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Joan Genovés, Julio Anguita y el mito de la transición

por | 18 mayo 2020 | Opinión

Hubo un momento, en la segunda mitad de los años 50, en el que los perdedores de la Guerra Civil supieron que las democracias liberales europeas no ayudarían a acabar con el régimen franquista. Que estaban completamente solos. Entendieron entonces que únicamente un plan para la reconciliación nacional podría traer de nuevo la democracia a España. Joan Genovés, artista fundamental de la cultural transicional, perteneció a aquella generación, la de los niños de la guerra, que construyeron el mito de la Transición. Julio Anguita, profesor e historiador, fue el primer alcalde comunista de una capital de provincia, Córdoba, tras las primeras elecciones municipales de 1979, y un político partidario del revisionismo crítico de aquel periodo.

La obra de Genovés, El abrazo (1976), es uno de esos exponentes de la cultura de un tiempo convulso que ayudó a construir el mito fundacional de la Transición: una pintura realizada para la celebración de aquella amnistía que formó parte de un acuerdo entre diferentes que cedieron para hallar el consenso necesario que evitara un nuevo conflicto civil.

En Historia y mito: saber sobre el pasado o cultivo de identidades (Complutense de Madrid, 2012) el historiador José Álvarez Junco expone que “los mitos fundacionales llevan siglos entre nosotros con una labor práctica, la de construir identidades colectivas o nacionales”. Ese pensamiento mítico, que pretende construir un relato para cada grupo humano, se suele estructurar en tres fases: una inicial en la que hubo una libertad idílica, en la segunda fase aparece el otro, un enemigo, casi siempre tras un conflicto, y una fase final en la que nuevas aspiraciones, o nacionalismos existentes debilitados, o en construcción, buscan nuevos objetivos de consolidación, o refuerzo, entre su ciudadanía. “Son esencialismos que tratan de fijar una idea colectiva”, incide el historiador Juan Pablo Fusi, algo que puede chocar con el rigor de la historiografía actual, que estudia las sociedades con parámetros de movilidad y cambio. Algunos de ellos han sido usados políticamente para potenciar nacionalismos y, pese a ello, podríamos afirmar, por ejemplo, que España no es la nación más antigua de Europa, que Cataluña no tiene mil años de historia, que la Euskadi preindustrial no era un paraíso de caseríos matriarcales y que, muy probablemente, ninguna de ellas existirá dentro de mil años.

Pero esos mitos pueden ser exclusivistas o integradores, y es aquí donde aparece el factor diferencial para ejercer un uso político eminentemente pragmático de la Historia: la Transición, al igual que la Unión Europea, fueron proyectos nacidos, en principio, para la integración y no para la exclusión. De reconciliación y amnistía ya hablaron Negrín y Azaña, intelectuales falangistas reconvertidos en demócratas (expulsados del régimen en 1942) como Dionisio Ridruejo o el clandestino Partido Comunista en 1956. Y durante la Transición, comunistas, democratacristianos, católicos, nacionalistas (vascos y catalanes), socialistas y monárquicos crearon un nuevo lenguaje de entendimiento, mientras que sólo el “búnker” franquista, el alto mando militar del ejército español y los brazos políticos de las organizaciones terroristas quedaron fuera del pacto.

Si la historiografía es útil para desmontar mitos, también el de la Transición encontró su revisionismo, primero en la fase del desencanto en los años 90, con Julio Anguita como punta de lanza política, y después, tras la crisis de la década pasada, por una nueva generación de políticos y miembros de la sociedad civil que no la protagonizó.

Aquel mantra del “programa, programa y programa” que Anguita repetía en la tribuna del Congreso a mitad de los noventa, siendo Secretario General del PCE y coordinador de Izquierda Unida, ejemplificaba el choque de trenes entre las políticas económicas del PSOE, dóciles con el establishment económico (élites de la Transición y nuevos poderes nacidos al albor socialista desde 1982) y las necesidades reales de buena parte de las clases populares, que veían cómo las rentas del capital crecían muy por encima de las rentas del trabajo. Fue entonces cuando Anguita comenzó sus críticas al período transicional, al  entender que los poderes fácticos del Estado habían incumplido su parte de los Pactos de la Moncloa, los que incidían en la redistribución de la riqueza.

El revisionismo del mito de la Transición retorna con fuerza en la sociedad civil española tras la Gran Recesión de 2008, y lo hizo atacando fundamentalmente a la Corona, al bipartidismo español y a la burguesía catalana (aunque esta última supo bien cómo mutar), por una razón principal: la corrupción sistémica. Y es que los vencedores de la Transición, un proceso combinado entre voluntad política, azar, miedo e improvisación, pero que consiguió que España se equiparase al resto de imperfectas democracias parlamentarias europeas, patrimonializaron ese pacto, acaparando buena parte del poder político y de las redes económicas que lo sustentan, pactando con una parte las élites franquistas que se impulsaron desde el desarrollismo español de los años 60.

Ahora, algunos puntos de aquel programa de Anguita encuentran altavoz en el actual Gobierno de España, por primera vez en democracia una coalición a la izquierda de la socialdemocracia ostenta poder ejecutivo, y ya ha comenzado el acoso y derribo por parte de los estratos socioeconómicos más elevados del nacionalismo español. Mantener un consenso, con las menos fisuras posibles, en el espacio político progresista de todo el país, siempre desde el pensamiento crítico y el respeto mutuo a las nacionalidades diversas, se intuye fundamental para salir de la futura crisis aplicando políticas sociales, y fiscales, adecuadas al bien común, porque lo que vendrá durante los próximos meses difícilmente se sostendrá defendiendo los mitos particulares. Si las colas de Aluche aparecen en el resto de periferias del país no habrá Gobierno que soporte esas imágenes, y el recambio liberal se apoyará en esas élites que desde sus barrios de rentas altas claman por mantener intactos sus privilegios.

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