Katiuska, del conflicto a la ensoñación CRÍTICA DE LA OBRA DE PABLO SOROZÁBAL EN EL PALAU DE LES ARTS DE VALENCIA

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Tras el fulgurante arranque de una pretemporada con precios populares -una loable iniciativa que el Palau de les Arts abraza por primera vez- con un rescate de “La Bohème” de Puccini en una producción a cargo del Palau de les Arts y la Opera Company of Philadelphia que pudimos ver ya en 2012, Les Arts se muestra fiel a su cita anual con la zarzuela programando “Katiuska” de Pablo Sorozábal (1887_1988), una obra con una sensibilidad más cercana a la opereta.

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Estrenada en 1931, cuando muchos compositores de zarzuela aligeraban el tono de sus música para adecuarlo a la frivolidad de la revista que se encontraba en pleno auge. Para desmarcarse de esta tendencia, Sorozábal se decidió por un tono de opereta que recogía el legado vienés (recordemos que el vasco estudió en el entorno germano), y nos dejó una zarzuela vestida con las formas de la opereta. De su obra posterior destaca “La del manojo de rosas” o “Adiós a la bohemia”.

Lo más sobresaliente de Katiuska es su música, ya que su libreto no ha envejecido demasiado bien -resulta sorprendente que cuando se gestó el proyecto eran los libretistas los que no confiaban en un músico que no se había prodigado en este tipo de composiciones. La obra iba ser registrada como “Katiuska”, pero como ya había sido utilizado ese título, pasó a llamarse “Katiuska, la mujer rusa”; para, por motivos políticos, pasar a llamarse “La Rusia roja”, y, tras la Guerra civil, “Katiuska” a secas.

El público de Les Arts, bastante numeroso pese a tratarse de una obra mucho menos popular que la partitura pucciniana, pudo disfrutar de la obra  en una versión reducida en sus partes habladas (cosa de agradecer). La trama , tremendamente naif, no se posiciona políticamente, tal vez para evitando provocar suspicacias en los distintos sectores del público, y nos presenta a una princesa fugitiva que cae en los brazos de un alto cargo bolchevique.

Emilio Sagi en una coproducción del Teatro Arriaga de Bilbao, el Teatro Campoamor de Oviedo y el Teatro Calderón de Vallalodid, huye de las evocaciones entre el kitsch y el rococó del folclore eslavo que habían dominado su puesta en escena para ubicar la acción el marco histórico al que pertenece el propio compositor- una estrategia que también le dio buenos resultados a David MacVicar trasladando su visión del “Fausto” de Gounod de una improbable Alemania medieval al tumultuoso París del Segundo Imperio. El espectador se topa con un marco dorado que enmarca un cine bombardeado en la España de la Guerra civil. Y esta no es una elección aleatoria ya que la elegante ingenuidad del argumento conecta con las fantasías proyectadas en el celuloide que, en ocasiones, son las únicas vías de escape posible cuando los cataclismos de la historia nos alcanzan.

Sagi, que busca perpetuar el legado del teatro lírico español alejándolo de visiones ancladas en el pasado, afirmó que deseaba mostrar la trama como si fuera una ensoñación, transfigurando a la protagonista en una suerte de estrella plateada del cine clásico al estilo de Gloria Swanson (la protagonista de “El crepúsculo de los dioses”) rodeada de un escenario de ruinas y escombros. Y realmente Sorozábal y sus libretistas al reducir conflictos de gran calado a un encantador vodevil no andaban tan lejos del Lubitsch de “El príncipe estudiante” o “Ninochtka”.

El director valenciano Cristóbal Soler fue el responsable de estar al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, dando lugar a una grata sorpresa, ya que el actual director musical del Teatro de la Zarzuela de Madrid llevó a cabo un trabajo primoroso. Consiguió extraer de la partitura acentos líricos llenos de matices, para explotar también su faceta más extrovertida cuando la partitura se enfila hacia una brillante frivolidad propia del mundo de la revista; pero cuando la orquesta realmente brilló fue al resaltar los ecos del melodismo del folclore ruso -la verdadera razón que justifica a la trama, y que convierte a esta obra en una pieza tan singular.

Quedó patente que Soler es un auténtico experto en la materia, transmitiendo lo mejor de la obra con admirable oficio. El reparto reunía un elenco en el que predominaban los cantantes de nuestra comunidad. En el papel titular nos encontramos con Maite Alberola, prometedora soprano con premios como el Teatro Lírico Campoamor a la artista revelación, a la que ya pudimos ver en Les Arts en “Una cosa rara”, del valenciano Martín i Soler. Alberola desplegó un timbre bello y luminoso, alcanzando el estremicimiento en el dúo de Katiuska y Pedro; unicamente se le podría reprochar cierta frialdad en algunos momentos. Pedro Stakof corrió a cargo del santanderino Manuel Lanza. El barítono, con una larga carrera a nivel internacional, demostró su buen hacer con arrojo y entrega, transmitiendo, tal vez,  los instantes más apasionados. El tenor de Alicante Javier Agulló, bien conocido en Les Arts donde ya cantó en “Fidelio” de Beethoven, afrontó con dignidad el papel, no demasiado lucido, del Príncipe Sergio. Y la soprano Sandra Ferrández aportó chispa y picardía a Olga, mientras que David Rubiera estuvo más que acertado en su composición del Coronel Bruno Brunovich.