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Cabarets en la València de los años 30 y 40: Mercedes Viana y el Mocambo

por | 5 noviembre 2020 | València

La considerada Belle Epoque valenciana, el auge y fama de los cabarets, había permanecido en la ciudad desde principios de siglo hasta últimos de los años 20. El público demandaba el music-hall y el ambiente nocturno ofrecía salas de bailes y cabarets donde no podía faltar el espectáculo picante. Estos locales se convirtieron en el punto de reunión festivo al que acudían todo tipo de personas con diversos atuendos, desde el acaudalado de traje y sombrero, el nuevo rico naranjero con blusón recién estrenado, al asalariado con la muda de los domingos o la humilde modistilla de traje prestado, formaban todos un colectivo democrático, de llanda i porcelana, ávido de diversión.

Una Valencia vitalista se había configurado como ciudad desinhibida, abierta y moderna. La dictadura militar de Primo de Rivera no había sido obstáculo para este tipo de espectáculos en los que se exhibían y brillaban con luz propia las artistas más descocadas de la época. Por entonces se veían los carteles anunciadores del Maxim’s, Salón El Dorado, La Rosa, Ba-Ta-Clan o Eden Concert a los que se sumaban teatros como el Apolo o Ruzafa que representaban obras cargadas de erotismo y semidesnudez.

Entre las artistas que actuaban en aquellas revistas sexy destacaban muchas valencianas: Carmen del Turia, Nati Benito, Rosa de Levante, Anita Caballero, Amparito Cao o Anita Sansano, gran vedette estrella del Edén Concert. Era muy concurrido el Florida (Pi y Margall, 17), una academia de bailes de salón dirigida por el profesor Paolo Zunino que, entre su nómina, disponía de cuarenta taxis-girls, chicas en alquiler dispuestas para ser contratadas por el cliente. Lucían vestidos largos y daban un toque de glamour al local.

Una vez iniciada la guerra, a pesar de las campañas de propaganda para mantener un comportamiento adecuado a la situación bélica, la ciudad continuó su ritmo de diversión cabaretera, aumentada tras obtener la capitalidad. Valencia se había convertido en un punto de recepción de personas tras la importante avalancha demográfica que provocó un aumento considerable del público que acudía a los cabarets y a las salas de baile como puntos de distracción.

Era normal que en el descanso de cualquier función irrumpieran en el escenario dos o más personas, en ocasiones un nutrido grupo, ataviadas con indumentaria republicana, mono azul, pañuelo rojo y gorra con estrella, para leer una proclama a favor de la causa.. Igualmente se aprovechaban algunos de los números frívolos para incluir contenidos y consignas políticas con la presencia de la bandera tricolor presidiendo la escena.

Cartel-Cabarets.-Valencia
Cartel Cabarets. Valencia. 1936.  Foto: Copyright © Rafael Solaz.

Algunas de las canciones frívolas y de contenido erótico eran transformadas como reafirmación política de la causa republicana. Una de ellas, interpretada por un dúo, miliciana y miliciano de camisa abierta, comenzaba con intencionalidad erótica y acababa con un claro patriotismo encaminado hacia la libertad. Ella cantaba: ¡Camarada, camarada, mantén recto tu fusil! ¡Mi valiente camarada que así lo quiero pa mí…, Ay sí, solito para mí! Él le contestaba: ¡Mi querida camarada, no me pidas mi fusil, que lo quiero pa la guerra y por mi patria morir! Los dos: ¡Sí, sí, por la libertad morir! Al tiempo que incitaban a repetir esta última estrofa a un público pletórico y fervoroso que obedecía ciegamente, con el pecho hinchado, dando muestras de adhesión.

Y se acabó la guerra y el espectáculo en los cabarets se renovó intentando dar continuidad a tiempos pasados pero con la constante censura que impuso el régimen franquista. Calles céntricas, esquinas concurridas, cafés de toda clase y las llamadas salas de fiesta, título que ocultaba los antiguos cabarets, donde bajo una apariencia legal vivían el tráfico de la carne y las mercancías de estraperlo, relación comercial que todos conocían pero fingían ignorar. Dignísimas autoridades, jerarcas y altos cargos del régimen se encargaban de vigilar la moralidad.

Mercedes Viana nació en San Sebastián, en 1916. Se inició en el mundo del espectáculo con tan sólo quince años y con diecisiete aterrizó por Valencia y la vimos actuando en el Ba-Ta-Clan. Era el año 1933. Unos años previos a la guerra, actuó junto a su hermana Esperanza como pareja de baile. A principios de los años 40, con la ayuda económica de un empresario valenciano, instaló el mítico Mocambo, céntrico cabaret situado en el Pasaje de la Sangre.

El local se caracterizó por la asistencia de una clientela de postín, contó con la presencia de toreros, políticos del régimen, ricos comerciantes y visitantes ilustres que a modo de tour turístico, eran conducidos a presenciar las maravillas de la céntrica y famosa sala. El local, bien instalado, estaba situado en un sótano, un gran espejo que presidía la escalera de acceso, en el que se podían contemplar diversas fotografías de las artistas participantes. El cabaret se constituyó en un clásico de la noche valenciana anunciando los más deslumbrantes debuts de la temporada y la reafirmación de Mercedes como la más competente empresaria del mejor club nocturno de Valencia. En los años 70 el club continuó su andadura bajo la dirección de Higinio Huerta y posteriormente cambiaría de propietario y de título: Mogambo.

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Mercedes Viana en 1933. Foto: Copyright © Rafael Solaz.

Además del mítico cabaret otros populares salones ofrecían espectáculos en la noche valenciana. En 1945 el Salón Venecia se anunciaba como bailes familiares que tenían lugar los jueves, sábados y domingos, en la calle del Clero 9. El Alkázar, de José Ballester, era un salón de té con bailes y variedades. El Salón Olimpia de la calle de Guillem de Castro 59, era centro de bailes familiares. El Ideal Room, además de restaurante fue sala de fiestas con baile y diversas actuaciones. En el Salón Florida, con domicilio en Calvo Sotelo 17, había una barra americana, con baile todos los días tarde y noche, la dirección corrió a cargo de Lliri. En 1951, el Montecarlo en la calle Izquierdo números 4 al 8. El Ohasis en la plaza de San Pedro Nolasco 4. Pero donde realmente se cocía el pescado era en los locales donde tenían lugar bailes de cabaret -y algo más-, como lo eran Tabú, Saratoga, Hollywood, Negresco.

La posguerra produjo que muchas de las vedettes y coristas desaparecieran del panorama artístico y se encaminaron a otros trabajos con el único fin de conseguir alimentos y de paliar su delicada situación económica. Angustiosa situación social y económica con pocas salidas en el negro horizonte de la posguerra que les tocó vivir. Pero eso ya es otra lamentable historia, triste y humillante.

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Carmen Martí. Cabaret en Valencia. 1935. Foto: Copyright © Rafael Solaz.
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Artistas de cabaret en Valencia. 1935. Foto: Copyright © Rafael Solaz.

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