fbpx

El despertar cultural de València en los años 80

por | 21 abril 2021 | València

Falla de la Plaza del País Valenciano diseñada por Sento en 1987.

Hay demasiadas Valencias olvidadas. En el curso de nuestra historia, València se ha movido entre la indiferencia, el autoodio, el desconocimiento de sí misma o la lejanía en la toma de decisiones que le afectaban, creyendo pocas veces en sus posibilidades. Esa manera de funcionar de la sociedad valenciana es nuestro hecho diferencial, por eso los habitantes de nuestra ciudad desconocen su historia. Cierto es que las cosas nunca pasan por casualidad y la burguesía que nos toca en suerte decide desde el primer momento jugar un doble papel, secundario a la vez que subsidiario, como bien explica Joan Fuster en esa obra, cumbre del ensayo contemporáneo, ahora denostada, “Nosaltres els valencians” (1962). Su posición dimitida desde el inicio en hacer de València una ciudad capitalina y no provinciana, junto a un escaso desarrollo industrial, contribuirá a construir un Estado centralista desde 1833, llegando al paroxismo durante la dictadura franquista.

Pero la dialéctica nos enseña que nada es lineal y homogéneo, y menos la historia. Así, como de si pequeñas aldeas galas se tratasen, València cobija grupos resistentes que van configurando una ciudad de la que no se habla y no se estudia (incluso ahora), pero es la que la hará habitable, avanzada y culta, para pesar de los que solo potenciarán su cara regionalista, atrasada, dependiente, envidiosa y costumbrista. De esa resistencia callada y constante formará parte el incipiente movimiento obrero, los variopintos grupos republicanos, los artistas que como Josep Renau introducirán las vanguardias artísticas en la ciudad, los arquitectos que diseñaran una ciudad a la altura de París y Barcelona, o el anticlericalismo que se dará la mano de manera única con la religiosidad popular en Poblats Marítims. Así, hasta llegar a la parte que nos ocupa, la València de los 80, oculta tras el grueso manto de la Ruta del Bakalao.

La recuperación de las libertades democráticas supuso un renacimiento cultural en nuestro país. La música, las artes escénicas, la ilustración, la moda y la prensa especializada serían el eje de esta expresión cultural y tendrían en València, por fin, su capital. La llegada de las primeras elecciones municipales democráticas, en 1979, dará lugar al acuerdo estatal entre el PSOE y el PCE-PSUC, que supondrá el gobierno municipal de izquierdas en València, liderado primero por Fernando Martínez Castellano, y después por Ricard Pérez Casado, cambiarán València hasta la llegada de la derecha en 1991.

Pérez Casado, Joan Lerma y Enric Real en 1984. Foto: JCF

 

Al igual que ocurría en Madrid, Barcelona o Vigo, en València se daban todas las condiciones, incluso más, para ese despegue cultural. Y ello porque en València se volvía a dar una generación de ilustradores tan magníficos que superaban las fronteras de nuestra ciudad, convirtiéndose en el eje del neocómic que, liderado por revistas como Cairo o El Víbora, marcará una época y estilo. Así será como Juanjo Almendral y Pedro Porcel fundarán el núcleo de lo que será la València de la modernidad a través de Arrebato Editorial. Allí publicarán artistas de la talla de Micharmut, Sento o Max, editando un ejemplar absolutamente revolucionario titulado “La invasión de los Elvis zombis” que incluía un flexi disc. Este núcleo cultural correrá en paralelo a la apertura de la primera librería especializada en cómics de València, y una de las más importantes de España, Futurama, que anteriormente había iniciado su andadura con el nombre de “1984”.

En medio de esta febril actividad aparece Continental, sala creada en 1985 en el Paseo de la Petxina que, con un aforo de cerca de 900 personas, programaba conciertos de bandas del calibre de Los Negativos, Los Nativos, Los Coyotes, El pecho de Andy, La Granja o la presentación del primer disco de Malevaje. La irrupción de Continental, con su programación de conciertos, se complementaba a la perfección con la que ofrecían Gasolinera y muy especialmente Arena por donde pasaba todo grupo estatal o internacional que se preciara.

Como un reguero de pólvora irán apareciendo nuevos locales en la ciudad, como Brillante, probablemente el local más cool con su horario de cierre a las 5 de la madrugada, donde se reunía buena parte del mundo de la cultura. O el enigmático Mitropa, en la calle Embajador Vich, con una selección musical postpunk y una relación con el mundo de la moda, que lo convertirán en un local de visita obligada. Por no hablar de La Marxa, que acabará siendo de los más longevos e importantes de la ciudad.

De la mano de los locales, la iniciativa pública también lanzaba sus propuestas culturales, con decisión política e inversión económica. Así, Pérez Casado, conocedor del potencial de València, apostará a través de la Concejalía de Cultura por una exposición de cómics inspirado en el salón de Angulema en Francia, a lo que se unirán los conciertos A la lluna de València, de la mano de grupos punteros del momento, a los que se podía acceder gratis a partir de las 23 horas.

 

La música que sonaba en los locales tenía su correlato en la calle, donde las tribus urbanas empezaban a dejarse ver. Como ese primer punk valenciano llamado Pablito, que publicó un anuncio en el que convocaba a todos los punks de la ciudad a verse en la Plaza de la Virgen. O los rockers, que inicialmente tenían su cuartel general en Russafa. Después se les unirán los skins, que se congregarían en la mal llamada Plaza de los Patos, haciendo gala de una armonía no muy común en otros lugares, a lo que ayudaba, sin duda, que se tratara de redskins y no neonazis.
A pesar de que la llegada del PP no presagiaba nada bueno para la cultura alternativa en València, aún se abrieron nuevos locales como El Gran Café de Abastos, ubicado en la calle Buen Orden, y para algunos el más elegante de la ciudad, con una corta vida de dos años de 1993 a 1995, o La Edad de Oro que abría sus puertas en 1996.

Lo que vino después es de sobra conocido para los valencianos y valencianas. La victoria de la derecha de la mano de Rita Barberá, abriría una guerra preparada entre locales y vecinos con el objetivo de dar carta blanca a los cierres municipales de mano de una policía local nocturna, y una regulación casi represiva para todo aquello que no tuviera que ver con las fiestas josefinas, versión blavera, que toman las calles desde aquel momento.

Esos 24 años de gobierno ininterrumpido de la derecha permitieron que València cayera presa de grandes eventos, de normativas municipales redactadas, según fueran para colectivos amigos o no, y en el caso que nos ocupa, una política cultural destinada a barrer de la memoria todo lo realizado hasta ese momento. Un ejemplo de ello, el olvido manifiesto del nuevo diseño basado en el cómic que se hizo en la Falla de la Plaza del País Valenciano. Por eso, la desmemoria llevó a que solo se hablara de la Ruta del Bakalao, explotada ésta a su vez como atracción de un turismo basado en la fiesta rápida y barata, quedando en el olvido cuando València también fue una ciudad democrática, abierta, culta y también alternativa, como lo vuelve a ser ahora.

Los periodistas musicales Jorge Albi y Rafa Cervera en Brillante (1985).

 

Nota del autor: Mi agradecimiento personal a Juanjo Almendral (fundador de las salas Continental y La Edad de Oro) por su amabilidad y colaboración desinteresada, sin la cual hubiera sido imposible este artículo.

Artículos relacionados

Pin It on Pinterest