Ben Sollee, genius at work

por | 14 septiembre 2014 | Cultura pop

En Inclusion (Thirty Tigers, 2011) Ben Sollee se desveló como un joven violonchelista de Kentucky capaz de verter su prodigioso dominio de la técnica en una luminosa conjura que aunaba el folk y el pop. Antes había tenido tiempo de confabularse con Jim James de My Morning Jacket y el cantautor Daniel Martin Moore en Dear Companion (SubPop, 2010) con el que apoyaban la preservación de los montes Apalaches, donde justamente inmigrantes procedentes de las islas Británicas en el siglo XVIII plantaron la semilla de lo que sería la tradición folk.

mtflatley-5479Estos pasos ya lo desmarcaban del enjambre de los cantantes folk más conformistas, tratando ese venerable legado de forma honesta y al mismo tiempo visionaria, mostrando no solo que manejaba su instrumento de forma apabullantemente ecléctica, sino revelándose como un compositor primoroso. Ben Sollee es uno de esos raros músicos que se ha dado cuenta de que para mantener vivo un canon, hay que sacudirlo, infectarlo con las huellas de la propia sensibilidad. Canciones como “Electrified” son una atrevida celebración que contamina el folk con el funk, derrapando hasta alcanzar una intensidad roquera. En lo vocal nos recuerda a la gentileza incandescente de Paul Simon, dotando de especial encanto letras brillantes como la de “The globe”, una pintura de la Inglaterra isabelina en la que un disidente de la época de Shakespeare se proclama harto de tragedias, cansado de ver lanzar a Romeo su último aliento por algo tan loco como el amor.

Pero en Half Made Man (Tin Ear, 2012), su siguiente aventura, su paleta de sonidos se expandió hasta terrenos insospechados, siendo capaz de dotar de ligereza a las arquitecturas más complejas, descendiendo hasta crípticos experimentos orquestales, arrancando de su garganta acentos del soul más clásico (no en vano siempre menciona su devoción por figuras como Wilson Pickett, Otis Redding o Billie Holiday), sin esquivar cautivadoras incursiones en el sonido del rock lo-fi. Y es justamente esta inteligente y mesurada toma de riesgos, resuelta con una intuición milagrosa, la que da coherencia a este heterogéneo manojo de canciones. Ben consigue poner el virtuosismo que lo hace único al servicio de sus impulsos creativos, inspirándose en la oscuridad grunge en “Get off your knees”, mientras que las cuerdas de “The healer” se convulsionan con los ritmos ancestrales de la percusión africana. Con “Slow down” nos ofrece un refugio en medio de la tormenta y traza caprichosos arabescos sonoros; y un bajo de acentos country mece “Roam in the dark”, contando con la colaboración de My Morning Jacket. Un viaje sorprendente que explora el post-modern jazz, y al minuto siguiente aborda el folk con desnudez, para apuñalarnos de improviso con un góspel.

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Tras poner música al documental “Maidentrip”, ajusta cuentas con las músicas que más le han inspirado en The Hollow Sessions (Tin Ear, 2013), y lo hace de la forma más despojada, contando con poco más que el violonchelo y su voz. Grabado en unos pocos días del verano pasado, fue capaz de capturar radiografías de las músicas que lo han marcado, haciendo suya la herencia de cantantes folk y de luminarias del soul (no podía ser de otra forma), pero también apropiándose de The Zombies, Tom Waits o de la esquiva Fiona Apple. Estas músicas dispares fluyen con una gracia buckleyana, logrando una alquimia en el que todas las piezas se ajustan en armonía. Ben ha logrado de nuevo el milagro, evocando con el minimalismo de la propuesta atmósferas sosegadas que parecen agitar un bosque a su alrededor.

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