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Ara Malikian, el hombre que hermanó a Bach y Björk

por | 1 septiembre 2016 | Reportajes

Nacido en Beirut, Ara Malikian estaba llamado a ser un músico singular desde su niñez: comenzó a tocar el violín en un país en el que no había ni conservatorio ni orquestas. Durante el conflicto militar en Líbano fue refugiado en Alemania, ahora, parte de la recaudación de sus conciertos irán a la ONG Acción contra el Hambre, que ayuda a los refugiados sirios.

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Nunca perdió el vínculo con su ascendencia armenia, unas gentes que siempre han sentido el peligro del exterminio pendiente sobre ellos como una afilada cuchilla. Llegó a Alemania en 1984 como refugiado tras huir de la Guerra del Líbano (1982-1985), allí tuvo la oportunidad de pulir su técnica de la mano de músicos de primer nivel. Batalló en el duro mundo de los concursos y comenzó a darse a conocer pero, no contentó con la especialización salvaje de los métodos de enseñanza, se interesó también por el repertorio orquestal, la ópera y cualquier música que encendiera su entusiasmo.

Cautivado por la caricia del sol mediterráneo, decidió quedarse a vivir en España, formando parte de las filas de Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la batuta de García Navarro. Su carrera discográfica despuntó con su triunfante grabación de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi, demostrando que de una obra tan conocida era posible sacar matices nuevos; le siguió, con igual éxito, las Sonatas del alemán Robert Schumann. Y su revisión de los Caprichos de Paganini, abordados por lo general como piezas de un alambicado engranaje destinadas al lucimiento pirotécnico, marcó un hito. En sus manos brotó un magma que unía la exaltación lírica a la fascinación por el melodismo del bel canto que sentía Paganini. Unas músicas de un creador legendario (en su época se rumoreaba que había pactado con el diablo) que vuelven a mostrar su potencial revolucionario. Pero a Ara le estaban esperando nuevas revueltas: cortejó el repertorio español, en concreto a Sarasate y el violín romántico; arrojó nueva luz sobre el barroco, alejándose de tradiciones contaminadas; y se internó en la música contemporánea a través de las obras de Bartók o del belga Eugène Ysaÿe.

Animado por un inconformismo que nació de su reacción frente al entorno hostil en el que inició su aprendizaje, sobrepasó límites, formando un dúo con el guitarrista flamenco José Luis Motón, desafiando las miradas reprobatorias de dos entornos, el clásico y el flamenco, que no acostumbran a ser benévolos con aquellos que osan salirse de lo establecido. José Luis no tocaba con partitura, venía de un mundo que nada tiene que ver con la clásica, pero la química brotó a caudales entre ellos, logrando el milagro. Desde entonces, Ara ha ido abandonando el foso para subir a los escenarios: confabulado con tres grandes músicos, formó un cuarteto disparatado que con su espectáculo “PaGAGnini”, que juega con el nombre del italiano,  vincula la música clásica con el humor, siguiendo la senda de ilustres precedentes que, como Les Luthiers o Igudesman & Jo, han saboteado la solemnidad decimonónica de la sala de conciertos con el surrealismo, logrando una comicidad infalible, evocadora del erudito desenfado de los Monty Python. Un espectáculo, merecedor de magníficas críticas, que hermana a Manuel de Falla y Bach con Radiohead, Björk y las bandas sonoras de Wong Kar-Wai.

Este músico, cuyo aspecto alborotado es ya una declaración de intenciones, se ha dejado seducir también por las músicas para cine, eso sí, manifestando que la apuesta por intereses dispares no tiene que estar reñida con la calidad y el criterio. Dotó de intensidad las pasiones laberínticas que dibujó Alberto Iglesias para las películas de Almodóvar “Hable con ella” y “La mala educación”. Pero, como ya dijimos, nunca olvida sus raíces, lo que le ha llevado a participar en el documental “Armenio” y a recuperar joyas de un  legado musical tan desconocido como majestuoso.

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