Alberto Montero: “Este disco era una cuestión de ahora o nunca” DELUXE POP CLUB. SÁBADO 27 DE OCTUBRE

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Sofocante mediodía de sábado de finales de agosto en Valencia. Aprovechando que anda por la ciudad para ofrecer un par de conciertos – en Vall d’Uixó y Sagunt – quedamos con Alberto Montero para que nos hable de La Catedral Sumergida (BCore, 2018), su quinto álbum. Un trabajo tan fascinante como exigente, de corte confesional, en el que el saguntino afina su olfato para un folk psicodélico que se acerca más que nunca a la música clásica y se desprende de cualquier atisbo de inmediatez pop. Buen momento para charlar sobre tal acceso de espiritualidad en su música, sobre las dificultades de llevarlo al escenario y sobre el encaje que su propuesta puede tener en un mercado ya de por sí complicado, por utilizar un eufemismo.

Alberto-Montero-por-Laura-Silleras-Copyright-foto-2018

En Arco Mediterráneo (2015) esbozaste la que seguramente sea tu canción más pop, “Madera Muerta”. Sin embargo, lejos de ahondar en esa dirección, te has ido al extremo contrario con La Catedral Sumergida (2018), un disco de cierta exigencia para el oyente, que requiere sucesivas escuchas. Si lo medimos por escuchas de spotify, ninguna de sus canciones se acerca siquiera a tus dos canciones con más reproducciones de tu álbum de hace tres años. ¿No te preocupaba el hecho de llegar a menos gente?
Sí que me preocupaba, la verdad. La intención al principio era la primera. Siempre he dicho que “Madera muerta” me daba un poco de vergüenza sacarla, porque tenía ese prejuicio de mi generación, que viene un poco más del grunge, de su concepto de la popularidad y todo eso, y tampoco cuadraba mucho con lo que venía haciendo. Era demasiado pop, y me daba un poco de pudor, fíjate qué tontería. Al final me decidí a hacerla, tuvo mucha aceptación y le gustó a todo el mundo. Así que me incliné por dejar salir esa vena más pop, y hacerlo sin prejuicios. Pero siempre he tenido también en la cabeza desarrollar un disco como La Catedral Sumergida, porque en mis discos anteriores siempre hay alguna pincelada de este tipo de canción: en Arco Mediterráneo (2015) estaba “Arco Mediterráneo III”, o “Duermevela” en Claroscuro (2011)… cosas así. Y ya cuando hice “Poseidón”, me di cuenta de que no cuadraba con el disco pop que tenía en mente. Ahí me dije: ahora o nunca. Aunque vaya a ser una cosa muy rara, y que la gente no se espere, y que posiblemente la gente a la que le gustó Arco Mediterráneo tampoco le convenza, lo voy a hacer. Y aparqué ese disco más pop que tenía en la cabeza, que es algo que estoy retomando ahora.

“Poseidón” fue la primera canción que compusiste para el disco, Algo así como la chispa que lo encendió, y que determinó por qué senda iría del resto.
Sí, y no encajaba nada con las tres o cuatro que ya tenía compuestas, que eran de un registro más pop, como te decía. Hice el disco alrededor de ella. También era un reto para mi mismo, ver si era capaz de hacer un disco de esas características. Más tirando hacia la música clásica, en el que las cuerdas fueran protagonistas, y no un simple adorno. Me lo planteé como un reto y como una forma de desarrollar algo que quería hacer desde hace mucho tiempo.

¿Te fue difícil cambiar del chip y que el piano tomara el mando en detrimento de la guitarra?
No, porque hace tiempo que tengo piano en casa, y tenía muchas ideas grabadas al piano, que tampoco era capaz de llevar hacia la guitarra o hacia el pop, y he ido desarrollando todo eso. Creo que tengo muchas vertientes dentro de mi música que a veces no soy capaz de conectar entre sí. Este disco ha sido algo como “voy a hacer ahora esto y luego hago lo otro”, separando esas vertientes.

La acogida del disco por parte de la crítica y de quienes te vienen siguiendo desde hace tiempo sí puede decirse que ha sido inmejorable. ¿Lo esperabas?
Bueno, más que esperármelo, deseaba que sucediera. Porque a mi me gusta mucho el disco. Pero también soy consciente de que no es un disco fácil, que no le puede gustar a todo el mundo, y cabía la posibilidad de que también hubiera malas críticas, aunque en general estoy contento. También de cómo lo han valorado otros músicos. Es un disco tan complejo que es normal que las reacciones estén muy polarizadas.

También puede haber gente que no lo entienda, o que – por el ritmo que llevamos todos hoy en día – no le preste suficiente tiempo para sacarle todo el partido…
Porque queda fuera de los parámetros habituales de la música que solemos escuchar. Yo tengo un bagaje como más de música clásica, pero entiendo que haya gente a la que no le apetezca escuchar un disco de Debussy o de Bach. Cuando hay algo que te resulta más nuevo y a cuyos referentes no te puedes agarrar, es más complicado encontrarle el placer.

En la web brasileña Monkeybuzz incluso te metieron junto a PJ Harvey y Joni Mitchell en un artículo sobre canciones capaces de cambiar vidas…
Sí, fue una sorpresa (risas). No sé de dónde salió, la verdad. Me sentí muy bien acompañado (risas).

¿Por qué la gran mayoría de canciones tienen un título de una sola palabra? ¿Tenías claro que cada una de ellas respondería a un concepto?
Salió en un contexto tan espiritual, en la playa y en una noche de luna nueva, que quería hacerlo como una especie de ritual antiguo. La imagen que tuve cuando hice “Poseidón” fue como de una deidad griega. Bueno, en realidad Poseidón es una deidad griega. Quería recrear un ritual antiguo, mediterráneo, intentar que la música evocase algo así. Pero el ritual que tengo más cercano es la misa cristiana, así que la utilicé para estructurarlo. La idea de hacerlo con canciones de títulos cortos, de una sola palabra, también me venía por A Love Supreme (1964) de John Coltrane. Utilicé esos conceptos.

¿No te daba cierto repelús que tu disco se pudiera encajar como un álbum conceptual, incluso en el sentido más pretencioso?
Desde luego, el disco tiene un poco de pretenciosidad. Y con lo de la conceptualidad, ya me pasó en una crítica, en la que dijeron que el concepto restaba emoción a las canciones. Aunque me he criado en los noventa, mi bagaje musical también tiene mucho de los setenta. Mucha de la música que me gusta es de esa década. Así que lo del concepto también lo tengo como muy integrado. De todas formas, mis discos siempre han sido hechos a base retales, nunca han obedecido a un concepto claro. Siempre he ido haciendo canciones y cuando ya tenía unas cuantas, las reunía en un disco. Creo que es la primera vez que hago un disco que tiene una coherencia y una línea argumental.

Dado que algunas de las letras son más abiertamente confesionales, ¿Te ha servido el disco como una especie de herramienta para conocerte mejor a ti mismo?
Sí, y me ha resultado más fácil hacerlas. Cuando tienes más claro aquello de lo que vas a hablar, va saliendo todo más fácilmente. Mis letras habitualmente eran evocadoras, describiendo sensaciones y sentimientos, pero ahora tenía una línea argumental clara: aquí voy a hablar de todo en lo que creo, aquí iba a confesar todas mis miserias… al ser un ejercicio de sinceridad, sacas todo lo que estabas escondiendo o queriendo ocultar. Y fue bonito el proceso de creación. Un ejercicio de… no quiero decir autoayuda, porque la palabra es muy fea, pero fue muy terapéutico.

Tenía en mente justo esa palabra, autoayuda, ya que los manuales a autoayuda no tienen precisamente buena prensa…
Eso sí que lo tuve en cuenta, sí. Me daba miedo que fuera visto así. Que la gente lo viera como algo new age, que es algo que me da bastante grima. Cuando entras en el terreno de la espiritualidad estás bordeando esas fronteras…

Hay otra cosa que sobresale no ya solo en este disco, sino en toda tu carera: ese concepto de mediterraneidad, la importancia del mar y más concretamente de nuestro mar, y en un sentido muy amplio. Algo que creo que conecta con los discos de Pep Laguarda o Remigi Palmero de finales de los setenta, y que parece haberse diluido bastante en nuestra escena.
Sí, y fíjate que yo no lo tenía presente, y siempre me asociaban mucho al adjetivo mediterráneo, sobre todo después de Puerto Príncipe (2013), pero yo nunca vi que mi música fuera luminosa como uno de los adjetivos a los que se asocia la mediterraneidad. Yo eso lo veo más claro en la música de Tórtel, por ejemplo. Ya con Arco Mediterráneo quise reivindicar una mediterraneidad más oscura, más pagana, y este disco ha sido el desarrollo de todo eso. En “Arco Mediterráneo III” ya se atisba lo que va a ser La Catedral Sumergida.

El propio contenido del disco ha condicionado los directos, ¿no? Necesitas un cuarteto de cuerda y un piano, y algunas de las presentaciones han sido en enclaves tan singulares como el claustro de la iglesia de Rocafort, las cuevas de Sant Josep de la Vall d’Uixó o el exterior del Teatro Romano de Sagunt.
Está siendo muy complicado. En ese sentido, ha sido un lastre. Tanto para la agencia de booking como para nosotros, porque no es fácil encontrar conciertos, por las condiciones tan determinadas que requiere. Tienen que ser recintos tipo auditorio, en los que haya un piano (porque alquilarlo sale muy caro), que puedas llevar el cuarteto de cuerda, lo que también encarece el caché… estamos encontrando sitios donde hacerlo, pero – por ejemplo – en Barcelona y Madrid aún no hemos podido encontrar conciertos. Tengo aún esa espinita clavada. Y eso hace que me apetezca más hacer un disco de pop otra vez (risas).

Grabaste un EP con Tórtel, Alucinados, y a muchos nos dejó con ganas de más. ¿Puede haber en el futuro una nueva colaboración con Jorge Pérez o con cualquier otro músico?
No nos lo hemos planteado seriamente porque vivimos lejos, yo en Barcelona y él en Valencia, y el proceso de creación fue a base de mandarnos e-mails y whatsapps, pero estamos abiertos a seguir haciendo cosas, sí. Él ahora está liado con su disco nuevo, yo estoy intentando presentar el mío. También fue una propuesta de Intromúsica, su sello, que le propuso hacer un split con alguien y Jorge me eligió a mi, así que depende de otros factores. No sé si su sello querrá hacer otra vez algo así. No creo que hayamos vendido muchas copias. La experiencia muy bonita. Y escribir con alguien al 50% y salirte de tu propio mundo, casi obsesivo, y retroalimentarte, es algo muy chulo. Lo pasamos muy bien. Yo quise hacerlo con su banda porque quería sonar diferente. Pudimos presentarlo en directo en los Viveros (Valencia), en el Palo Market Fest, y fue muy bien.

¿Cómo te encuentras en un sello como BCore, en el que tampoco puede decirse que haya muchos músicos de tu cuerda?
Bueno, ellos nacieron del hardcore pero tuvieron una apertura hacia el pop, con gente como Aries o Maria Rodés. No soy tan distinto. La verdad es que muy bien. Es un sello que no te exige nada, con el que vas disco a disco. Si alguno de los dos se cansa de la relación lo puede dejar y no hay ningún problema. Por la experiencia que veo de amigos músicos que están en otros sellos, yo creo que estoy genial donde estoy. Son gente que viene del punk, del do it yourself, y tienen otra mentalidad, no tan empresarial. Aunque al fin y al cabo no dejen de ser empresarios y deban mantener el negocio, las cosas con ellos son muy relajadas. Fíjate que se han atrevido a sacar un disco como este. Cuando Jordi (Llansamà) lo escuchó, no lo tenía muy claro (risas), y yo le dije que se lo escuchara bien y si aún así no le convencía, que no lo sacara. Me dijo que se fiaba de mi, y que te digan eso es muy bonito.

¿Qué piensas cuando se dice de ti que eres como una rara avis en el panorama estatal?
No sé, al final tienes una edad en la que ya te acostumbras a algunas cosas. Antes se hablaba de mi como una “promesa”… y al final la promesa va a acabar cumpliendo cuarenta años y te preguntas si alguna vez vas a dejar de ser una promesa (risas). Sí que es verdad que llega un punto en el que te das cuenta de que no va a suceder nada más. Alcanzas una especie de techo, ves un poco como está el panorama y para lo que te sirve la edad es para tener perspectiva, ver cómo funciona la industria y asumir que lo que tú propones no es un producto masivo y no va a tener mucho más alcance del que tiene. Eso te da libertad para hacer discos como este.

De hecho, hace poco te leí decir en una entrevista que esto de que los géneros de corte urbano (hip hop, r’n’b, trap, reggaetón) acaparen la atención mayoritaria, especialmente la de la gente más joven, era algo que en cierto modo os daba más libertad…
Incluso ya no se lleva ni el formato disco, sino las canciones sueltas, los videos de youtube… hasta la edición física en vinilo está pasando de moda, es puro fetichismo, porque la música se escucha digitalmente. Hay un cambio de paradigma que a la gente que tenemos cierta edad nos está pillando con el pie cambiado. Lo haces todo por puro amor a la música. Estás en un terreno un poco en mitad de las dos cosas: sigues haciendo música, implicado en tu proyecto y haciendo conciertos, pero también hay una mezcla de aceptación y frustración, como de asumir que esto no va a ir a ningún lado más. Cuando la frustración puede, es cuando te planteas para qué sigues haciendo esto, si podrías simplemente colgarlo en bandcamp y que la gente que le apetezca entre y lo escuche. ¿Para qué voy a estar metido en un sello y una agencia de booking, los conciertos, la promo por internet? Pero bueno, al final puede la ilusión de los proyectos y sigues adelante.

Llevas diez años viviendo en Barcelona. ¿Cómo ves desde allí lo que ocurre en Valencia?
Hubo una cierta eclosión cuando abrió La Residencia, con bandas en la órbita de Betunizer, y siguen emergiendo gente como La Plata, lo que evidencia que la escena de aquí goza de buena salud. Lo que nunca me termino de explicar, y supongo que generará un debate muy profundo, es por qué no gozan de mucha relevancia fuera de aquí. Por qué bandas como Tórtel no tienen más repercusión en Barcelona o Madrid. No sé el motivo. Se puede teorizar mucho pero sigo sin saberlo. No sé si es que no salimos mucho, y la única forma es hacer carretera y carretera. Quizás falte eso. Tocar, tocar y tocar. Que los grupos valencianos salgan más fuera. No lo tengo claro.