Barrer bajo la alfombra

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Las dos noticias saltaban durante la misma jornada, con pocas horas de diferencia, enmarcadas en un 2020 que desafía a diario nuestra capacidad de sorpresa. En dos continentes distintos, dos formas completamente opuestas de encarar el racismo. Poco después de comer nos enterábamos que el bisnieto de Agatha Christie había decidido cambiar el título de la novela “Diez negritos” por el más políticamente correcto de “Eran diez”. Aunque, puestos a reescribir la historia, mejor haberse ajustado al original “And Then There Were None”, la decisión se enmarca dentro de una nueva ola de corrección política consistente, lisa y llanamente, en barrer bajo la alfombra.

agatha Primera edición de la novela de Agatha Christie (1940).

 

Reescribir títulos y fragmentos de obras literarias. Eliminar capítulos de series de plataformas de streaming. O eliminar obras maestras de las mismas plataformas como “Lo que el viento se llevó”, para después recular y luego recuperarla con advertencias sobre su contexto sociocultural. Como si un espectador maduro de 2020 no fuera capaz de sacar esas conclusiones por sí mismo.

Cada obra artística es hija de su tiempo, lo ensalza o lo critica pero en cualquier caso, lo retrata. Y así nos permite aprender tanto de lo bueno como de lo malo. Eliminar acontecimientos y periodos históricos que no han sido precisamente un camino de rosas, eliminar los que nos resulten incómodos a ojos de la actualidad (para bien o para mal siempre tan cambiante) no solo es algo tan absurdo como crear Leyes de Memoria Histórica “que no vuelvan la vista atrás”, como ha propuesto Susana Díaz recientemente, sino que abre una puerta mucho más peligrosa: borrar el racismo, el machismo o el fascismo de la historia, de la literatura, del arte, supone negar su existencia a lo largo de la misma. Como en aquel Ministerio de la Verdad orwelliano que manipulaba o destruía documentos históricos de todo tipo para conseguir que el pasado coincidiese en todo punto con la versión oficial de la historia. Una versión oficial en la que no tuviesen lugar aspectos incómodos que cayesen en la incorrección. Un Ministerio de la Verdad que suponía, en la novela 1984 de Orwell, uno de los pilares fundamentales de un estado fascista.

Pocas horas después, nos íbamos a la cama con la noticia de que los Milwaukee Bucks se negaban a jugar su partido de playoffs de la NBA contra los Orlando Magic, en protesta por los siete tiros por la espalda que recibía el ciudadano afroamericano Jacob Blake en la ciudad de Wisconsin. Un caso más de brutalidad contra la población negra. El gesto, histórico, podría haber supuesto duras sanciones y consecuencias tanto para jugadores como para cuerpo técnico, en caso de no haber sido secundado por otros equipos de la liga, obligando a posponer los playoffs. Es de esperar que cunda el ejemplo en otros deportes a lo largo de EE.UU. durante los próximos días. Pero, en aquel momento, encerrados en su vestuario, los Bucks tal vez no eran conscientes de haber prendido una mecha que pueda obligar a los propietarios de las franquicias (lo han adivinado, mayoritariamente hombres blancos) a presionar para cambiar de forma efectiva la legislación estadounidense en cuestiones de racismo y brutalidad policial.

Y es que los cambios no vienen de la mano de quienes quieren borrar o reescribir la historia a toro pasado, sino de gente valiente que toma decisiones valientes en tiempo presente. De quienes no barren los problemas bajo la alfombra.