Low, entre el candor y el escalofrío

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Algunos dirán que la música de Low resulta fría, pero no hemos de engañarnos: bajo la gélida superficie de las aguas nos encontramos con la misma frialdad abrasada que se oculta en la perfección geométrica de los encuadres de Kubrick o en las lacónicas composiciones de Fassbinder. La frialdad llameante de una elegante heroína de Hitchcock, capaz de lanzarse a los abismos de la pasión sin alterar su rostro de esfinge catatónica.  El 24 de octubre en el Deleste Festival presentarán su último trabajo, Ones & Sixes.

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Una línea de bajo suave, pero al mismo tiempo amenazante, introduce “Words”la primera canción de I Could Live In Hope, el disco debut de Low en 1994. Bajo la sombra de un peligro que se cierne sobre una calma sólo aparente, la voz de Alan Sparhawk se unirá a la de Mimi Parker para crear a lo largo del disco un flujo sonoro que siempre corre el riesgo de verse quebrado.

“Slide” lanza un conjuro que nos hipnotiza y nos transporta por primera vez a esos espacios ultraterrenos en los que Low sabrá instalarse confortablemente. El canto de Mimi Parker parece un sugestivo encuentro entre Tim Buckley y Hope Sandoval, y se resuelve en una especie de susurro etéreo con la misma capacidad evocadora que los balidos celestiales de Elizabeth Fraser, la vocalista de Cocteau Twins. Con una frialdad quemante Low establece corrientes internas que logran transmitir el dolor de forma virulenta, y construye un disco turbador que libera al rock de estereotipadas explosiones de rabia adolescente, ligadas a una celebración de los instintos primarios convertidos, en muchas ocasiones, en poco más que una sucesión de clichés.

Long Division, su siguiente disco, nos propone adentrarnos en un paseo iluminado por un astro glacial en el que las melodías avanzan a cámara lenta, y la batería más que producir ritmo guía de la mano a las canciones. El sonido se hace más minimalista, aparentemente más estático, y si cabe más ascético. La música evoca estados de calma pero sigue siendo una calma ilusoria en la que subyace una tensión evidente. No podemos confiar en las aguas mansas. “Violence” podría ser la banda sonora de “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú” de Kubrick en los instantes que preceden a la catástrofe; es sorprendente que una música tan serena pueda ser al mismo tiempo tan inquietante.

Tras un periodo de transición que da lugar a híbridos que abrazan el pop y se desenvuelven en atmósferas caprichosas, nos llegó Things We Lost In The Fire que alcanza el nivel de sus dos primeros discos y cristaliza por fin las transformaciones que presagiaban en su obra posterior. Nos encontramos con elementos que ya conocíamos: la lentitud (ahora ya no tan exasperante), atmósferas oníricas y melodías suaves. La inicial “Sunflower” es ya todo un manifiesto programático; una batería apremiante abrasa, y las voces de Sparhawk y Parker dibujan una melodía memorable que el piano despedaza con un sonido de vidrios rotos a mitad de la canción. En “Embrance” Parker declama una oración, al estilo de las salmodias recitadas por Nico, y el violín la acompaña en primer plano; las puertas del paraíso nunca estuvieron tan cerca de nosotros.

Pero Trust, su siguiente disco, se encargará de clavar una daga envenenada en mitad de nuestro pecho. Se trata de una larga misa de réquiem, el álbum más doloroso de Low. Espacios de pesadilla sobre los que se derrama luz sin calor se resquebrajan y sentimos el aleteo del fantasma de los Swans. “Point Of Disgust”  despliega una soberbia melodía que se ve interrumpida por el sonido lacerante de la lluvia. Un otoño plomizo se abriga con un sudario.

Su siguiente aventura, Drums And Guns, se lanza a la búsqueda de fantasmas y de un tribalismo embrujado. Cuenta historias de monstruosos vándalos y arcángeles que mezclan el candor con el escalofrío. “Take Your Time” nos envuelve en una bruma sonora, soñamos con unas aguas tranquilas y nos llega el tañido de las campanas invisibles de una catedral sumergida. Un episodio flotante, que nos hace escuchar el eco de un órgano subacuático. Pero esta arquitectura temblorosa se desvanece, como el reflejo de algo oculto en las profundidades del pasado.

Si “Drums And Guns” lanzaba una mirada oscura a destinos condenados al naufragio emocional, las canciones de C´mon se recuestan en un terreno más clásico y acogedor. Grabado en el Sacred Heart Studio de Dululth, una hermosa iglesia desconsagrada, nos encontramos con un rosario de canciones que  flotan suspendidas en una dimensión temporal paralela, entre caricias nebulosas y elegías que arañan la piel. Más cercanos que nunca al folk, se presentan como un grupo que recoge una apacible tradición americana y la pone a luz del Maelström, torbellino implacable que enturbia y hace peligrosas las aguas, amenazando con engullirnos. El abismo cósmico y cotidiano reformula las estructuras clásicas y exorciza sus propios demonios. Nada de oropeles, no hay espacio para experimentaciones y travestismos en este conmovedor ejercicio de despojamiento.

Pero el paso del tiempo, y el rescate de las cosas que quedaron sepultadas sigue preocupando a Alan Sparhawk. “Plastic Cup”, que abrió The Invisible Way, imagina un futuro en el que unos arqueólogos excavan las ruinas de América. Encuentran una taza de plástico usada para hacer una prueba de orina y se preguntan si tal vez fue el cáliz de un rey. Sparhawk lanza esta pregunta absurda y hace sonar su guitarra como un enjambre de insectos. Teje una sinfonía de suspiros en la que cada cambio de acorde es un mordisco, y en la que la producción de Jeff Tweedy, líder de Wilco, ha inducido a un afortunado giro hacia el country rock.