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Idomeneo en Les Arts: La conquista del cosmos

por | 9 mayo 2016 | Reportajes

“Idomeneo”, última ópera dentro de los cánones tradicionales que compuso Mozart a los 25 años, encierra ya todo el potencial revolucionario de sus posteriores (y capitales) aportaciones al género. Su música es espléndida, pero no resulta fácil verla representada, por ello se agradece la posibilidad que Les Arts dio al púbico valenciano de acercarse  a esta obra.

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Una pieza exigente, llena de grandes contrastes, que bascula entre páginas propias de un estilo antiguo de ópera seria y otras que resultan visionarias, adelantándonos pinceladas de ese realismo psicológico en el que Mozart, contando con Lorenzo da Ponte como aliado en los libretos, alcanzaría un nivel nunca superado. Tal vez la magnitud de “Las bodas de Fígaro”, “Cosí fan tutte” y “Don Giovanni”, tocadas en ocasiones por una exquisita amoralidad, haya empañado otras obras como  “Idomeneo” o “La clemenza di Tito”, que resultan sobresalientes pero siguen una senda más clásica.

Sin embargo, en “Idomeneo” hay algo oscuro, dramático, casi demoníaco, un elemento inundatorio que palpita en esos coros de náufragos y de esa población cretense aterrada ante la aparición de un monstruo enviado por Neptuno, que únicamente un voto de sangre podrá aplacar: momentos de extraordinaria potencia, que prefiguran soluciones beethovenianas y las convulsiones del “Sturm und Drang” y del romanticismo por venir. Pero tiene también un lado decorativo, festivo, rococó, como un tapiz con escenas mitológicas resuelto en  momentos luminosos que son una invitación a la danza. Una obra que, al igual que el propio siglo XVIII, camina entre las pasiones desatadas y el imperio de la razón.

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El intendente del Palau de Les Arts, Davide Livermore, que ya firmó una sobria puesta en escena de “Idomeneo” años atrás, recoge el genio alado de Mozart y lo lanza al espacio: esta obra en la que el hombre debe enfrentarse al mar y a las fuerzas de la naturaleza se traslada a los años 60/70 , con un Idomeneo astronauta que vuelve a casa tras una guerra cruenta. En esta propuesta, tras la amenaza de Neptuno, subyacen claramente los terrores que puede crear el hombre, señalando el temor a una hecatombe nuclear que planeaba en aquel periodo como una sombra ominosa –Kubrick lo plasmó en la satírica “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú” (1964). El escenario se inunda de agua, incluso el palacio real, tal vez para darnos a entender que el dominio de Neptuno y su amenaza es omnipresente.

Podemos intuir también guiños al cine de ciencia ficción que ha jugado la carta de la verosimilitud, en algunos casos mediante ejemplos muy recientes: el polvo del desierto rojo de “Marte” (Ridley Scott)  o el planeta acuoso de “Interestellar” (Christopher Nolan); presencias constantes remarcadas por proyecciones, juegos de espejos y desdoblamientos, que dan lugar a que el escenario se convierta en un caleidoscopio de imágenes en perpetuo movimiento y en continua trasformación, cargadas de un simbolismo (a veces oscuro) que tiene como objetivo traducir las intermitencias emocionales de los personajes al tiempo que se da lugar a un espectáculo fastuoso que no desatiende (como ocurre en otras ocasiones) el sentido del libreto.

Una historia de dioses y monstruos, razón y pasión, que Livermore parece escenificar dentro de los personajes, convirtiendo en moderna y vivaz la narración de un libreto todavía ligado a la tradición que representó Pietro Metastasio. autor de textos de tema mitológico y heroico, ideales para el lucimiento pirotécnico de los cantantes, especialmente de los castrati, que, curiosamente, caería en un olvido del que el actual auge de la música barroca lo está sacando. Un revival en el que ha sido una figura clave el director Fabio Biondi, que, al frente de la agrupación Europa Galante, se ha dedicado a exhumar un repertorio prodigioso recubierto de polvo, que adquiere nueva vida en interpretaciones vibrantes.

Al frente de la Orquesta de la Comunitat  Valenciana, el italiano se mostró preciso, capaz de combinar el preciosismo de ciertos pasajes destinados a las cuerdas con un brío narrativo que se sostendría durante todo la obra. El tenor Gregory Kunde se hizo cargo del papel titular;  figura habitual de Les Arts, pudimos verle en “Sansón y Dalila”, de Saint-Saëns, esta temporada, y en “Otelo” o “Don Giovanni” en temporadas precedentes, constituyendo, junto a Plácido Domingo, una de las bazas más atractivas de los repartos del teatro valenciano. El norteamericano , aunque haya perdido con los años algo del brillo de su voz, resultó conmovedor a la hora de retratar a este rey doliente. No estuvo  al mismo nivel la mezzosoprano Monica Bacelli como Idamante; más acertada resultó Lina Mendes, que compuso una Ilia todo dulzura. La valenciana Carmen Romeu encarnó a Ellectra con brillantez; un personaje al que Mozart reservó los momentos más endiablados, y que, en esta producción, se ve literalmente arrastrado por sus pasiones convertidas en furias. El Coro de la Generalitat sobrecogió en páginas imponentes como “Oh voto tremendo” o “Qual nuovo terrore”. Y el Ballet de la Generalitat protagonizó uno de los momentos más bellos bailando sobre las aguas.

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Y, al final, cuando Livermore evoca el contacto directo del protagonista con los dioses (que se sugiere como el encuentro de Idomeneo con su propia conciencia), opta por llevarnos hasta la habitación estilo Luis XVI en la que Kubrick ubicó el acercamiento a una inteligencia superior (divina o no) en “2001: Una odisea en el espacio” (1968) , acercamiento del que surgirá un ser humano mejorado (en este caso un nuevo Idomeneo).

Resulta especialmente pertinente esta utilización del imaginario del director americano, ya que sin dejar de transitar el terreno de la ciencia  ficción, citando de forma directa el título cinematográfico más celebrado que ha dado este género, rodado justamente cuando las amenazas de la Guerra Fría formaban parte del paisaje cotidiano,  por una vía indirecta aterrizamos también en un decorado propio de la época de Mozart, el siglo XVIII. Un espacio a la vez familiar y desconcertante con una fuerza que lo ha convertido en un icono imperecedero.

No fue la única vez que Kubrick recurrió a ambientes de  este tiempo: el caso más obvio es “Barry Lyndon“, donde la belleza formal de las imágenes entra en conflicto con lo mezquino de las motivaciones de los personajes; o el suntuoso palacio donde tienen lugar los consejos de guerra de “Senderos de gloria” (1975), que choca con el horror que se vive las trincheras. El siglo XVIII -ya lo señalamos antes- marca el encuentro entre el sentimiento y  el raciocinio, y estos son también los dos polos del universo kubrickiano.

La fascinación por la razón se manifestó en el siglo de la filosofía de las luces, en el desarrollo de las ciencias y la técnica (antes de conquistar el cosmos -como el Idomeneo de Livermore- el hombre tuvo que aprender a volar); o en la afición por los autómatas: doncellas metálicas que tocan el clavecín y otros ingenios mecánicos adelantaron el deseo de crear una inteligencia artificial a nuestro servicio; un deseo que, nos advirtió Kubrick a través del ordenador HAL 9OOO, se podría volver en nuestra contra. Una época que dio lugar a lo que somos, en la que se entrelazaron pasión y razón, también en su vertiente más destructiva, pues, recordemos que si a Beaumarchais, responsable de “Las bodas de Fígaro”, obra de enorme humanismo que sería la base de la ópera de Mozart, se le debe también la invención del reloj de escape, Laclos, que mostró una enorme maestría a la hora de analizar los sentimientos en la novela “Las amistades peligrosas”, fue también el inventor del obús.

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Fotos:  Tato Baeza

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