Héroes y tumbas: El western de Mann y James Stewart FILMOTECA DE VALENCIA. HASTA EL 15 DE MAYO.

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Cuando el norteamericano Anthony Mann murió, en 1967, estaba planeando una transposición al western de El rey Lear de Shakespeare. Un proyecto que seguramente se hubiera materializado en una pieza maestra ya que pocos directores del género se acercaron tanto a la grandeza de la tragedia clásica. La Filmoteca de València programa hasta el 15 de mayo varios de sus westerns de los años 50, protagonizados por James Stewart. La excepción será El hombre del Oeste (1958), que cuenta con otro de los imprescindibles de este tipo de películas: Gary Cooper. Todas estos títulos son magníficos ejemplos del extraño manierismo que alcanzó el western hollywoodiense durante la posguerra, cuando el mito sostenedor de la frontera estadounidense se irá cubriendo de sombras.

MANN-BEAT “El hombre de Laramie” (1955). Sony Pictures.

 

Hasta entonces, el Salvaje Oeste se había visto como un reino de simplicidades casi heráldicas; un paisaje moral en el que el choque entre lo bueno y lo malo quedaba reducido a un duelo entre sombreros negros y sombreros blancos. Todos los estereotipos se mantenían firmes en su lugar para respaldar así el confortable relato fundacional de la propia América. Pero dentro de las grietas de ese desierto prístino, poco a poco se filtraron nuevas y desconcertantes complejidades. Las neurosis y los desordenes sociales ascendieron hasta el mismo estatus de la leyenda y los mezquinos problemas individuales corrompieron el brillo del arquetipo.

Entre las rocas y el polvo de un cañón de Arizona, un hombre (Gregory Peck) y una mujer (Jennifer Jones) se acechan con intenciones asesinas. Cada uno se acerca, arma en mano, y se turnan para disparar. Sin embargo, entre cada disparo, tras cada herida, el deseo que sienten los abruma. Estamos ante un perverso ritual amoroso. Herida de muerte, la mujer se arrastra a través de la polvareda para morir, al fin, en los brazos de su compañero agonizante. La escena es exagerada, es absurda y, sin embargo, es magnífica. Este momento de Duelo al sol (1946), el delirio de King Vidor, encapsula el asombro operístico del western de posguerra. Un tiroteo que marca el tono del descenso del género a la extrañeza alucinatoria. A partir de ese momento, las enormes distancias del paisaje americano coincidirán con la profundidad de la caída de la psique humana.

Resulta curioso que las ambigüedades morales y la turbiedad psicológica que exhiben estas películas se canalicen en gran medida a través de intérpretes maduros: hombres y mujeres que habían sido estrellas antes de que los japoneses golpearan Pearl Harbor. Este tránsito desde el pedestal inmaculado a la desintegración del héroe se puede rastrear claramente en las carreras de tres de las estrellas occidentales más conocidas de este período: James Stewart, John Wayne y Gary Cooper. Incluso cuando fue el rostro del lado más afable de los Estados Unidos, en la década los 30 y principios de los 40, Stewart podía arder con una irascibilidad inesperada. Sin embargo, al verle en Caballero sin espada (1939) o El bazar de las sorpresas (1940), pocos podrían haber imaginado la furia y la amargura venenosa expuestas en Winchester 73 (1950) o Colorado Jim (1953). En los westerns de Anthony Mann, el antaño bondadoso y cívico Stewart sorprende por la dureza de su egoísmo y por una insospechada inclinación a la crueldad.

El descenso de Wayne es todavía más rotundo. Su personaje en Centauros del desierto (1956), enmascarado tras el peso del icono no deja de ser un desalmado que busca a una niña con el fin de matarla, contradice con su manifiesta ceguera racista la simplicidad épica y la decencia candorosa que décadas atrás fue central en el género. Y el íntegro Gary Cooper de la mano de Mann en El hombre del Oeste es Link Jones, un pistolero reformado que se ve obligado a traicionar su nuevo pacifismo aniquilando uno por uno a los componentes de la pandilla que solían ser sus compañeros. Al hacerlo, encarnará una triste paradoja: al tratar de corregir la corrupción, es probable que nos acabemos corrompiendo nosotros mismos. La arcadia hipermasculina se revela como un nido de desesperación y miedos.

A finales del años 40 y durante toda la década de los 50, los estadounidenses tenían dos grandes heridas detrás de ellos: la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial habían sido traumas aparentemente superados con éxito, pero estos acontecimientos tuvieron un efecto en la psique del país que tal vez se muestre en la redifinición del western, el género cinematográfico estadounidense por excelencia. Repetidamente, los hombres violentos que pueblan estos filmes son veteranos supervivientes de la Guerra de Secesión, un rito de paso que parece nunca llegaron a superar. La recesión económica deja su huella en el ansia de dinero, convertida en motor de muchas tramas. Siempre que apresan forajidos, es en la recompensa en lo que piensan los héroes y no en una justicia en la que cada vez se cree menos.

Pero en algunas de estas películas se cuela un desacostumbrado protagonismo femenino. Entre las diversas tensiones que atraviesan la barroca Johnny Guitar (1954) es el conflicto entre Joan Crawford y Mercedes McCambridge el que impulsa la película. Seguramente estas cintas no pasarían el test de Bechdel (los personajes femeninos se siguen definiendo a través de sus vínculos con los personajes masculinos), pero irrumpen en ellas mujeres en roles centrales y potentes. En la estilizada Encubridora (1952) Fritz Lang presenta a una imperiosa Marlene Dietrich que se debate entre el papel de ensueño inalcanzable que le adjudican los hombres y la búsqueda de su autonomía. Y en varias ocasiones -Grace Kelly resultará determinante en la resolución de Solo ante el peligro (1952)- las mujeres son las que deciden en el supuesto dominio masculino del tiroteo.

Años más tarde al género se le daría por muerto; pero en la tumba el cadáver del héroe, década tras década, sigue fermentando y da lugar a nuevos brotes. En manos de Peckinpah, durante los 70, la épica se trastoca en violencia sucia y descarnada. El cuerpo del vaquero deviene un fetiche erótico en Lonesome Cowboys (1968); y la homosexualidad, pulsión subterránea en tantos títulos desde El forajido (1940) a Río Rojo (1948), se explicita en Brokeback Mountain (2005). Mientras que el imaginario de una conquista que siempre estuvo manchada de sangre se revisa en la inteligente Meek´s Cuttoff (2010); en ella las mujeres y los indios reclaman su importancia frente al quebradizo ego del hombre blanco.