Hasta la ermita y volver

Share Button

Remedios nació cuando aún se recuperaban los últimos convalecientes de aquella pandemia mundial de gripe. Después llegaron el desastre de Annual, la dictadura de Primo de Rivera, la abdicación de Alfonso XIII, la II República, su primer viaje a Madrid, la Guerra Civil, un novio de la quinta del biberón en un campo de concentración francés, un regreso, seguido de una boda que duró tres días, una posguerra labrando el campo, la crianza de cuatro hijos, el desarrollismo español, la emigración manchega a los barrios de aluvión del oeste de València, la Transición, un socialista presidente del Gobierno, la pérdida de su primogénito, los fondos de inversión que la echaron de su casa de renta antigua, el nacimiento de sus bisnietos y el fallecimiento de su marido tras 75 años juntos. Hoy celebra, en confinamiento, sus 100 años de vida, junto a su hija Soledad, que la cuida desde hace décadas, en un tercer piso entre las calles Velázquez y Navarro Cabanes, del barrio de Nou Moles.

foto-abuela-2020 Remedios, a la derecha, en Madrid. 1931.

 

Me llamo Remedios y nací en Saelices, Cuenca, el 30 de marzo de 1920.

En aquella época Saelices era pueblo de jornaleros, de trabajadores del campo. Algunos con sus pequeñas tierras, como mi padre que sembraba patatas, trigo, cebada, y recogía unas cosechas que hacían que nunca pasáramos hambre. Otros tenían cochinos, gallinas y conejos. Por suerte, no conocí el hambre, ni en la guerra, porque mi padre, por ser ya mayor, no tuvo que ir a filas.

Lo que más me gustaba de pequeña era cantar, mi padre se iba a la cañada y yo le cantaba. En 1931, con 12 años, salí del pueblo, una de mis tías que vivía en Madrid, enfermó y me fui a estar con mi prima Tere y mi primo Jesús, que eran más pequeños. Allí me hicieron una fotografía por primera vez, me dijeron que estuviera muy quieta, y desde entonces siempre me quedo quieta mucho tiempo cuando mis nietos me hacen una, y oigo como se ríen. Madrid era otro mundo, grandísimo, estuve desde octubre hasta abril del 32, y lo que más me sorprendió es que había muchas monjas por la calle.

La guerra en el pueblo fue muy mala, mataron a mucha gente, nosotras éramos muy niñas y nos contaban historias de fusilados en Saelices, y también en Montalbo, Uclés y Villarubio. El que después sería mi marido, Gerardo, se fue con la quinta del biberón a la batalla del Ebro, acabaron en Barcelona y luego a Francia donde lo retuvieron más de medio año. Pudo volver cuando le dieron unos papeles, entonces fuimos novios, nunca tuve otro, y ya entraba en mi casa. Yo estaba muy contenta, tenía 22 años.

En 1943 nos casamos, fue una boda grande, tres días estuvimos, vino hasta una orquesta de Cuenca. Gerardo era labrador y se puso a trabajar las tierras de mi padre. Durante los siguientes años criamos a nuestros hijos, Gerardo, Pilar, Mari Carmen y Soledad, y cuando los dos primeros fueron mayores se marcharon a Valencia a buscar trabajo. Mi marido y yo nos fuimos después con las dos pequeñas. Pero no solo nosotros, media Cuenca vivía por la Avenida del Cid, el Barrio de la Luz, Tres Forques o Mislata.

Siempre he vuelto al pueblo, porque me llevan mis hijas y mi yerno Paco, la última vez el verano pasado, camino por la calle del Santo, hasta la ermita y volver. A ver si este año voy, desde hace un tiempo solo salgo al balcón, y dicen mis hijas que aún queda. Cuando esto acabe me iré al pueblo o a Fernando Poo, pero aquí no me quedo, copón.

abuela-buena Remedios en València, 2020.