Crímenes y sombras: Cine negro clásico en La Filmoteca Y TODO A MEDIA LUZ

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IVAC- La Filmoteca de València presenta el ciclo “Crímenes y sombras. El cine negro clásico”, una completísima retrospectiva que se aproxima a uno de géneros más fértiles del Hollywood clásico. Sin embargo, y a pesar de haber propiciado una iconografía que acota un espacio claramente identificable, el cine negro se muestra tan escurridizo como sus personajes cuando tratamos de definirlo; aunque la denominación “film noir” fue dada por la crítica francesa muy pronto, ya en 1946. En la primera mitad de los años 40 se estrenaron cinco películas que marcarían el devenir del cine de aquellos años: “El halcón maltés” (John Huston), “Laura” (Otto Preminger), “Historia de un detective” (Edward Dmytryk), “Perdición” (Billy Wilder) y “La mujer del cuadro” (Fritz Lang). Un cine que surgió en una década que dibujó una herida que marcaría para siempre el siglo XX, trastocando el mundo tal y como había sido conocido. Lo inimaginable tomó cuerpo con la II Guerra Mundial, sus 60 millones de muertos, Auschwitz, Hiroshima y la creación del telón de acero. Inevitablemente, el cine también tuvo que cambiar.

 the-big-sleep-1946 Bacall y Bogart en el set de El sueño eterno en 1945. Foto: Warner Bros.

En 1939, los principales estudios de Hollywood habían perfeccionado el artificio policromado del Technicolor en grandes producciones (“Lo que el viento se llevó” o “El mago de Oz”) que irrumpieron en el panorama cinematográfico con la fuerza de un coloso. Durante los cincuenta el cine americano volvería a recurrir a todos sus fabulosos sortilegios para enfrentarse a la triple amenaza que formarían la irrupción de la televisión, un poderoso medio que cuestionaría su hegemonía; la puesta en marcha del Comité de Actividades Antiamericanas, a la caza de todo influjo comunista; y el veredicto que en 1948 rompió el monopolio de los grandes estudios sobre la producción, distribución y exhibición cinematográfica.

Entre estas dos épocas, Hollywood, al igual que otras cinematografías, puso el foco en la realidad para dejar de lado, al menos durante un tiempo, las ensoñaciones espectaculares. Algunos de sus directores y actores estuvieron involucrados en el conflicto bélico y regresaron transformados; las audiencias habían cambiado con ellos, ya fuera en las batallas o en un ámbito doméstico cada vez más industrializado. En Estados Unidos y Gran Bretaña, la propaganda de guerra, tanto en la ficción como en los documentales, sacó lo mejor de directores tremendamente diversos (Humphrey Jennings, George Stevens, John Ford o Powell-Pressburger). Y el público, tras haber conocido el rostro verdadero de la guerra -sus vecinos habían sido bombardeados y sus compañeros de pelotón destrozados a pocos metros de distancia- perdió el gusto por el estruendo y el escapismo.

Es cierto que esta nueva perspectiva apareció antes en el cine europeo que en el estadounidense: el cine neorrealista, nacido en Italia producto de un fuerte compromiso ético, surgió a raíz de la desolación causada por los traumas de la guerra -las películas de Rossellini “Roma, ciudad abierta” y “Alemania, año cero” son un testimonio más que elocuente-. Esta corriente seminal inyectaría nueva sangre al cine mundial durante las próximas décadas. Los directores estadounidenses, siguiendo su influjo, abandonaron los estudios para rodar en lugares reales y se contagiaron del enfoque documental del nuevo cine en películas de posguerra como “El justiciero” (Elia Kazan) y “La ciudad desnuda (Jules Dassin). Resulta significativo que en 1945, la cumbre del cine de prestigio hollywoodiense fuera “Los mejores años de nuestra vida” (William Wyler), un drama realista sobre las cicatrices que dejó la guerra, tan alejado de “El mago de Oz” como integrado en lo cotidiano.

3b322879f9ad581b2aa763fe88a82b56 Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados en 1946. Foto: RKO Pictures

A la MGM le quedaba todavía un vehículo de escape: el musical. Este último truco magia de los grandes estudios no vio empañado su brillo centelleante, y conoció su apogeo a mediados y finales de los cuarenta. Pero fue su reverso tenebroso, el cine negro, el género que prevalecería en el futuro; y entre sus sombras seguimos todavía. Buena parte del cine posterior se infectaría de su estilo paranoico, sus tramas laberínticas, y su visión pesimista. Películas, en gran parte de serie B, que reflejaron las patologías y neurosis, temores y dudas del hombre estadounidense ante los desequilibrios económicos y sociales que siguieron a 1945. A medida que la economía de los Estados Unidos se sumergía inevitablemente en la recesión que propició la posguerra, el cine negro representó héroes impotentes, que ven como su masculinidad se resquebraja, y mujeres amenazantes (que tal vez reflejaban los miedos que despertaron aquellas que ocuparon puestos de trabajo mientras ellos estaban en el frente); un universo moral de engaño y traición, sexo y asesinato de una turbiedad nunca vista antes en la pantalla. El mundo contemporáneo, y su carencia de certezas, asomó en pequeñas películas sombrías como las de Jacques Tourneur (“Retorno al pasado”) y Anthony Mann (“Pasiones de fuego”).

También resultó decisiva la influencia del cine alemán y sus dramáticos claroscuros. Si bien es cierto que los estudios de la UFA de Berlín, productora rival durante la época silente de los logros de Hollywood y emblema de lo mejor de la cultura alemana, se perdieron una vez que Hitler se hizo cargo de ella en 1933 (principalmente porque sus mayores talentos ya habían dado el salto a Hollywood ante el siniestro panorama que se avecinaba), su influencia se extendería de la mano de sus muchos profesionales exiliados: Edgar Ulmer (“Detour”), Fritz Lang (“Los sobornados”), Fred Zinnemann (“Acto de violencia”) o Billy Wilder (“Perdición”). Todos ellos aprovecharon el cine negro y sus criaturas ambiguas para volver a las fuentes visuales del expresionismo que dominó en los días fecundos de la República de Weimar; el estilo que habían conocido en su propia casa, dos décadas antes de que todo se derrumbara. El cine alemán también quedó roto: tendría que esperar hasta los años setenta para volver a recibir el aplauso internacional.

Double-Indemnity-Grocery Fred MacMurray y Barbara Stanwyck en Perdición de 1944. Foto: Paramount Pictures