Iglesia

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Participo en unas jornadas sobre feminismo, lenguaje, medios de comunicación y publicidad. Antes de mi actuación intervienen tres ponentes especialistas en dichos asuntos. Las jornadas se celebran en una iglesia desacralizada que ahora se usa para eventos culturales, pero el lugar sigue luciendo igual que cuando allí se oficiaba misa. Hay un altar con una figura de Cristo sufriendo en la cruz, santos, vírgenes y los típicos bancos de madera oscura. Desde luego, se trata de uno de los espacios más originales en los que he actuado nunca.

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Disfrutamos del conocimiento de las ponentes. Luego llega mi momento y me dispongo a actuar, a hacer comedia de la bruta en medio de un acto academicista ¡Y EN UNA IGLESIA!

Lo primero que digo es: “Si Dios es el amor en acción, el feminismo es Dios. Así que, de una manera extraña, estamos en el lugar indicado.”
Pese a lo poco habitual de la situación y del lugar, la actuación va muy bien. Ha sido una pasada hablar en una iglesia sobre meter a obispos en microondas y lo he gozado de lo lindo haciendo mi bloque sobre el aborto allí, pero lo que más me ha gustado es que el público se ha reído mucho.

Así que al acabar, satisfecha, me siento en uno de los bancos del final, con la belleza de esa iglesia, que ya no es Iglesia, como paisaje.
Se abre el turno de preguntas. Una mujer del público levanta la mano para decir que mi broma sobre el aborto le ha ofendido y que le parece mal que en un acto como ese se insinúe que una mujer no es feminista si no está a favor del aborto. Que ella es católica y provida pero también muy feminista. Nada más acabar su speech, hace una pregunta a una de las tres ponentes.

Su pregunta del final es contestada por las conferenciantes pero como nadie hace referencia al comentario del aborto, levanto la mano y pido la palabra por alusiones.

Le digo que su ofensa no tiene ninguna importancia y menos si la comparamos con el sufrimiento al que se somete a millones de mujeres en el mundo que no pueden acceder al aborto legal y gratuito. Le digo que no se puede obligar a nadie a ser madre, y que es muy poco feminista y nada cristiano poner la seguridad y la salud de esas mujeres por debajo de sus creencias.

El público aplaude. Una de las ponentes agarra el micro y dice que obviamente no todo es feminista solo porque lo diga una mujer. Que hay líneas rojas: la libertad sexual y la reproductiva son dos de ellas.
La ofendida se levanta y se va.
El resto nos quedamos allí, con Dios, en el lugar indicado.