Hans Laguna, el turista accidental

por | 24 enero 2017 | Entrevistas

Primeras Marcas (2012) fue el primer y prometedor paso de Hans Laguna, al que sucedió una atrevida aventura conceptual, Oteiza (2013). Con el triste y hermoso Deletrea (2014), parece que el artista alcanzó una madurez que eclosiona en Manual de fotografía (2016), disco con el que se complace en poner contra las cuerdas a los acuñadores profesionales de etiquetas.

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Una sucesión de instantáneas en las que el desasosiego cotidiano se exorciza a través de la tentación de la huida y la ironía, encontrando un correlato cómplice en cadencias y sonoridades exóticas (latinas, africanas, asiáticas…) que nos remiten a una depurada sencillez repleta de souvenirs centelleantes. Músicas para brindar mientras todo se desmorona. Charlamos con Hans aprovechando que el día 27 de enero, en el dELUXE Pop Club, desglosará una de las sorpresas musicales más sugerentes que nos dejó el panorama estatal en el 2016.

 

AL HABLA CON HANS LAGUNA                                                                                                     

 

Manual de fotografía es tal vez tu disco más luminoso, pero a pesar de la fluidez con la se escucha parece que su proceso de gestación no fue fácil. ¿Un parto complicado?

Sí, un proceso de más de nueve meses, cerca de año y medio. Tuve muchas dudas, viajé a la India, y volví con la cabeza del revés. Lo dejé en el cajón, mi entorno insistió y lo retomé. La luz que transmite es la luz de la salida de un túnel. Pero me alegro de no haber tirado la toalla

Captar la luz ha sido una obsesión para pintores, fotógrafos, cineastas…Tu intención era más bien la de capturar un momento, un determinado estado de ánimo.

Cada canción es como si fuera una fotografía de una experiencia, de un momento. Sin embargo la inspiración iba por otros caminos también: leí bastante sobre los pioneros de la fotografía, del modo en el que trataban de captar la luz, en una mezcla de ciencia y actividad artística. Hay todo un revestimiento teórico que es más bien una escusa por mi parte. De hecho, en la portada está inspirada en Fox Talbot, según muchos el creador de la fotografía tal y como la entendemos. Él plasmaba hojas y objetos en sus placas fotográficas, y la portada de la edición limitada del cedé está hecha artesanalmente con una técnica del siglo XIX que se revela con la luz.

En cuanto a tu sonido, das un giro y nos sorprendes abandonando los sonidos más trillados para lanzarte en una huida a sonoridades latinas, africanas y asiáticas. ¿Estas decisiones reflejan las músicas que escuchas?

Intento no repetir los esquemas habituales: tienes una canción de cantautor y la revistes con bajo, batería y guitarra eléctrica. Quise romper con eso; usamos capas de percusiones, algunas más tribales, otras más tropicales, otras más folclóricas -también de folk español, la jota, por ejemplo. También ritmos grabados con el móvil, cualquier cosa que rompiera el esquema de grupo pop-rock habitual. Yo no escucho la música que hago, intento que se refleje, pero sigo haciendo canciones dentro de la tradición americana y europea. Últimamente escucho música de la India, sudamericana y mucha música contemporánea clásica. La verdad es que es una situación un poco esquizofrénica.

Una esquizofrenia que nosotros agradecemos, ya que buena parte de la escena musical parece confinada a repetir en bucle unos mismos referentes. ¿Tendencia a la endogamia o simple pereza?

No es que la gente escuche un gran variedad de músicas y no se atrevan a traducirlas, es que solemos movernos entre unas referencias bastante limitadas. He tenido la suerte, a través de algún amigo y por curiosidad propia, de meterme en músicas que me han abierto el cerebro en dos. Cuando estás en un grupo comprendo que lo más fácil es estar cómodo y hacer aquello que se te da bien, y más si el asunto funciona económicamente.

El que te hayas abierto a nuevos sonidos no quiere decir que hayas cambiado de compañías. Como has dicho en alguna ocasión, te has dejado manosear pero por alguien de confianza.

Claro, ya que estaba perdido en lo musical me rodeo de viejos conocidos que me arropen un poco.

El resultado es un manojo de canciones que desafían las etiquetas del pop-rock al uso, con infinidad de detalles que dificultarán las catalogaciones de los entomólogos musicales.

No es que lo buscaba, pero estoy bastante orgulloso con ello: se reconoce mi estilo, pero no resulta fácil el acuñar las etiquetas. Lo que da lugar a descripciones peregrinas; si fuera un lector pensaría que me encontraría con un pastiche extraño. Pero mi intención no era romper esquemas, en realidad me muevo en unas coordenadas bastante limitadas pero combino cosas que supongo no resultan habituales.

Les Sueques vuelven a aportar su característico toque de elegancia y ligereza a tus canciones. Y de Valencia, ciudad a la que vienes a menudo, tomas a Julio Bustamante y a Monste Azorín. Y ya que estamos hablando de las colaboraciones, no nos podemos olvidar de Nacho Vegas.

Me encanta la mezcla de voces femeninas celestiales con mi voz, y en este disco tienen un presencia más acentuada. Espero que en el futuro Les Sueques sigan contribuyendo a aligerar mis ladrillos, je je. Y, sí, suelo venir a Valencia unas cuantas veces al año, y siempre me junto con Julio, somos amigos, nos reunimos para charlar y tocar. Cuando me planteé las colaboraciones para el disco, evidentemente Julio iba a contribuir con su voz grave en “Año de luz”, tan grave que casi resulta subterránea. Y, claro, Nacho sería como la gran estrella invitada. Nos conocimos y hemos ido intensificando la relación, y fui de gira con él por América del Sur. Yo antes ya le había pedido que cantara en mi disco: hicimos un mano a mano, una canción a dos voces. Hubiera querido disfrutar más de la cultura de los países en los que giramos, pero en realidad casi no tienes tiempo de participar en la vida cultural del lugar. Eso sí, me llevé unos cuantos discos de ballenato.

El sonido es más límpido, menos enmarañada que en otros pasos anteriores. Una búsqueda de la sencillez que parece alcanzar también a letras que, sin embargo, no pierden complejidad. No es fácil lograr ese equilibrio.

Cada vez intento podar las florituras, aunque en el disco hay temas que tienen flautas, trompetas, varias capas de percusión. Me interesa que parezca que es algo simple, que no sientas que estás ante algo barroco, pero que si vas rascando te des cuenta de los detalles por descubrir. En cuanto a las letras, siempre he intentado depurar mucho, buscando esta vez ir un paso más allá (de apurar un poco más, hubiera caído en el haiku absoluto). El resultado era lograr una sencillez exuberante. Para mí esos contrasentidos son los que hacen interesante el arte. Esa mezcla de abstracción y concreción, de sencillez y complejidad… Dicotomías que me interesa transitar.

Tu forma de cantar se contagia de esta búsqueda. ¿Pretendías evitar todo manierismo?

Me gustaría soltarme un poco más, tengo bastante autocensura. Prometo dar rienda suelta a mi parte de vocalista desenfadado en ocasiones posteriores.

Despliegas una mayor tendencia al optimismo que en trabajos anteriores. “No hay que mirar más al suelo, hay que mirar más el sol” sería un poco el mantra que atraviesa el disco. De hecho, en “Cantar y pasear” sobrevuela el deseo de desaparecer, de borrarse, sin embargo todo se resuelve en un simple paseo. Parece que la pulsión de huir acaba convirtiéndose en una aliada para asumir el sinsentido cotidiano. Y si Fernando Alfaro le cantaba a una camisa hawaiana de fuerza para disimular la desazón, tú recuestas en las palmeras de tu camisa. Lo cotidiano y lo exótico se dan la mano.

Un análisis muy fino. Esta vez me propuse no caer demasiado en el foso, aunque hay algún amago. “No hay que mirar más al suelo, hay que mirar más el sol” podría ser perfectamente el mantra que me repito a lo largo del disco. Mi optimismo es un optimismo que nace del pesimismo radical, nace del deseo de darle la vuelta. Está el deseo de desaparecer, el sinsentido de lo que nos rodea, y todo se resuelve en dar un paseo y cantar. Cierto, también pensé en la camisa hawaiana de Alfaro; ya te dije que me gustaba jugar con los contrastes, también entre la esperanza y el pesimismo, entre el mudo interior y el viaje al exterior.

Muy diferente fue “Oteiza”, un disco conceptual en el que rendías homenaje al escultor Jorge Oteiza, que justamente presentaste en Valencia, en La Llimera, en una cita muy singular.

Era un disco muy especial que además exigía una puesta en escena bastante curiosa, quizá fuera más adecuado para un museo que una sala de conciertos.  Es el único concierto en el que he tocado “Oteiza” hasta la fecha.

En “Primeras marcas” nos encontrábamos con composiciones de cantautor pero revestidas de sonoridades del rock indie o del noise muy de los noventa: Yo La Tengo, Sonic Youth, Spiritualized… Pero también ciertos arrebatos de crooner a lo Roy Orbison. ¿Es el reflejo de tu educación sentimental musical?

Comencé con el rock con guitarras, tipo Nirvana, y de ahí para arriba: Sonic Youth, Yo La Tengo. Me encontraba intentando hacer mis cancioncitas yo solo y a la vez deseando tener la intensidad y los acoples propios de una banda de indie americana. Ese primer disco planteaba un pacto extraño, mostrar mi personalidad y tratar de sonar como un grupo democrático que hace ruido. El resultado no lo calificaría de experimento fallido, aunque todavía estaba buscando la forma de expresarme. Es cierto que alguna canción podría recordar a Roy Orbison o Richard Hawley, que siempre me han gustado.

Lo que sí es una constante en tus discos es el mimo que pones en las letras. Unas letras que suelen tener tintes sombríos que se aligeran en unos vídeos en los que el humor y la ironía resultan claves.

La verdad es que con las letras paso un calvario, aunque sean muy depuradas, tal vez por ello mismo. Puedo pasar meses dándoles vueltas. Es un proceso de destilado bastante intenso. Y mi tendencia a la melancolía, una vena depresiva a lo Nick Drake que me sale cuando compongo, la contrarresto con vídeos en los que manifiesto mi sentido del humor. Con Nacho Vegas, que es un encanto, pasa algo parecido. Parece que cuando coges la guitarra priman los estados más oscuros.

Entre tu disco y este nos dejaste una versión de “El ángel exterminador” de Carlos Berlanga. ¿Por qué?

Me atrajo por lo demoledora que es. Es demoledora, como un puñetazo en la cara, pero parece muy ligerita. Una letra que habla de tocar fondo con una música que parece la banda sonora de un cocktail. Esa capacidad de Berlanga para hacer hits petardos retratando un drama personal intenso. Eso me interesa mucho y él lo resolvía con maestría, por ello quise llevarla a mi terreno. La gente que me interesa suele tener varias capas.

Fotos: Georges Moncada y Gustaff Choos

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