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Dominique A: sugiriendo lo indecible

por | 31 mayo 2016 | Reportajes

Al ser llamado de forma recurrente el jefe de filas de la llamada “nueva chanson francesa”, Dominique A sonríe siempre un tanto perplejo. Con esta etiqueta se suele agrupar a cantantes del panorama francés actual como Benjamin Biolay, Yann Tiersen, Françoiz Breut o Charlotte Gainsbourg. 

Dominique-A-2014---7-(c)Richard-Dumas

Artistas infectados con el acervo de Jacques Brel o Brassens; que también se reconocen en la chanson pop que en los sesenta lanzaron Serge Gainsbourg, Françoise Hardy o Michel Polnareff pero sin dar nunca la espalda a los logros del pop rock más ferozmente contemporáneo.

El músico todavía se muestra menos conforme al ser catalogado como un músico minimalista, ya que siempre ha buscado esculpir “la canción pop perfecta”, buscando el equilibrio del más puro clasicismo. La belleza alcanzada en las letras de sus canciones nos deja claro que Dominique A jamás abandonó el entusiasmo por la literatura que le marcó en su adolescencia, cuando, subyugado por el punk y el romanticismo tenebroso de la new wave, comenzó a esbozar pequeñas composiciones atormentadas por una cólera helada. “Llegué a la música para superar el miedo“, diría el cantante. En esta época con una guitarra y un sintetizador creó atmósferas enmarañadas; pero pronto el mordisco de la tristeza y el estilo depurado serían sus aliados. Y, junto a la urgencia, afloraron las músicas de Léo Ferré o Charles Trenet: un legado de melancolía que lo convertiría en un atípico crooner eléctrico.

Siempre ha apostado por crear atmósferas muy diferentes en cada disco: en “La Musique” (2009), grabado en un estudio doméstico, predominaban bases rítmicas sintéticas y arreglos sudorosos y sofocantes. En su siguiente paso, “Vers les Lueurs” (2012), se sirvió una banda de rock completa que da amplitud al sonido: se expandió libre, fiero y afilado (“Ostinato” o “Close West” son un buen ejemplo). Robó pinceladas del rock progresivo y de la psicodelia, contraponiendo la inclusión de un quinteto de viento-metal a la tormenta eléctrica. Y, aunque la oscuridad sigue presente (el desamparo aplastante de los nueve minutos de “Le convoi”), “Rendez-nous la Lumiere” se alza como una brillante cabalgada sonora hacia la luz.

La suavidad se convierte en su caballo de batalla en “Eléor” (2015). El cantante de Provins afirma que siempre había estado a la búsqueda de la belleza, la dulzura, la sencillez. Y, ahora, como si se hubiera reconciliado con el mundo (y consigo mismo), parece haberse desprendido de su ira, alcanzando el sosiego del canto de Molly Drake, la madre de Nick, en una deriva hacia el pop, entre teclados amables y cuerdas que arrullan.

El artista da rienda suelta a su pasión topográfica- tal vez porque su padre fue profesor de Historia y Geografía. Viajamos hasta la minúscula isla danesa de Elleonore (un reino liliputiense con una decena de habitantes); a la América de la Gran Depresión (“Oklahoma 1932″); e, incluso, nos asomamos a un abigarrado retablo que recrea un paso de Semana Santa. La querencia por la literatura- que ya le había llevado a dedicarle “Marina Tsvetaeva” a la poeta rusa víctima de la censura de Stalin o a recrear el París posnuclear de Enki Bilal en el disco “La Musique” -se hace presente en “Une autre vie”, inspirada en el libro “El fin del homo sovieticus”, de la escritora Svetlana Aleksiévich. Arquitecturas construidas como en un sueño siempre acechado por fantasmas. El silencio, la soledad, los puntos suspensivos… Dominique agita nuestro interior, como las olas de “L’Océan”, y vuelve a sugerir lo indecible.

Fotos: Richard Dumas

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