de “Cleo de 5 a 7″ cuando Agnès Varda se consolidó como la única figura figura femenina de la nueva ola. A diferencia de sus compañeros, enfermos de cine, ella comenta que no le costó romper con las normas del cine, porque nunca las conoció. En esta película seguimos los pasos, prácticamente en tiempo real, de Cleo, una joven cantante que deambula durante las últimas horas del atardecer. Suele ser el momento en el que los hombres casados aprovechan para verse con sus amantes; pero las preocupaciones de Cleo son bien diferentes: espera, inquieta por la noticia de la enfermedad de Édith Piaf, los resultados de las pruebas de un cáncer. En este tiempo de incertidumbre se hace amiga de un soldado que está a punto de ser enviado a la guerra de Argelia. Ambos se preparan para una sentencia de muerte inminente. Los paisajes urbanos parisinos son hermosos y emocionantes, y, combinados con estos fragmentos de vidas ansiosas, parecen tener algo de la literatura de T. S. Eliot. El director Jean-Luc Godard sorprende en un largo cameo, un momento que se contagia de ese toque extravagante e infantil que caracterizó sus primeros trabajos. También se asoma el compositor recientemente fallecido Michel Legrand, que tan importante sería para las cintas policromadas de Jacques Demy -en “Los paraguas de Cherburgo” (1964) nos dejó la que es probablemente una de las canciones más tristes de la historia-.

Justamente en ese año, 1962, Varda se casó con Demy, al que acompañaría hasta su muerte a causa del sida en 1990. Mucho tiempo después, a través de “Las playas de Agnes” (2008), la cineasta tejerá un collage para indagar en su propia vida y en la huella que dejó Demy en ella -le ha dedicado numerosos documentales, entre ellos “Jacquot de Nantes” (1991) y “El universo de Jacques Demy” (1995)-. Varda imita los procesos de la memoria, reflejando y refractando imágenes. El viaje oscila entre las playas de su infancia en Bélgica y los paisajes de su vida adulta: aparece el sur de California, donde filmó movimientos sociales y políticos a finales de los 60; o el Golfo de Vizacaya, al que se trasladó para dialogar con las viudas de los marineros en los años 90. Y, por supuesto, está París, el lugar donde ha pasado la mayor parte de su vida, y que inunda de arena para crear una playa artificial en la Calle Daguerre, la ubicación de su casa y su lugar de trabajo desde 1951. El resultado es una meditación elegante, conmovedora y excéntrica que cuenta con la contribución enmascarada de Chris Marker -otro de los grandes impulsores del documental subjetivo- convertido en un gato animado.

“Estoy interpretando el papel de una viejecita “, nos dice en la secuencia de apertura del film,”una viejecita agradablemente regordeta y habladora que cuenta la historia de su vida. Y, sin embargo, lo que me interesan son los otros. Es a los otros a los que me gusta filmar”. Un deseo que ha marcado buena parte de una obra llena de un compromiso social que resulta evidente en lúcidos artefactos como “Los espigadores y la espigadora” (2000), cinta impregnada con la poesía del impresionismo. El término “espigadores” se refiere a un grupo de trabajadores agrícolas, principalmente compuesto por mujeres recolectoras, que florecieron en la Francia feudal. Varda se dedica a rastrear cómo el arte de la espigadora se ha adaptado al mundo mecanizado de hoy. Su odisea la lleva a través de una Francia otoñal, dando protagonismo a los cazadores de tesoros que se encuentran en los márgenes de la sociedad: los rústicos que son los más obvios descendientes de los campesinos de la antigüedad; los pescadores ilegales de ostras; o aquellos que buscan en los cubos de basura. Y, en cierta forma, el artista que toma sus materiales de la calle es otro espigador más. Varda siempre se ha visto a sí misma como una espigadora. En sus películas no desperdicia nada; vuelve a empaquetar su pasado, toma prestado de sus héroes y sus momentos más logrados son hallazgos felices fruto del azar.