Casablanca

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Acabo de ver Casablanca y de tirar la poca marihuana que me quedaba. Nada tiene que ver una cosa con la otra, pero mientras veía la película mi mente recorría otros caminos y he tomado esa decisión: ya no fumo más, joder, porque presiento que esto puede ser el comienzo de una hermosa adicción. Así que me he puesto en plan Ingrid Bergman, melancólica perdida, y he olido la yerba con nostalgia, casi en blanco y negro, antes de lanzarla a la basura. Adiós, Mari.

patricia-beat-casablanca Foto: Patricia Sornosa

 

Me da rabia sentir este miedo ridículo a no poder vivir sin algo innecesario. Odio a esa voz que me dice: no serás capaz de pasar esta noche sin fumar. Sé que no es verdad. He pasado muchos años de mi vida sin fumar. Sobre todo los primeros catorce. Es broma, con trece ya probé el primer porro. Entonces vivíamos en Ribarroja y una noche vinieron a cenar a casa unos amigos de mis padres con su hija Sara, que estaba castigada. Sara, guapísima, mayor que yo, con el pelo rubio y los labios gruesos. Una Kate Moss de periferia con aire de peligro.

Después de cenar la oí decir: “Patri y yo nos vamos a dar una vuelta.” Flipé. Me alucinó que aquella chica que me parecía el no va más quisiera pasear conmigo. Será que molo, pensé. Pero no, no era eso. Yo era su excusa para salir a fumar. Necesitaba a la enana pardilla para que sus padres no sospecharan. Nos alejamos, sacó el porro, le dio algunas caladas y me preguntó ¿quieres?
¿Cómo iba a decirle que no a aquella diosa del chic y el it y el cool? Me hice la que sabe y pregunté ¿qué lleva? Marihuana, dijo.

No fumo mucho, pero observo en mí la tendencia a fumar cada vez más. Y no quiero depender de algo externo para sentirme bien, ya sé a dónde lleva esa ilusión. Igual que Rick en la peli, yo también soy de nacionalidad borracha. Ya he buscado el bienestar fuera de mí durante años y no quiero volver a ese juego estúpido. No necesito otro atajo en el que acabar perdiéndome.
Ahora quiero estar despierta para distinguir si lo que se oye son cañonazos o los latidos de mi corazón.
Fumar reduce mis capacidades para conducirme en la vida, las empequeñece. Y chica, ya no me siento cómoda siendo la pequeña, la pardilla, la que cree que debe “molar más”.

No voy a pasarme esta película como Bogart, subido a cajones para disimular su escasa estatura.
No puede ser que el mundo se derrumbe y nosotras nos enamoremos de cualquier sustancia que nos saque de él.
Tampoco es algo definitivo, nena.
Démonos un tiempo, Mari.
Podemos vernos de vez en cuando, sin ataduras.
De cualquier forma… Siempre nos quedará Ribarroja.