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Christina Rosenvinge, ejecutora

por | 7 abril 2015 | Reportajes

Con Tu labio superior (2008) Christina Rosenvinge volcó las sonoridades complejas, llenas de intensidad y poco complacientes, de su trilogía neoyorquina (Foreign Land, Frozen Pool y Continental 62 ) en el luminoso entramado pop de sus canciones de los años 90. La artista muestra lo aprendido en las alianzas fatales con Nacho Vegas, prolonga estos logros y, además, se confirma como uno de los valores más seguros del panorama nacional.

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Christina afirma que las palabras, las melodías y los arreglos de estas canciones fluyeron de forma natural, casi mágica, dando cuerpo a composiciones tremendamente dispares, desde el rock de “Tres minutos”, pasando por el folk de “Negro cinturón”, al blues etéreo de “Por la noche”. Un magisterio que alcanza las letras de “Eclipse” o de la sobresaliente “La distancia adecuada”; piezas de artesanía callejera y nocturna, que nos descubrieron a una Christina mucho más cercana, que mostraba las cicatrices de su convulsa vida sentimental, construyendo a partir de esa desazón una madeja de canciones elegantes y maduras.

Con La joven Dolores (2011), dio voz a una galería de mitos femeninos, dotados de sangre y sentimiento, que descendían de sus pedestales. La cantante se queja, y con razón, de que los mitos masculinos están llenos de aristas; mientras, los femeninos suelen quedar reducidos a visiones arquetípicas del bien y del mal, privados de los siempre esclarecedores matices. En las composiciones del disco Rosenvinge concede a estos personajes de leyenda la posibilidad de dar su propia versión de los hechos: en “Canción del Eco”, la ninfa Eco, alza la voz contra un Narciso actual; “Mi vida bajo el agua” desmiente la fatalidad de las sirenas; y “Eva enamorada”, muestra a una Eva feliz de abandonar el Edén.

Christina nos brinda a través de imágenes antiguas un acercamiento muy actual al deseo, la traición y la necesidad de sobrevivir. Muerde los frutos prohibidos, y reivindica el amor, el conocimiento, el deseo y el dolor, para dar forma a un palimpsesto de los sentidos que nos habla de la redefinición de la subjetividad femenina. Inquietudes que también animan Lo nuestro (2015), y la empujan a conquistar nuevos espacios musicales. Un disco en el que no tiembla al enredar figuras tan distantes como el inventor Nikola Tesla o la artista Louise Bourgeois en un tejido sonoro que convoca a New Order, Franco Battiato o Bill Callahan.

Composiciones bendecidas con el infalible toque de varita de Raül Fernandez “Refree” en la producción, en las que la artista abandona su zona de confort. Se distancia de las confesiones pop de su discos anteriores para explorar territorios que se expanden hacia la electrónica en un giro en el que unas letras más abstractas, casi metafísicas, se engarzan a la perfección. El romanticismo colisiona con lo industrial, demostrando que, a veces, los impactos sangrientos también pueden ser felices: una nueva resurrección en la que nos habla de sus crisis, pequeñas muertes que, filtradas por el humor, dan lugar a un singular renacimiento.

Partiendo de los versos de Luis Cernuda o de jirones de pesadillas expresionistas, aborda con ironía autorreferencias que componen un nuevo capítulo de una biografía, real e imaginada, en la que la literatura, la música y el cine cubren con su tinta la carne de lo cotidiano. En “La muy puta”, como ya hizo a través de los personajes insumisos de La joven Dolores, la cantante desactiva los clichés que pesan sobre lo femenino con trazo elegante y descarado. Christina se muestra más sacerdotisa nocturna que nunca y confirma su capacidad para contar historias en un poema gótico, recubierto por una sonoridad incómoda y magnética en cuyos pliegues se revelan sonidos novedosos y siempre excitantes.

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