Jacobo Christensen: “La música clásica no es producto de consumo rápido, te obliga a pensar, a informarte, al análisis, a la introspección y, por supuesto, a sentir” SALA MATISSE. VIERNES 1 DE MARZO

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Los escenarios fueron desde muy pronto parte esencial de la vida de Jacobo Christensen. Pese a su juventud, el curriculum de este violinista valenciano ya da vértigo. Ha actuado en Estados Unidos o Suiza. Y en agosto le esperan varios conciertos en China. En el Palau de la Música de València se enfrentó a los tangos y aguafuertes porteños de Astor Piazzolla (repetirá el próximo 2 de octubre). Pero antes, el 1 de marzo en la Sala Matisse, interpretará junto a la pianista Elizabete Sirante una selección de obras de César Frank, Saint-Saëns, Sarasate y, de nuevo, Piazzolla. Una oportunidad deliciosa, también para aquellos no habituados a la música clásica.

MARZ8400_v7b Foto: Hernández Marzal

 

Hablar de tu juventud (naciste en 1999), posiblemente se ha convertido ya en un tópico. ¿Cómo comenzó tu vinculación con la música clásica? ¿Piensas que el dedicarte a un entorno tan exigente desde pequeño te ha hecho vivir esos años de un modo diferente?
Empecé a los 2 años y medio jugando con el violín gracias al profesor del método Suzuki Joanvi Sanchís. Mi madre ha sido un elemento clave en mi formación como músico, aunque ella no es violinista sino pianista y cantante, siempre me ha acompañado y ha equilibrado las diferentes enseñanzas que he ido recibiendo. He sido muy afortunado, porque en mi vida musical han aparecido las personas apropiadas en el momento adecuado. De niño estudié con Catalina Roig, que me aportó su manera tan personal de ver la música. A los 10 años comencé con Vicente Balaguer, profesor mío durante años y con el que siempre he tenido una vinculación muy especial. Con Mikhail Spivak comencé a entrar en el mundo de la técnica rusa y le estoy muy agradecido. No fui al conservatorio, así que me formé musicalmente con Jesús Debón, magnífico músico y profesor. He aprendido también de muchos otros, como Ivry Gitlis, Boris Belkin, Agustín León Ara, Sergey Ostrovsky o Vasko Vasilev, y hoy en día estudio en la Escuela Superior Reina Sofía en Madrid con el maestro Zakhar Bron y su asistente Yuri Volguin. Todo un privilegio. Aunque yo siempre he llevado la música bien coordinada con los estudios del colegio y el instituto, no puedo negar que la infancia de quien pasa tanto tiempo con su instrumento es un poco peculiar. Sin embargo, mi estudio ha estado siempre muy bien organizado y no lo he sentido como un peso, así que mi sensación es que hacer música, lo único que me ha traído son beneficios. No he dejado de ir con mis amigos y de tener una vida normal de niño y adolescente. Este vínculo estrecho con lo musical y la cultura en general desde pequeño te ayuda a observar el mundo de una manera particular.

El 1 de marzo actuarás junto a la pianista Elizabete Sirante en la sala Matisse. En Valencia también te hemos podido ver, por ejemplo, en la Sala Russafa. ¿Crees que con este tipo de iniciativas se puede acercar a la música clásica gente a la que le intimidaría ir a un auditorio al uso? ¿Se establece una relación diferente con el público en este tipo de lugares?
Sí, son iniciativas maravillosas. Es de agradecer que sitios como Matisse organicen programaciones de este tipo que sin duda contribuyen a acercar intérprete y público. De todos modos, pienso que un auditorio jamás debería resultar intimidante y de hecho, los músicos tenemos la responsabilidad de trabajar para que no lo sea y de conseguir que, aunque el espacio sea enorme, las emociones resulten cercanas y directas. Dicho esto, es cierto que la relación con el público en este tipo de lugares de corta distancia es de una especial complicidad. También contribuye el hecho de que el formalismo en el vestir sea menor y, el diálogo con la gente, mayor.

El concierto se iniciará con una obra maestra del repertorio: la Sonata para violín y piano de César Franck. ¿Qué supone para ti esta composición?
Es una de las grandes obras del repertorio camerístico de violín y para mí está, y probablemente estará por mucho tiempo, en un proceso largo de aprendizaje y entendimiento. Encierra misterios que voy descubriendo poco a poco y que avivan mi deseo de conectar, si no con la visión exacta del compositor puesto que eso es imposible, sí con la sensación de que poco a poco la sonata va haciéndose mía, como si pudiera acercarme al sentir de su creador. El reto artístico y espiritual de ahondar en la música de este modo me fascina.

La segunda parte estará reservada a la Habanera del francés Camille Saint-Saëns, seguida de Aires Bohemios de Sarasate y de Le Grand Tango, del argentino Astor Piazzolla. Son piezas muy accesibles y fácilmente disfrutables.
Efectivamente, estas son piezas más fáciles de escuchar y ayudan a acercar la música clásica al gran público.

¿Qué le dirías a la gente de tu edad para que se animara a escuchar estas músicas? ¿A qué crees que se deben los prejuicios que todavía pesan sobre la música clásica y cómo crees que podrían diluirse?
Siempre se dice que la música es el lenguaje universal. La manera de entenderla es variada y depende de muchos factores: sensibilidad, predisposición, momento vital, la formación que se tiene… Pero todos tenemos acceso a emocionarnos, a sentir. Los músicos deberíamos ser felices lanzando la música al mundo y dejando que cada uno la disfrute como quiera, sepa, sienta o pueda. La música clásica no puede ser una cuestión de moda y tal vez por eso no es tan fácil acercarla al público. No participa del “todo vale” o el “todo está a la misma altura”. Pienso que parte de los prejuicios que se tienen hacia ella derivan del interés que hay por eliminar la barrera entre folklore o música popular y música culta. La música clásica siempre irá más allá del mero entretenimiento, siempre tendrá diferentes capas a las que llegar y, somos en parte los músicos, responsables de compartir esta riqueza con el público en general. Iniciativas como la de la Sala Matisse ayudan justamente a esto, a no cerrarnos en nuestro pequeño mundo y llevar a otros escenarios, a otros ambientes, lo que tanto nos apasiona. El hecho de que la difusión de la música clásica cueste un poquito más que la de otro tipo no solo es una cuestión de facilidad a la hora de acceder a ella. La música culta, en general, no es producto de “consumo rápido”, en cierta manera, te obliga a pensar, a informarte, al análisis y a la introspección y, por supuesto, a sentir. Pudiera parecer que la sociedad actual está más dirigida hacia la comodidad, hacia lo fácil y una obra que vaya un poquito más allá y no se limite a un compás binario y a tonalidades escuchadas mil veces por nuestros oídos, siempre va a resultar menos popular.

¿Cómo ves la situación de la música clásica en Valencia?
Por un lado parece que hay nuevos proyectos y realidades, como la orquesta Adda Sinfónica de Alicante o el Ciclo de Cámara del Palau de la Música, salas implicadas en la difusión de la música haciendo un gran trabajo, la maravillosas orquestas de Les Arts y la de Valencia, pero por otra parte, opino que seguimos necesitando un apoyo más estable de los que “mandan”. No creo que sea útil derrochar un montón de dinero en algo puntual sino más bien apostar por intérpretes y programas de calidad no tan caros que aseguren una continuidad de oferta interesante para el público valenciano.

Diste tu primer concierto con 5 años, y desde tu infancia has recibido clases de los más grandes. Sin embargo, afirmas que nunca te has sentido identificado con la etiqueta de “niño prodigio”. ¿Apuestas por prescindir de pedestales y normalizar la labor de los músicos?
La definición de niño prodigio es parecida a la de niño milagroso. Yo sería un niño prodigio si jamás hubiera estudiado violín, de repente pusieran uno en mis manos a los dieciocho años y fuera capaz de tocarlo como Paganini. No me siento identificado con esto porque, en primer lugar, hay jóvenes mucho más virtuosos que yo, y en segundo lugar, no es esta una figura que me atraiga especialmente. Detrás de un niño que toca las grandes obras a los 6 años hay talento, pero sobre todo hay un montón de horas de estudio y sacrificio. Creo que la música tiene que ir madurando con la persona y no le veo mucho sentido a esa especie de carrera por hacer las cosas más pronto cada vez, olvidando que las vivencias y la experiencia solo se adquieren con la edad y, lo que tú eres, forma parte de la esencia de lo que tú tocas. La música es mucho más que notas interpretadas muy deprisa y muy afinadas. En cuanto a lo que comentas de prescindir de pedestales, para mí el buen músico sí es alguien especial, como el buen pintor o el buen escritor. Admiro el talento, me fascina y le doy valor. Cuando escucho ciertos pasajes de Mozart, me planteo si tendrá algo de “divino”… ¿es esto poner a Mozart en un pedestal? Pues sí, porque creo que le corresponde, que tenía un talento inalcanzable, fuera de lo común, y es hermoso para todos nosotros reconocerlo. Normalizar la labor de los músicos siempre será tarea difícil, empezando porque su labor en la sociedad no es algo práctico. El músico es el artista que alimenta el alma y no hace lo mismo que un trabajador que se dedica directamente a producir.

Tocas un violín Gaetano Sgarabotto de unos 100 años de antigüedad. Algunos músicos dicen que sienten un vínculo especial con su instrumento. ¿Es tu caso?
El instrumento que toco lo siento completamente parte de mí y estoy enamorado de su sonido.

El teatro es también parte de tus intereses. Quizá es un arma que te ha ayudado desarrollar una mayor conexión con tus emociones y eso es algo que transciende en tus interpretaciones.
El teatro me ha ayudado a descubrirme poco a poco (todavía me queda muchísimo). Gracias a él, me encuentro en el punto de la aceptación de ciertos rasgos de mi personalidad y de la mente humana en general. Considero esto de suma importancia para mi desarrollo como músico. El autoconocimiento me ha ayudado a encontrar puntos fuertes en mi manera de tocar y a explotarlos al máximo.

Junto al pianista Carlos Apellániz grabaste el disco “Violín” en el que aparecen piezas de Massenet, Chaikovsky, Granados o Sarasate. ¿Por qué elegiste estas piezas? ¿Te gustaría grabar otro disco?
El cedé que grabé con Carlos Apellániz está compuesto por preciosas piezas sumamente conocidas. Me encantaría repetir la experiencia con nuevos repertorios.

Has actuado en Estado Unidos o Suiza. Y en agosto actuarás en China. ¿Cómo llevas esta vida nómada? ¿Qué otros proyectos tienes entre manos?
En realidad no me considero una persona nómada sino más bien muy arraigada a mi casa. Llevo bien lo de viajar, estoy acostumbrado desde que era un bebé, pero siempre con la mirada en la vuelta. Tengo muchos proyectos, conciertos con piano, repetir el Concierto de Tchaikovsky, Las Cuatro Estaciones, un concierto de cámara con música de Piazzolla en el Palau de la Música y, lo más cercano, el día 1 de marzo en la Sala Matisse, con Elizabete Sirante al piano.