El hilo invisible: La realidad y el deseo FILMOTECA DE VALÈNCIA. HASTA EL 14 DE JULIO

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La Filmoteca de València rescata hasta el 14 de julio algunas de las más sugestivas propuestas cinematográficas estrenadas recientemente, dando al espectador la oportunidad de volver a ver estos títulos escogidos en pantalla grande. El cine oriental queda representado, en primer lugar, por el surcoreano Lee Chang-dong, que casi diez años después de la conmovedora “Poetry”, alcanza en “Burning”, a partir de un relato de Haruki Murakami, un perturbador fresco social siguiendo las intermitencias emocionales de tres personajes. Por su parte Hirokazu Koreeda, una de las voces imprescindibles del cine japonés contemporáneo, ahonda en la senda de Yasujirō Ozu para ofrecer en “Un asunto de familia” otra de sus aplaudidas crónicas familiares. Las muchas sorpresas que nos ha deparado la cinematografía portuguesa en los últimos tiempos encuentran su eco en la inclusión de “La fábrica de nada”, que supone una estupenda ocasión para descubrir la mirada ácida y politizada de Pedro Pinho. Y, por su parte, el cine norteamericano figura a través de “El hilo invisible” de Paul Thomas Anderson, una película que entabla un fértil diálogo con el cine clásico.

hilo-beat Daniel Day-Lewis y Vicky Krieps (El Hilo Invisible, 2017) Focus Features.

 

Thomas Anderson nos lleva hasta el Londres de la posguerra, en los años 50, y pone su foco en Reynolds Woodcock, un brillante modisto inglés codiciado por las debutantes de Gran Bretaña, pero ahora bajo la presión de las nuevas modas que amenazan la hegemonía de la alta costura. Es fastidioso, carente de sentido del humor y, en ocasiones, sus manías son ridículas. Pero Daniel Day-Lewis logra encarnarlo con una elegancia mayestática llena de precisión y le da una voz a la vez bizarra, sinuosa y refinada. Un estilo adquirido que tal vez apunta a unos orígenes más humildes de lo que cualquiera admitiría. Tiene la gracia atildada de un bailarín, la negra misantropía de un artista y el descuido indolente propio de un noble. Ese desdén educado que Day-Lewis ya ha puesto escena en otras películas, nace aquí del desprecio a las mujeres vulgares y adineradas en cuyo patrocinio se ve obligado a confiar.

Justo cuando se encuentra en uno de sus momentos más bajos -detalle bastante revelador-, Reynolds se enamora de una tímida camarera alemana en el hotel rural donde se hospeda. Esta es Alma, interpretada con desarmante naturalidad por Vicky Krieps. Con ojo de buen conocedor, Reynolds es capaz de atisbar en ella un encanto y una belleza que todavía no había advertido nadie, ni siquiera la propia Alma. Deslumbrada, ella se traslada a vivir con él como su asistente y modelo en su taller en el centro de Londres; pero el idilio se quiebra pronto: allí descubrirá que sobre Reynolds gobierna su hermana y confidente Cyril, personificada con enigmática reserva por Lesley Manville. Este personaje ha sido un verdadero cancerbero para las parejas anteriores del modisto, y conoce todos los secretos de una trayectoria sentimental con tantos rincones oscuros -y no es vano el guiño al género gótico- como el castillo de Barbazul. Además, poco a poco, Reynolds se volverá más controlador e imposible, pero, contra lo que podríamos prever, la sumisa Alma encontrará nuevas formas, cada vez más disfuncionales, de restablecer su imperio emocional sobre él.

“Me gusta ver con quién estoy hablando”, dice Reynolds, limpiando la barra de labios de Alma, mientras la cámara se acerca tanto que podría estar esperando un beso. ¿Es este un gesto cariñoso o invasivo? En “The Master” (2012) y en la más jovial “Puro vicio” (2014), Anderson plasma gran parte de la acción en primer plano para centrar la atención en sus protagonistas, sin embargo este recurso se convierte aquí en expresión de una relación claustrofóbica. Un rasgo positivo de la película es que su política erótica está uniformemente equilibrada y que, si hacemos un escrutinio, la mujer, pese a ser de una clase social más modesta, sabe imponerse a su aspirante a Pigmalión sin aceptar el papel de arcilla moldeable que le depararían los mecanismos del relato clásico. “Si quieres comenzar una competición conmigo”, advierte Alma a Reynolds, “perderás”. Una y otra vez, a lo largo de la película, los dos luchan por obtener alguna ventaja sobre el otro. “Creo que simplemente estás actuando como si fueras fuerte”, dice, a lo que él responde: “Soy fuerte”. Aunque no hay sexo explícito ni violencia, la cinta proyecta un desafío similar al que palpita entre las réplicas de los personajes del teatro de Henrik Ibsen; hasta que la tensión se hace extrema, se muestra cómo las personas civilizadas, sin renunciar a una apariencia educada y a las reglas del buen comportamiento, tratan de colonizarse con una tenacidad que limita con el salvajismo. “Hay un atmósfera de muerte tranquila en esta casa”, dice Reynolds. Hedda Gabler, una de las creaciones más estremecedoras del dramaturgo noruego, no tendría problemas en hacer suya esta afirmación.

El cineasta alemán Max Ophüls es una influencia palpable en el film, particularmente en la barroca puesta en escena creada por el diseñador de producción Mark Tildesley y en los suntuosos trajes de Mark Bridges. La película depara un placer delicioso en su extrañeza, en su vehemencia, en el florecimiento de lo absurdo llevado con rara distinción. Y las creaciones de Reynolds adquieren en este contexto fantasmático una calidad casi surrealista, decadente, como los restos abandonados en un banquete romano. Anderson se exalta ante las texturas y los tonos, creando una vasta paleta de beiges y blancos, y rara vez admite algo tan llamativo como los colores primarios y secundarios, la luz solar directa o las sombras afiladas, lo que hace que las superficies visuales inviten al tacto, pero, al mismo tiempo, parecen demasiado delicadas para soportar ese toque.

Otro punto de inspiración evidente es Hitchcock. Como Cyril, la hermana omnipresente, Lesley Manville es la encarnación del decoro helado, y basta una mirada a sus sombríos vestidos de cuello alto y a su cabello enroscado para que deje de ser cenizas y eche a andar en mi memoria la Sra. Danvers, el ama de llaves de “Rebeca” (1940). Otro factor capital es la música de Johnny Greenwood, miembro de Radiohead, colaborador habitual del director e investigador por cuenta propia de los engranajes de la música clásica contemporánea. La banda sonora, en gran parte para piano y cuerdas, es mucho menos amenazante que la de “Pozos de ambición” (2007), y convoca algo de la misteriosa exuberancia que el compositor alemán Franz Waxman vertió en “Rebeca” y “Sospecha” (1941). Sin embargo, aunque pueda sorprender, lo que “El hilo invisible” toma de Hitchcock es sobre todo su mirada irónica y pegajosa, la sensación de que el amor, en su forma más feroz, puede ser a la vez protector y tóxico. Recuerdo con cierto estremecimiento a la tiránica madre de Claude Rains, en “Encadenados” (1946), echando algo terrible en la taza de Ingrid Bergman; o el brillante vaso de leche que Cary Grant sube con parsimonia a la habitación de Joan Fontaine en “Sospecha”, como si fuera un cáliz envenenado. Por no mencionar la carga de daños que conlleva la idealización en el cine del socarrón británico: el culto hacia su señora difunta blinda el corazón de la Sra. Danvers del mismo modo que un insecto atrapado en ámbar. Y, por mucho que las cuerdas de Bernard Herrmann emulen los éxtasis wagnerianos de “Tristán e Isolda”, la obsesión fetichista y necrófila que posee a James Stewart a lo largo de “Vértigo” solo tendrá consecuencias amargas. El romanticismo narcisista de Hollywood ofrece su reverso sombrío; no es una religión saludable ni resiste la erosión de lo cotidiano. Frente a tanto frenesí, Alma, por contra, en “El hilo invisible” es todo mejillas sonrosadas y sonrisas sensatas; definitivamente esta buena chica no es una heroína inasible de Hitchcock, sin embargo, incluso ella, asumirá tareas ponzoñosas en nombre del amor.

hilo-beat-2 Daniel Day-Lewis y Vicky Krieps (El Hilo Invisible, 2017) Focus Features.