La Bien Querida: Los gozos y las sombras

por | 14 abril 2016 | Cultura pop

Ana Fernández-Villaverde con La Bien Querida dio la vuelta al apodo de la atormentada heroína de Jacinto Benavente para retomar la desmesura amorosa y la riqueza melódica, que fue la herencia de sus abuelos, y declinarla a través de una sensibilidad poderosamente contemporánea.

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Con Romancero (2009) siguió la senda de músicos como Sr. Chinarro, Los Planetas o Klaus & Kinski, artistas que coquetean con el cancionero tradicional español, devolviéndole su carácter de pieza de artesanía callejera y nocturna.

Pero Ana manifiesta que no le gusta encasillarse y en cada aventura ha apostado por un vestido sonoro diferente. Prueba de este carácter inquieto es su último y sobresaliente álbum que, con un título sugerente, Premeditación, nocturnidad y alevosía (Elefant, 2015), se ha presentado tripartito. Cada una de las partes está marcada por una personalidad diferente: “Premeditación”, la presentación, es más pop; “Nocturnidad”, el nudo, resulta más oscuro; y “Alevosía” constituye un desenlace épico.

En general, cobran importancia los bajos y los sintetizadores; un manojo de canciones orientado más hacia el tecnopop que Ceremonia (2012), en el que las guitarras tenían mayor protagonismo en una atmósfera cercana a los entramados del krautrock. Pero de nuevo, Ana se deja vencer por influencias heterogéneas, muestra de una enfermedad melómana que no teme aunar referentes musicales aparentemente irreconciliables: supera cegueras y clichés entrelazando el legado de Manuel Alejandro con un revestimiento a lo Depeche Mode. Y, claro, los ecos copleros se siguen enredando entre latidos electrónicos (no en vano, Ana participa con composiciones en el disco de Soleá Morente, hija del mítico cantaor).

Letras con una lanza clavada en el costado en las que los gozos y la sombras del amor emergen en el simbolismo de figuras que nos devuelven la mirada al otro lado del espejo; un acercamiento muy actual al deseo, sus incertidumbres y contradicciones: “Ojalá estuvieras muerto” resulta tan tremebunda como nos anuncia su título, cuando el corazón se convierte en un espacio devorado por serpientes; mientras que “Muero de amor” podría formar parte del repertorio de un Raphael que no temiera afrontar las sordideces de la existencia.

Fotos: Pablo Mollón

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