Filmoteca d’Estiu: Entre dioses y monstruos JARDINES DEL PALAU DE LA MÚSICA. JULIO Y AGOSTO

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Desde el 28 de julio hasta el 26 de agosto La Filmoteca d´Estiu ocupará de nuevo los jardines del Palau de la Música de València. El ciclo “Cine de hoy” incluirá algunas de las cintas más premiadas de la temporada: “The Square”, “La forma del agua”, “Una mujer fantástica”, “La librería”, “Estiu 1993″ o “Muchos hijos, un mono y un castillo”. Además, disfrutaremos de algunos títulos clásicos en estupendas copias digitales: “El navegante”, “M, el vampiro de Düsserldorf”, “Casablanca”, “Rebeca” y “El crepúsculo de los dioses”.

SUNSET-BEAT El crepúsculo de los dioses (Paramount Pictures, 1950)

 

Muchos han tendido a contemplar la caligrafía y el estilo narrativo del cine clásico de Hollywood como el canon mismo de la representación cinematográfica. El que sea una etapa clausurada hace largo tiempo -vivió su momento de mayor fulgor desde comienzos de los años 30 hasta finales de los 50- convierte este período en un fácil objeto de estudio. Un factor al que se une su enorme influencia, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando demostró ser un potente instrumento de colonización cultural, y la atracción que despierta el elemento mitómano, potenciado por la nostalgia. Su capacidad para seducir al espectador -está diseñado para ello-, roba elementos de la pintura renacentista, el teatro burgués o la novela decimonónica, para poner al espectador, cuyas expectativas son moldeadas mediante el uso de códigos, en el centro del relato. En realidad este cine es el reflejo de un sistema de producción, basado en la fuerza de los estudios, los géneros cinematográficos y las estrellas, en el que la subjetividad del autor tiende a diluirse, mientras que la ideología se imbrica en una supuesta transparencia estilística. Sin embargo, nada acabaría de explicar del todo la fascinación que todavía provoca Casablanca, una película en la que ninguno de los implicados creía demasiado, o el pasmoso equilibrio que sustenta la arquitectura de Rebeca. Por otra parte, muchos títulos contradicen esta pretendida homogeneidad, tanto en sus formas como en sus argumentos, incorporando elementos de las vanguardias, apuntando contra los valores hegemónicos, o incluso cuestionando, como hace Billy Wilder en El crepúsculo de los dioses, a la propia industria del cine.

En su momento fueron pocos los que entendieron esta fábula sobre el esplendor efímero de las celebridades de los años 20. Billy Wilder elabora un verdadero proceso de cristalización del tiempo a través de Norma Desmond, el personaje interpretado por Gloria Swanson (actriz que, como su personaje, tras alcanzar una fama fulgurante en la época muda había desaparecido de las pantallas). “Sin mí no existirían los Estudios Paramount”, afirma Gloria Swanson en esta película de 1950. Norma Desmond, una antigua diva del cine mudo que no acepta que su celebridad se ha marchitado, puede que esté loca, pero hay algo de verdad en lo que dice: la actriz Gloria Swanson fue una de los mayores reclamos de la Paramount en sus inicios, del mismo modo que lo fue Desmond en esta ficción. Superficialmente “El crepúsculo de los dioses” podría parecer un ataque a las pretensiones y los excesos del cine mudo, pero lo que oculta en su madeja es algo mucho más complejo. Cuando el férreo sistema de los estudios comenzaba a resquebrajarse, los descartados por la industria vuelven como una alucinación delirante. El orgullo de Desmond se burla de un Hollywood que vio como se comenzaba a tambalear el sistema de los estudios, sacudido por las leyes antimonopolio, la llegada de la televisión y la paranoia anticomunista que propició la caza de brujas .

La voz en off del guionista Joe Gillis (William Holden) inicia el relato. Un cuerpo sin vida flota en una piscina. Comprendemos que es el propio Joe Gillis, alter ego en cierta forma de Wilder, guionista antes que director (“¿qué sabe el público de los guionistas? Cree que es todo mérito de los actores y de los directores”). Un narrador cadáver que introduce un largo flashback. La voz en off y el flashback son dos herramientas habituales del cine de esta época. Sin embargo, por primera vez el narrador omnisciente es un muerto. Paradojas que desmienten la uniformidad del discurso clásico, y que señalan que estamos preparados para pasar al otro lado del espejo, allí donde, como mostraba David Lynch en Mulholland Drive, los sueños que proyecta Hollywood devienen pesadillas. El uso inquietante de la profundidad de campo y un claroscuro de inevitable estirpe expresionista -así lo exige la presencia del director Erich von Stroheim, encarnando al conmovedor mayordomo de Norma- conspiran para encuadrar a la actriz en una oscuridad pantanosa, que la transforma en un monstruo plateado como el Nosferatu de Murnau.

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Sin abandonar nunca la historia, se crea un continuo intercambio entrelazado con los habitantes de esa casa llena de ruinas autobiográficas. La Swanson interpreta a una mujer que no puede entender el fin de su carrera y su destierro tras la llegada del sonido. No podemos dejar de pensar en los grandes cómicos que sufrieron el mismo veredicto ingrato (Chaplin, Keaton o Lloyd). Los dos primeros son capturados por Wilder con agudeza. Chaplin es parodiado por Norma en uno de los momentos más poéticos del film, mientras que el rostro fúnebre de Keaton es retratado por un fugaz movimiento de cámara durante una partida de cartas organizada por Norma “con viejos amigos” como Anna Q. Nilsson y H. B. Warner, espectros que proceden de una época pasada.

Hollywood, acostumbrado a suturar las heridas de la conciencia americana -no en vano convirtió en épica a través del cine de aventuras o el western el maltrato a indios, mexicanos y afroamericanos-, no tardaría en reescribir con rapidez este trauma de su historia. Si Lo que el viento se llevó fijó una imagen de la Guerra de Secesión que devolvía la dignidad a los perdedores y promovía la unidad nacional, Cantando bajo la lluvia supuso un exorcismo en tecnicolor de este turbador episodio de la historia del cine. La Metro-Goldwyn-Mayer contraatacó en este film de 1952 presentando a Lina Lamont (Jean Hagen), una irritante y veleidosa estrella del cine silente que merecía ser borrada por sus rarezas, en contraposición a unos protagonistas masculinos, Don (Gene Kelly) y Cosmo (Donald O’Connor), portadores de la antorcha de los valores liberales (el esfuerzo y un entusiasmo a prueba de bombas). Una oda a la alegría que Kubrick neutralizaría con sequedad en La naranja mecánica.

El hambre de la industria por rostros siempre nuevos, de usar y tirar, se declinó de forma mucho más incisiva en Eva al desnudo. Bette Davis dijo que Mankiewicz la resucitó de entre los muertos con esta película que plasma una rivalidad entre actrices en la que subyace la sucesión incesante de personalidades carismáticas que demanda la gran pantalla. Objetos de deseo y modelos a los que imitar; que, tras ser adorados, son reemplazados con presteza. Tal vez Gregory La Cava, lo plasmó de forma más estremecedora que nadie en 1930 con Damas del teatro, donde algunas de las muchachas que aspiran a un papel protagonista, tienen que soportar ser solicitadas y ultrajadas. Algunas resistirán; otras acabarán arrolladas por esa implacable picadora de carne que es también la fábrica de sueños.

Toda la programación Filmoteca d’Estiu 2018

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