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Los Radiadores y el lugar donde vive el rock

por | 4 mayo 2015 | Cultura pop

Los Radiadores vuelven a la actividad discográfica con la edición de Gasolina, santos y calaveras (Bonavena Música, 2015), un disco contundente con el que amplían y mejoran la propuesta sonora que apuntaban en sus anteriores lanzamientos, reafirmándose como uno de los principales estandartes de ese rock de hechuras clásicas y actitud canalla, que tantas horas de gozo ha proporcionado a aquellos que disfrutamos con un buen riff de guitarra.

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Desde que publicaran aquel primigenio mini-LP titulado Bienvenido (Flor y Nata Records, 2011), la banda de Raúl Tamarit, Sergio Domingo, José Antonio Nova “El Joven” y Vicente Vila “Metralla”, ha mantenido una sólida hoja de ruta que ha dirigido con pulsión firme y grandes aciertos estilísticos una trayectoria hasta la fecha impecable; partiendo de la base de unas influencias reconocibles, que van desde el pub-rock al punk de The Clash y Ramones, pasando por la lírica cruda de 091 y Los Enemigos, el post-rock ochentero, el psychobilly o el rock urbano de Burning, han sabido añadir matices nuevos que diferenciaban cada nuevo lanzamiento del anterior. Así ocurrió con la edición de Manual de supervivencia (Bonavena Música, 2013), un LP que apuntalaba los aciertos de su debut con un mayor despliegue de energía y fuerza melódica, y así vuelve a suceder con este nuevo álbum.

La canción que titula el disco da el pistoletazo de salida de forma fulgurante, con un sonido próximo al punk ’77 gracias a esas guitarras afiladas y una letra desafiante y directa. Le sigue “A cabezazos”, una delicia post-punk que recuerda los mejores momentos de Joy Division, gracias a esa fantástica línea de bajo, repiqueteante y obsesiva, para dar paso a la más pop “Tiempos de destrucción”, poseedora de una melodía de lo más adictiva. “Buzo” es un tema que juguetea con el blues más clásico pero que resulta irresistible gracias a unas percusiones de aroma latino, mientras que en “Sin dejar de sonreír” las guitarras ganan en octanaje para facturar una canción rotunda como un puñetazo en el mentón. “Hasta el final” es un magnífico ejercicio de psychobilly a lo Cramps, en el que destaca el diálogo entre la guitarra rítmica y solista, siendo además el nexo perfecto con la versión que se marcan de “El hospital” que grabaran en su día Alaska y Los Pegamoides; Los Radiadores la llevan con maestría a su terreno, con una particular cadencia rítmica, unos coros estupendos y un guiño final al Ziggy Stardust de Bowie que pone la guinda perfecta a un tema redondo. Los Ramones asoman con fuerza la cabeza en “Un nuevo imperio”, un tema sencillo y certero, con guitarras tocadas a todo trapo y cierto aire a ciencia ficción que se hará más evidente en “On y off”, con referencias a Philip K. Dick, en un nuevo ejercicio de punk sin concesiones. Lo mejor queda para el final, “Círculos concéntricos” es una auténtica maravilla en la que las guitarras vibrantes coquetean con pasajes lisérgicos, creando así una suerte de punk psicodélico de ambientación espacial donde el estribillo se eleva como un cohete.

En conjunto, Gasolina, santos y calaveras es un artefacto con empaque, lleno de matices desplegados con sentido y sensibilidad que dotan de complejidad y variedad a un repertorio, por otra parte, unitario en sus niveles de calidad, emoción y musculatura. Una nueva muesca en el revólver de una banda que tiene muy claro dónde tiene que apuntar para disparar de pleno a nuestro corazón de rock & roll.

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