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La invasión

por | 19 mayo 2021 | Opinión

Un submarinista de la Guardia Civil rescata a un bebé marroquí. Foto: Twitter Guardia Civil

Desde el comienzo de la crisis migratoria y humanitaria en Ceuta, la nueva ultraderecha ha intoxicado las redes sociales para continuar la campaña deslegitimadora contra el Gobierno de España. Esta vez el dardo ha sido “invasión”, y el uso específico del término una elección precisa para potenciar qué se pretendía transmitir. Lo que en tiempos de un PP duro, antes de la escisión, hubiera sido “cierre de fronteras”, ahora es un retorno a la terminología de la historiografía y la política tradicionalista española de finales del siglo XIX, la que forjó el ideario del militarismo africanista español de hace cien años: la de los oficiales que planearon y ejecutaron más tarde un golpe de estado contra la II República.

Hay pocas diferencias entre cómo Mohamed VI y Abascal tratan a las clases desfavorecidas de la ciudadanía marroquí. El primero las usa como arma arrojadiza, de la que prescindir ahogada bajo el mar, en un pulso geopolítico perverso, y el segundo las convierte en el primigenio enemigo invasor del año 711, que cortó la falsa continuidad hispánica entre los visigodos y los reinos cristianos de la imaginaria “reconquista medieval”. Este regreso a los esencialismos y a los mitos nacionales, superados por la investigación historiográfica desde hace décadas, son incompatibles con los valores del parlamentarismo democrático de la segunda mitad del siglo XX, esos que parecen no compartir ni el soberano magrebí que martiriza súbditos, ni el cruzado pelayesco que retoma la cetrería del Águila de San Juan para difundir ficciones imperiales.

Decía Keynes que “las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como erróneas, tienen más poder de lo que comúnmente se entiende. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista muerto”. Lo que está ocurriendo en este país, desde que vuelven a tener voz los transmisores de odio, es que han introducido en el debate de la sociedad civil de hoy marcos teóricos del pensamiento español del último periodo de la Restauración, y de la Dictadura de Primo de Rivera. Y esto, en periodos de convulsión, es una llamada a la inestabilidad social, y la deshumanización del “otro”, que conservadores, democratacristianos y liberales (si es que estos aún existen o alguna vez lo hicieron) deberían atajar sin fisuras.

Volver a la invocación primaria no es una excepcionalidad española, el Frente Nacional francés, nacido como reacción a la descolonización de la sociedad civil argelina, es una fábrica de recuperación de paraísos perdidos (desde Juana de Arco a la III República), obviamente todos ellos reconstrucciones historicistas que no pasarían el filtro académico pero sí el electoral: el ser humano ama a quien le cuenta cuentos idílicos (el pueblo, la tierra, el mito fundacional) y desprecia a quien se los explica con múltiples aristas y discontinuidades. En definitiva, es difícil encontrar una opción ultranacionalista, en la Europa de 2021, que no realice un mal uso político de la historia para engrosar nuevos votantes y minar, desde dentro, los dos únicos paraísos, prosaicos e imperfectos, que existen en la actualidad: el ayuntamiento de tu pueblo y la Unión Europea.

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