La vida es sueño (y viceversa) FILMOTECA DE VALÈNCIA. 20 Y 21 DE DICIEMBRE.

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Para los espectadores interesados en un cine en el que perderse a la caza de sensaciones, el título del segundo largometraje del joven cineasta chino Bi Gan ya debe sonar como una promesa. La Filmoteca de València rescata el 20 y el 21 de diciembre “Largo viaje hacia la noche” (2018) en su 3D original (en los cines de València solo se pudo ver en 2D). Una anomalía tan bella como enigmática, síntoma del fértil momento creativo -“La ceniza es el blanco más puro” o “An Elephant Sitting Still” serían otros ejemplos de relumbrón- de la cada vez más pujante cinematografía china.

FILMO

Las escenas de Largo viaje hacia la noche, en su primera mitad, están siempre empañadas: llueve en los parabrisas y dentro de las habitaciones húmedas; el agua ondula en los charcos, gotea junto a una lágrima en la mejilla de un personaje. La narrativa que envuelve al protagonista masculino de la película, Luo Hongwu (Huang Jue), parece también empañada, en este caso por los elementos translúcidos, siempre equívocos, del cine negro. Hay una foto con un número de teléfono detrás de un reloj de pared. Hay una mujer misteriosa con un vestido verde (Tang Wei, a la que dirigió Ang Lee en “Deseo, peligro” ) que con frecuencia pide fuego para sus cigarrillos. Hay un pasado que intuimos está lleno de secretos. De esta caja de Pandora brota un mundo recuerdos y obsesiones, una historia de fantasmas y amor servida como un rompecabezas propio del “noir”. Esto también explica la multiplicación de filtros entre el ojo y la acción, que dificulta que veamos las cosas de forma directa. Pero el filtro definitivo llega después de más de una hora de película y divide la historia en dos, dinamitando la distancia de seguridad a través del uso de la gafas 3D; algo así como la entrada en la madriguera del conejo blanco de Lewis Carroll, en la que los elementos del oníricos resultan más vívidos que los contornos siempre esquivos y a veces grises de lo que llamamos realidad.

Posiblemente desde “Inland Empire” de David Lynch, ningún cineasta tan cercano a lo que podemos llamar la corriente principal del cine independiente emprendió un desafío tan radical a la narrativa lineal. Y el logro es todavía más impresionante dado que esta segunda mitad del film, una película tridimensional dentro de un largometraje convencional (se intuye que toda esta parte es un sueño de su protagonista) está contenida en una sola toma de casi una hora de duración. ¿Qué podría ser más lineal que eso? Y sin embargo, sus diversos componentes desafían la disposición lógica a la que nos han acostumbrado, construyendo un dédalo de sugerencias, recuerdos y deseos apenas esbozados que pretenden emular los meandros traicioneros de la memoria, mucho más determinantes que los hechos a la hora de definir lo que somos.

La belleza de este “largo viaje” en el que reverberan ecos de Tarkovski, Wong Kar-wai y Hou Hsiao-hsien radica precisamente en que no viaja a lo largo de un continuo lineal desde el punto A al punto B, y que escapa a cualquier intento de encapsulación coherente. Su sabor se afirma en el desvío, al dibujar un laberinto (con minotauro incluido) que se pierde en la psique cuarteada de Luo; imágenes de una ruina destinada a representar un recuerdo que se está desintegrando, que corre entre los dedos de Luo y le permite ver solo ecos distorsionados de lo que está buscando con tanta ansia. Lo que se construye en este tiempo es todavía más seductor que cualquier cosa que Bi Gan nos haya mostrado hasta ese momento: un fogonazo de romanticismo irracional, tan embriagador como inesperado. Un amor efímero que brilla con la intensidad de una bengala que se niega a apagarse.