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El año que vivimos ballardianamente

por | 25 febrero 2021 | Reportajes

James Graham Ballard, el sabio de Shepperton, murió en 2009 a los 78 años, habiendo producido obras fundamentales de la ciencia-ficción como el trío formado por Crash, La isla de cemento y Rascacielos, así como una de las ficciones autobiográficas más celebradas y representativas del siglo XX, El imperio del sol. Pero antes de su ciencia-ficción interior, como la llamaba él, antes de su Exhibición de atrocidades, de sus retratos de una sociedad enferma, de sus investigaciones sobre el erotismo postindustrial, nos brindó algunos de los primeros ejemplos de lo que se ha dado en llamar clima-ficción, un género literario que ahora ha abandonado el terreno de lo visionario para ser aterradoramente actual, anticipándose a las urgentes preocupaciones que hoy tenemos sobre el calentamiento global.

La primera novela de Ballard, El viento de ninguna parte, plantea la destrucción de buena parte de la civilización a merced de vientos que arrasan con todo lo que se encuentran. En la que él considera su verdadera primera novela (siendo su debut, en su opinión, apenas una bagatela alimenticia), El mundo sumergido, trató la posibilidad de que la fusión de los casquetes polares inundara las grandes zonas habitadas, recluyendo a los supervivientes en las cimas de los edificios y alterando completamente las zonas climáticas. En la siguiente entrega, fue directo a las antípodas, describiendo en La sequía un mundo sin lluvias por culpa de la cantidad de desechos plásticos que impiden la evaporación de las masas de agua. Finalmente, antes de adentrarse a fondo en la psique de la sociedad de consumo al acercarse a los setenta, narró en El mundo de cristal una extraña plaga que lo cristaliza todo a su paso desde la selva camerunesa.

Estos cuatro apocalipsis distintos le sirven al británico para explorar el apocalipsis que realmente le interesa y que le haría famoso: el apocalipsis interior, el derrumbe de la psique del individuo enfrentado a situaciones extremas. En siguientes novelas, como La isla de cemento o Rascacielos, esto se hace mucho más evidente. El mundo no está acabando, al menos no por fuera, pero, desde luego, el cambio interno en la humanidad parece estar alumbrando una nueva especie enferma pero aferrada a la supervivencia.

Volvamos al presente: ese nuevo ser humano de cristal y cemento

Terminado 2020, el año que empezó con la posibilidad de una tercera guerra mundial y al que nadie le habría extrañado en absoluto que hubiera acabado con una invasión extraterrestre o la aparición de un monstruo gigante tipo Godzilla o Mothra. En lugar de la Inglaterra ballardiana, miremos más cerca. Miremos España, y veamos este apocalipsis en miniatura en el que vivimos desde hace casi doce meses y que no para de sumar giros en el guion de este final y principio de década. Millones de personas confinadas en sus casas, en un encierro que sublima el concepto de espacio interior que tanto interesó a Ballard, aterrados ante la más mínima tos del vecino, ante la posibilidad de encontrarse al enemigo invisible, ante la perspectiva de que se cancele la Liga.

Veamos si en estas situaciones no podríamos ver la mano de Ballard, en esas familias que en marzo hacían pan juntos y llegaron a junio sin poder siquiera mirarse a la cara. En las relaciones de balcón a balcón con vecinas con las que ni antes ni después de la gran cuarentena habían cruzado jamás más palabras que la clásica conversación de ascensor sobre el tiempo. En la histeria colectiva que llevó a consumidores a lanzarse desesperados a acabar con las existencias de papel higiénico y a comprarse congeladores extra para almacenar kilos y kilos de carne, pero que dejaba perfectamente abastecidos los lineales de latas de conserva y alimentos no perecederos. En las parejas recién establecidas que tuvieron que volver a la casa paterna al terminar el confinamiento tras ese ensayo matrimonial convertido en terapia de choque. En la Navidad que tuvo que ser salvada a toda costa, cayera quien cayera. En la Navidad que hubo de celebrarse por videoconferencia. En las cenas compartidas con pasillo de por medio que sugería la televisión. En las manifestaciones en contra de una supuesta mentira a escala global en las que destacaban demenciales profetas de la conspiración.

Pero, si hablamos del espacio interior, ¿a santo de qué esa recreación a la hora de repasar las primeras obras de J. G. Ballard? Más allá del mero proselitismo de fanático, una noticia de hace unos meses entronca directamente con esa primera fase de clima-ficción. Según la Communications Earth Environment, del grupo Nature, el deshielo de Groenlandia es irreversible. Esto sucede porque la cantidad de nieve que se deposita sobre el terreno de sus glaciares es ya desde hace años insuficiente para contrarrestar el hielo que se derrite. Cada año hay un aumento de 2,2 milímetros en el nivel de nuestros océanos. Suena a poco, pero pensemos en la masa de agua que supone un aumento aparentemente tan pequeño en una superficie gigantesca como la ocupada por los océanos.

¿Qué consecuencias puede tener esto? Pues, aproximadamente, y si sumamos el resto de consecuencias derivadas del calentamiento global, podríamos imaginar que las mismas que el deshielo que echa a andar la trama de El mundo sumergido. En el futuro cercano sufriremos constantes subidas de temperatura, si bien ya es evidente en el Mediterráneo que los veranos son más calurosos y los inviernos más cortos. A medio plazo, perderemos El Cabanyal o Venecia. A largo plazo, ciudades enteras habrán sido devoradas por el agua. La fría Londres de Crash se convertirá en la Londres tropical de esa primera novela del canon ballardiano. Por contra, las sequías devastarán zonas con climas ya duros de por sí, como sucederá en el África Subsahariana. Sería sorprendente que algún lugar se convierta repentinamente en un museo de cristal dedicado a sí mismo, pero difícilmente podemos predecir todas las consecuencias del calentamiento global.

Portada francesa de Crash, Edit. Le Livre de Poche, Paris (1977).

 

Sumemos a esto los estragos del COVID-19 en sus distintas variantes. Las perspectivas más pesimistas hablan de diez años de lucha contra la enfermedad. Las muertes se cuentan por millones, la mascarilla se ha convertido en elemento común (y comunizador; con mascarilla, todos los gatos son pardos), los calendarios de vacunación parecen haber sido dictados por radios cuya comunicación se entrecorta cada quince segundos, las curvas en las que todo el mundo parece ser experto de la noche a la mañana son testimonios gráficos de la irresponsabilidad de una sociedad que supuestamente iba a salir mejor del confinamiento. Mientras la juventud responsable agoniza en casa, las residencias geriátricas se convierten en improvisados sanatorios, y en algunas residencias universitarias la lucha de clases se revela como algo imprescindible incluso en tiempos de pandemia. Unos gobiernos autonómicos se sacan medidas sonrojantes del sombrero y otros no se atreven a aplicar las que saben que funcionan. Se vuelve a hablar de ética en los medios, se empieza a hablar de bioética en la calle, y a la vez una tarada fascista de insultante juventud se lanza a soltar soflamas antisemitas en una manifestación por la División Azul amparada en la libertad de expresión que le niegan a quien hable mal de Juan Carlos de Borbón, exiliado en un resort de lujo. Lo interior y lo exterior se fusionan y dejan de tener sentido.

Viendo cómo está la situación, podemos recurrir también a Ballard para ver qué sucederá con nosotros. Si nos acogemos al Ballard más duro, ya ha sucedido todo lo que tenía que suceder. El fin del mundo ya sucedió, pero no nos dimos cuenta. Somos incapaces de cooperar por ningún bien común. Ni un cambio climático ni una pandemia son capaces de tumbar las peores posturas éticas de la sociedad capitalista (o incluso postcapitalista). La economía y la industria siguen primando por encima de la ciudadanía y el futuro. La frialdad y la frivolidad se han hecho una con nuestra saturación de estímulos y nuestra incapacidad para sentir algo real.

Las distopías de Ballard solían acabar revelándose como utopías de las que surgía un nuevo ser humano. La cuestión ahora sería ver si realmente queremos ser ese nuevo ser humano de cristal y cemento, cuero y acero.

Cubiertas de David Pelham para la editorial Penguin, Londres, en los años 70.

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