Kid Congo & The Pink Monkey Birds: siempre inquieto

por | 13 junio 2016 | Cultura pop

Entre el imperio del pop sintético y las estrellas de rock que llenaban estadios, en la América de los 80, algunos buscaron desesperadamente una tercera vía.

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Brian Tristan formó parte de las filas de formaciones (The Gun Club, The Cramps) que fueron los máximos exponentes de una escena fantasma difícil de etiquetar – blues-punk, voodoo rock, punk-a-billy o post-punk, son algunas de las catalogaciones que los críticos han esbozado para dar nombre a esta revisitación de la música americana de raíz a través de la lección iconoclasta del punk-. Tras colaborar con Nick Cave, Brian, que demostró sobradamente su talento como compositor, cantante, multiinstrumentista y peligroso agitador, arrastra este legado sulfuroso hasta el tiempo presente, reencarnado en Kid Congo and The Pink Money Birds.

1977 llegó y cambió las reglas: pretender que nada había pasado hubiera sido ridículo. Jeffrey Lee Pierce, un adolescente de Los Ángeles, lo comprendió y, justo cuando en Inglaterra el post-punk miraba hacia los ritmos del dub para comenzar a reconstruir tras el seísmo, Pierce se dejó vencer por la fascinación por músicas añejas – especialmente el blues y sus derivaciones urbanas- y aprendió a convulsionarlas con su guitarra en una banda de rockabilly. Fue tras el encuentro con Brian Tristan cuando llegaría el proyecto definitivo: The Gun Club. Jeffrey recorrió senderos que nos llevarían hasta parajes que podrían estar descritos por un Walter Scott demente, bañados por esa luna enferma que ya conocíamos, pero que se va haciendo más lúgubre con el tiempo. Cada vez más centrado en la muerte como tema, no podían faltar odas a las divinidades tutelares del culto necrófilo: un siniestro cortejo punk guiado por tambores emerge en “Come Black Jim”. No sabemos el destinatario exacto, pero no podemos dejar de pensar en Jim Morrison, tanto por la aproximación a su estilo vocal, como por esa sombría aureola de genio maldito que Jeffrey había dejado crecer en torno a su cabeza. Convivir con un genio (o alguien que cree serlo) no es tarea fácil.

Pero fueron Lux Interior y Poison Ivy de The Cramps -unos monstruos preciosos que Brian amará siempre- los que le marcaron con el apodo “Kid Congo Powers”, del que ya no se desprendería. Con ellos compuso la banda sonora de una snuff movie que hace reír: cero pretensiones en un puro e insano divertimento. Marcados por la estética del Ed Wood más destartalado, metieron el rockabilly en una trituradora, mientras retazos de la música surf de los 50 y del garage “sixties” eran apaleados con la brutalidad del punk y la new wave. Canciones que son primitivos ritos suburbanos. Hasta que en 1988 Tristan sintió la llamada: se convirtió en uno de los apóstoles oscuros de Nick Cave and The Bad Seeds. No olvidemos que al mismo tiempo que The Gun Club y The Cramps brindaban sus seminales primeros discos, Cave, entonces al frente de Birthday Party, practicaba un punk más disonante y experimental, en la línea de Pere Ubu. Años más tarde, sin dejar de cultivar una imagen vampírica, aterroriza e ilumina con un rosario de baladas dolientes que canta con la desesperación de un hereje quemado en la hoguera.

Después de haber prestado su talento a semejante lista de luminarias, Brian pensó que por fin había llegado el momento de hacer escuchar su propia voz. A pesar de su pasado glorioso, con Kid Congo and The Pink Money Birds no se limita a hacer una foto nostálgica sino que perpetúa el espíritu inquieto de los artistas con los que se ha curtido, tratando de mezclar estilos, viejos y nuevos, para proyectarlos con furia hacia el futuro.

 

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