Kenji Mizoguchi: Cuentos de lluvia y de luna LA FILMOTECA DE VALÈNCIA. HASTA EL 9 DE ABRIL

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La Filmoteca programa hasta el 9 de abril algunos de los títulos más destacados de la parte final, la correspondiente a los años 50, de la fimografía de Kenji Mizoguchi (1898-1956). El director japonés, especializado en delicados melodramas intimistas, fue al mismo tiempo un cineasta intensamente político; casi airado pese a sus elegantes formas, exploró la historia japonesa y la literatura clásica para dramatizar las crisis culturales y emocionales de su país. Su mirada a la tradición es implacable, minuciosa y dura; no aparta los ojos de las injusticias que se ocultan tras las hermosas costumbres y los rituales antiguos. El tema que vertebra buena parte de su cine es la subyugación de las mujeres dentro de la sociedad japonesa. Ellas están en el centro de casi todas sus películas (y, cuando no son su centro, son su punto de apoyo).

 KENJI

A finales del siglo XIX, Japón comenzó a abrirse tras siglos de aislamiento al resto del mundo. Y uno de los objetos que llegaron gracias a ello fue el cinematógrafo en 1897, un año antes de su nacimiento. A través de películas tan dolientes como “El intendente Sansho” (1954), Mizoguchi podría estar recreando su infancia: creció en un hogar modesto, y su padre, un carpintero de carácter déspota, martirizó a toda la familia, especialmente a su madre. La familia descendió hasta la pobreza más negra a causa de un proyecto que les condujo a la bancarrota: el padre trató de vender impermeables a las tropas japonesas durante la guerra que enfrentó a Japón con Rusia en 1904 por los intereses de ambas potencias en Manchuria y Corea. Para sobrevivir se mudaron al barrio de Asakusa, en el que se concentraban los teatros populares, la vida bohemia y los prostíbulos. La madre murió cuando Kenji contaba con quince años, y su hermana adolescente, poco tiempo después, fue vendida como geisha (un entorno que retrataría con enorme empatía en películas como “Los músicos de Gión”). Tras probar suerte en el teatro, se inició en el mundo del cine trabajando como decorador.

En 1925 había dirigido ya más de 30 películas. El cine japonés de los albores trató de imitar el cine importado y lo mezcló con la rica herencia del teatro y el folclore nacional; sin embargo, poco conocemos realmente de este período a causa de uno de los factores que determinaron la oscuridad que lo cubre: en 1923, un terrible terremoto -la naturaleza nunca ha sido amable con Japón- destruyó gran parte de la ciudad de Tokio y se perdió buena parte del cine que se había rodado hasta la fecha. La Segunda Guerra Mundial con el horror atómico y los bombardeos, junto al efecto de la natural humedad del clima, convertiría también en cenizas y fantasmas metros y metros de celuloide, pulverizados en una ausencia tan extraña como la que dejan las protagonistas de “Cuentos de la luna pálida” (1953).

La guerra obligó a Mizoguchi a plegarse a las necesidades de la época y rodó, sin renunciar a su mirada personal, algunas películas de ambientación histórica destinadas a fomentar el patriotismo. Al finalizar la contienda Mizoguchi pudo volver a tratar sus temas favoritos y se inició su reconocimiento internacional, ya que el éxito conseguido por Kurosawa con “Rashomon” (1951) hizo que Occidente volviera sus ojos hacia el cine japonés. Ciertamente es fácil hacer fértiles comparaciones entre Kurosawa y Mizoguchi; y, sin embargo, para los que amamos especialmente a este último, Kurosawa, con toda su magnificencia, se muestra sudoroso y sobrecargado al lado de la asombrosa finura formal que exhiben las últimas películas de Mizoguchi.

Vi “El intendente Sansho” (1954) hace años y no me he atrevido a verla de nuevo, no solo por no arruinar el hechizo, sino también porque el corazón humano no fue diseñado para resistir una prueba tan difícil a menudo. “Sansho” gira en torno a la viuda y los hijos de un gobernador provincial, todos ellos reducidos a la servidumbre (en la figura tiránica del intendente que los somete no sería raro ver una transposición de la figura del padre del director). Es el relato de una familia que se desgaja y que intenta volver a unirse; una historia de hombres y mujeres rotos, que refleja a aquellos que se quebraron por no soportar las presiones sociales. El mayor peso recae en la madre y la hija, y, de hecho, es complicado pensar en un argumento suyo que no fluya de una fuente femenina.

En “Vida de Oharu, mujer galante” (1952), Mizoguchi remonta el declive de una heroína del siglo XVII, desde su brillante juventud en la corte hasta su final, convertida en una prostituta anciana que pide limosna bajo un cielo de plata deslustrada. Su delito fue ser esclava de sus propias pasiones, y no de los diversos hombres que la codiciaron. Puede que Kurosawa creara algo tan emocionante como “Trono de Sangre” a parir de la trama de “Macbeth”, pero Mizoguchi, aunque no adaptara ninguna de las obras de teatro del escritor inglés, sigue siendo el Shakespeare más profundo, tan profundo como las aceleraciones de la fortuna que arrastran a sus personajes.