Los 7 de Chicago: lo que Sorkin nunca nos cuenta ANÁLISIS

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Las creaciones de Aaron Sorkin son ficciones monumentales de las que uno es incapaz de apartar la mirada. Nos acercan a un mundo feliz, el de los líderes presidenciales moralmente superiores, el de los periodistas que levantan redacciones. Todo está sobreactuado de idealismo. Irresistible idealismo. Y es que, las explicaciones simples, que incluyen un chivo expiatorio, siempre son más reconfortantes que la autocrítica y el diagnóstico minucioso sobre nuestras propias debilidades.

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El juicio de los 7 de Chicago es una maravilla maniquea, en la que el bien y el mal son omnímodos, hay pocos perfiles poliédricos, no hay demasiadas aristas que den opción al debate ideológico pormenorizado, predominan los estereotipos que facilitan la creación de un relato unidireccional, el de la fantasía demócrata estadounidense: Nixon, un ángel exterminador plenipotenciario, acabó con nosotros. Cuando parte de la realidad es que aquella generación contracultural estadounidense, aquella izquierda atomizada e incapaz de asumir tácticas electorales ganadoras, se autoinmoló en aquellas revueltas de 1968. Intentar una revolución si no tienes las armas es como abordar un bocata en La Pascuala sin dientes.

Si alguien desconoce la historia contemporánea de los EE.UU., al acabar de ver El juicio de los 7 de Chicago pensará que Nixon intentó destruir, mediante un juicio político, a los soñadores, librepensadores, minorías y universitarios liberales americanos. Existe un consenso historiográfico sobre la figura de Richard Nixon: no fue el mejor presidente de los EE.UU., pero tampoco cabe duda que ni su legado, ni sus políticas, explican la travesía demócrata por el desierto desde 1968 a 1993.

Nixon gobernó seis años más, arrasó en las elecciones de 1972, y no lo echaron las urnas, sino el Washington Post en 1974 (Watergate). Desde entonces, y hasta la llegada de Bill Clinton (1993): 15 años de presidencias republicanas y 4 años del bueno de Jimmy Carter (demócrata). Parte de la izquierda americana de los años 60 no sólo se saboteó a sí misma en un momento crucial, sino que cuando Reagan reinaba en el mar de los brokers neoliberales, ellos, ya en la mediana edad, estaban surcando la ola de billetes. Aunque esa es otra historia, una que Sorkin no quiere contarnos, y es que, tal vez, la realidad estadounidense de los últimos 50 años se parece más a lo que nos relataban Frankenheimer, Lumet o Pakula, pero preferimos seguir creyendo a quien nos narra los mitos autocomplacientes.