Himno para una juventud malograda 100 AÑOS DEL FIN DE LA 1ª GUERRA MUNDIAL

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¿Doblarán las campanas a muerto para estos que caen como el ganado?
Solo el descomunal enojo de los cañones, solo el estampido solitario de los rifles tartamudos podrá mascullar sus apresuradas oraciones.
No habrá para ellos remedos de oraciones ni campanadas. Ningún canto fúnebre, salvo el del coro, los coros locos y agudos de los sollozos de las granadas; y los bujes reclamándose desde tristes condados.
¿Qué cirios flanquearán su último viaje? Ninguno, entre las manos de muchachos cuyos ojos brillará, sin embargo, la llama sagrada de las despedidas. La pálida frente de las chicas será su mortaja; sus flores, la ternura, de unas almas pacientes, y cada lento atardecer, postigos que se entornan.

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De esta manera tan descarnadamente bella, el teniente británico Wilfred Owen, describía a una generación rota por la I Guerra Mundial, de la que este año se celebra el primer centenario del final, aquel 11 de noviembre a las 11 de la mañana. Owen está considerado como el mejor poeta de la Gran Guerra, ya que su obra le permitió verter sus experiencias vitales en las trincheras, así como describir el sufrimiento y el horror que ésta supuso para los soldados. Juntamente con otros escritores de la talla de Robert Graves, Sigfried Sasson o Erich Maria Remarche, su obra se enmarcaría en el primer rechazo pacifista a una guerra, cuya crueldad sin parangón hasta entonces, se llevaría a la tumba a 10 millones de combatientes y 5 millones de civiles.

La Gran Guerra no solo provocaría cambios políticos, económicos y sociales, siendo la Revolución Rusa el más importante, sino que tendría una afección al mundo de las artes, que no se detendría exclusivamente en la poesía o en la novela de corte antibelicista, llegando también a la música, tanto a la clásica como a la de corte popular.

Un siglo antes de aquel 28 de julio de 1914, la relación entre la música y la guerra quedaba supeditada a las alabanzas a la patria y a los resentimientos nacionales, en el caso que los hubiera. Así la música compuesta a tal efecto era utilizada en los desfiles militares o en el cierre de los conciertos de música clásica. Encontramos ejemplos como Haydn con su Himno del Imperio Austrohúngaro; Beethoven con sus variaciones sobre la composición de “Rule Britannia”; Elgar con su apelación al espíritu británico con su “Pompa y Circunstancia”; Debussy con su “Nana heroica”, dedicada al Rey de los Belgas; o la “Obertura patriótica, OP 140” de Max Reger, dedicada al ejército alemán.
Durante los cuatro años que duró el conflicto, la música empezó a cambiar también, igual que tras tantas cosas. De esta manera, aunque controlada por la censura militar, lo cierto es que, a través de canciones populares, diversas letras cambiantes iban describiendo el cambio de ánimo de la población, y sobretodo de los combatientes, pasando de una euforia nacionalista desmesurada y a veces hasta increíblemente ingenua, hasta comenzar a retratar el hartazgo de un conflicto cuyo objetivo final ya nadie sabía cual era, más allá de las ambiciones imperialistas de militares, empresarios y gobiernos. Nos encontramos con temas como la británica “It’s a Long Way To Tipperary” de Robert Mandell o la francesa “La Madelon” de Marcelly. Si bien no son himnos pacifistas, como si ocurre en los poemas de Sasson o Owen, son temas dominados por la melancolía, por el deseo de regresar a casa de los soldados, o por la espera de madres y novias, alcanzando incluso tonalidades fúnebres que ya en nada pueden disimular la carnicería que se está produciendo.

La asfixiante atmósfera impuesta por el nacionalismo imperialista llevó a casos extremos de cansancio y renuncia a defender una guerra brutal, cuestión esta muy generalizada entre los judíos intelectuales, que inicialmente habían apoyado el conflicto. El caso del judío austriaco Arnold Schönberg, es si cabe, paradigmático, ya que pasó de titular a la primera de las cuatro canciones para Orquesta Opus 22 dedicada a los franceses, “Enseñaremos a venerar el espíritu alemán y a adorar al Dios alemán”, a huir a los EE. UU. En 1938, escapando de los nazis.
Una vez finalizada la guerra, la cultura fue atravesada por una nueva actitud basada en el pacifismo y en el rechazo a la guerra, siendo las vanguardias de entreguerras un claro ejemplo, como ocurrió con el Dadaísmo, que nacido en 1916, antes que acabara la guerra, basó su acción en la repulsión a todo lo militar, contraponiendo a éste el antiarte, el desorden y lo antiestético, y al que sesenta años después tanto le deberá el movimiento punk.

Sería Jean Cocteau, el que defendería un nuevo arte independiente, en el que la música evolucionara hacia una estructura sencilla, una música diaria. Ello se reflejaría en las melodías repetitivas de Satie, o en la introducción del folclore ruso en las composiciones de Stravinski. Después vendrían las influencias que tendrían el jazz y el blues, que, de la mano de las tropas estadounidenses, no solo marcarían la década de los 20, sino que acabarían convirtiéndose en una parte indispensable de la música popular europea, demostrando como, a pesar de su empeño, la guerra no puede destruir lo más noble del alma humana.