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Lila Downs, la voz de la dignidad

por | 5 julio 2015 | Reportajes

Lila Downs ha emprendido a lo largo de su carrera una búsqueda fértil en torno a las identidades. Nacida en México, en un pequeño pueblo del estado de Oaxaca, creció entre dos culturas: la indígena de su madre, una mujer que se rebeló contra la cárcel de su entorno, y la de su padre, un intelectual norteamericano enamorado del país. Después de viajar por el mundo y de empaparse con todo tipo de músicas, tras un desengaño amoroso, decidió volver a sus orígenes, a la música popular mexicana, reencontrándose con las rancheras y los mariachis que habían sido el ajuar de sus antepasados. 

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Una indagación que la condujo a estudiar antropología, aprendiendo a escuchar una maraña de voces silenciadas. En un largo camino en el que la música se reveló fundamental a la hora de procesar esa doble pertenencia, se interesó por las lenguas indígenas, como el mixteco y el zapoteco, en un momento en el que había un gran rechazo hacia ellas: con el tiempo iría incorporando luminosos retales de esta herencia a su repertorio.

Exploró una rica tradición en la que confluyen diferentes líneas: la europea, la indígena, la música negra e, incluso, la asiática: en México sobre el manto del pasado indígena floreció el mariachi, que se convirtió en símbolo nacional; ritmos fogosos que se expandieron en sones abajeños, jarabes, corridos, huapangos y canciones bravías. Jorge Negrete, Pedro Infante o Tito Guízar, dieron a conocer este repertorio, así como la imagen de un México rural convertido en un territorio de leyenda. Muy ligada a esta tradición, la ranchera, que brotó en el siglo XIX y se afianzó tras la Revolución. Mujeres aguerridas como Lola Beltrán, Lucha Reyes o Chavela Vargas cantaron a la vida campesina, a los bares y cantinas, y lloraron con la desmesura de la actriz María Félix.

Tras la muerte de su padre, Lila Downs se fortaleció frente al machismo imperante y decidida a reivindicar el folclore, siguiendo el ejemplo de Frida Kahlo, adoptó los vestidos tradicionales de colores encendidos y complejos bordados que no abandonaría nunca. Se embriagó con melodías de sabor fuerte y aromático como el mezcal, que en sus manos devienen materia libertaria. Rituales antiguos fermentaron junto a composiciones nuevas en discos bendecidos con una producción exquisita: La Sandunga (1999) o Árbol de la vida (2000) bañan lo atávico en sones contemporáneos y ritmos heterogéneos como el bolero, el jazz o el blues, aferrados a un emparrado que se recubre con instrumentos prehispánicos, percusiones autóctonas, sonajas y toques de electrónica. Su voz privilegiada en “La Martiniana” reclama dolores de antaño, sollozos amordazados, esa tristeza extraña que sonríe entre lágrimas, propia de un país en el que, como evocaba Juan Rulfo en “Pedro Páramo”, los muertos parecen pasear entre los vivos.

Con “La Malinche” tendió una alfombra de polvo y canela para reflejarse en el enigma de esa mujer indígena que sirvió de intérprete, amante e intermediaria a Hernán Cortés, convertida durante siglos en emblema de la traición a su pueblo. Concede a este personaje la posibilidad de dar su propia versión de los hechos, siendo para Lila, igual que ella o su propia madre, una mediadora que trenza puentes entre mundos. Y los fantasmas dolientes de “La Llorona”, “Cucurrucucú paloma”, “Zapata se queda”, “Cruz de olvido” (que interpreta a la memoria de Chavela) o “Paloma negra”, se asentaron en su repertorio, como si ellos se impusieran, más que por elección personal. Las rancheras que cantan penas de parranda que no las mata el licor, se destapan como músicas pecaminosas, que, al igual que la copla, están erizadas por una sexualidad selvática, un triunfo del subconsciente popular sobre las prohibiciones.

Mercedes Sosa, cantora del folclore argentino, le sirvió de brújula, con ella hiló “Tierra de luz”, una canción que sabe de exilios, con un mensaje insumiso que provocó recelos. Una controversia que creció con La línea (2001), que mostró las heridas que causan las migraciones, la marginación indígena y sucesos como la matanza de Acteal en Chiapas. Gracias al trabajo de figuras que como Lila han ahondado con rigor y sensibilidad en la exuberante herencia de su nacionalidad, sus perlas y puñales se reivindican ya con orgullo. Pecados y milagros (2011) es un retablo que alude a la tradición mexicana de los exvotos, que consiste en mandar dibujar un milagro que haya sido concedido durante la vida. Una celebración de diferentes raíces que conviven, se encuentran y se enriquecen; cuando el cruce de culturas, de sonoridades, no se vive como un conflicto, es una ganancia. Aunque su activismo no ha cesado, ha desterrado el sentimiento de vencedores y oprimidos de estas músicas, reivindicando un legado milagroso visto como una preciosa pieza de artesanía callejera y nocturna. Composiciones como “Palomo de comalito” enredan a la Virgen de Juquila y a las mujeres que muelen el maíz con el pop más contemporáneo; bebiendo de lo viejo, esboza horizontes que todavía tienen que ser conquistados.

Balas y chocolate, tal vez el disco más radiante de su trayectoria, festeja el mundo de los difuntos, de esa forma tan peculiar, valiente y luminosa, continuadora de los cultos precolombinos. Si las tumbas mexicanas se recubren de ofrendas en forma de chocolate, considerado un manjar de los Dioses, tabaco y tequila; este arrebatado manojo de canciones estalla como un tapiz policromado: tocadas por la dulzura de las cerezas “Cuando me tocas tú” y “La promesa”, forman parte de un musical que llevaría los escenarios la novela “Como agua para chocolate”, en la que su protagonista, Tita, condenada al silencio, utiliza la gastronomía para lanzar en secreto mensajes eróticos subversivos; y con “Son de difuntos”, Lila nos propone una caricia, un bálsamo fecundo contra el desconsuelo.

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