Julieta Venegas y el camino

por | 26 marzo 2017 | Cultura pop

El camino se descubre echando la vista atrás. Un camino con paradas, vueltas y revueltas en los callejones de una memoria que a menudo nos engaña, marcando aquello en lo que nos hemos convertido. En “Ese camino”, carta de presentación de “Algo sucede”, la mexicana Julieta Venegas construye “una canción sobre mi infancia, ya lejana, vista a través de sensaciones y olores, desde mi yo adulto”.

JULIETA-VENEGAS-VALENCIA

Fue la primera que nos llegó de un manojo de canciones más luminoso que el que supuso el precedente Los momentos (2013), bendecido con un toque más cálido y reflexivo, con un sonido animado por teclados y sintetizadores que caminan de la mano del acordeón, su instrumento fetiche, abandonado en su aventura anterior. Con él, vuelve ese pellizco tan unido a la tierra y al folclore que le resulta tan propio.

Ganadora de varios premios Grammy, la carrera de Julieta Venegas comenzó hace ya más de 20 años, consiguiendo tal vez su mayor éxito con Limón y sal (2007), un disco del que ahora se cumplen 10 años, en el que se enredan melodías irresistibles que no han dejado de resonar en nuestras cabezas -“Me voy” o “Eres para mí” dan buena cuenta de ello-. Con la vitalidad que la caracteriza, esta cantante, nacida en Tijuana, recuerda ahora, cuando nos amenazan con los alzamientos de muros ominosos, a sus padres cruzando la frontera para que naciera en Estados Unidos y consiguiera así la doble nacionalidad. Su música siempre se ha beneficiado de ese carácter fronterizo que bebe glotón, sin prejuicios, de todas las influencias a su alcance. Y México, un país con unas contradicciones tan grandes como vasto es su territorio, late más que nunca en sus canciones: “Explosión” y “Una respuesta” reflejan ese México que quedó noqueado por la brutalidad casual con la que fueron masacrados 43 estudiantes, gracias a lo complicidad de las autoridades y los policías locales con los narcos. Una nación en la que, según ella afirma, “apenas se puede distinguir entre el gobierno y el crimen organizado”, contándose por miles los desaparecidos. Denuncias hechas siempre a su modo, con canciones dulces, pegadizas, cálidas y suaves.

La llorada Chavela Vargas, Gustavo Santaolalla o la brasileña Marisa Monte han sido algunos de sus muchos compañeros de viaje; y “Algo sucede” se beneficia del chelo experto de Jacques Morelenbaum, que acostumbraba a cruzarse con la voz de Antônio Carlos Jobim. La huella del argentino Charlie García se hace explícita en “Esperaba”, en la que ella juguetea al piano, instrumento al que dedicó ocho años en el conservatorio y que es su aliado a la hora de dar forma a estas canciones que reivindican la necesidad de alcanzar el amor, pero un amor reinventado, abierto a matices, ligerezas, a lo dulce y lo salado, libre de esas demandas y presiones calderonianas que lo pueden convertir en un yugo. Un discurso risueño y torrencial que se expande en composiciones que brotan rumorosas y livianas, tocadas por una marcada vocación popular, atesorando un alcance emocional quizá más certero que el de otras propuestas escoradas hacia una gravedad pretendidamente de más fuste.  

Seguramente muchos -recordemos la controversia que generó su actuación en el FIB en 2011- envidian secretamente la fórmula de la mexicana para facturar este pop accesible, que no banal, repleto de estribillos ávidos, capacitado para conectar con un público amplio que va más allá del aplauso en ocasiones sectario de ciertos cenáculos.

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