Madrid contra España, nos va la vida en ello

por | 25 septiembre 2020 | Opinión

 Foto: Díaz Ayuso por Comunidad de Madrid. Ximo Puig por Presidencia de la Generalitat Valenciana. Creative Commons

En 1812 los liberales españoles intentaron crear una nación. Lo hacían bajo la presión de una guerra contra el Imperio Napoleónico, con una jefatura del Estado borbónica secuestrada en Bayona, y por tanto, con un vacío de poder, que les favorecía para erigirse como protagonistas, pero les restaba legitimidad entre otros grupos, que pugnaban por un territorio invertebrado y desestructurado por el conflicto armado. Aquellos padres de la Constitución de Cádiz optaron por el modelo jacobino francés, pero la Monarquía Hispánica, que pretendían transformar en España, no era Francia, y, sobre todo, Madrid no era París. Hoy, tras cuatro puntos de inflexión en la historia común: 1898, 1936, 1978 y 2020, algunos lo siguen pensando.

Ayuso es el reflejo de un antipolitik basado en el márquetin, los sondeos de popularidad y los laboratorios paleolibertarios de Faes. Y cuando la mano invisible del mercado es quien dicta las políticas sanitarias, la gente muere. Desde la escenografía norcoreana de Puerta del Sol la presidenta verbalizó, por primera vez en democracia, un Madrid es más España que el resto. Una especie de autoproclamada jefa del Gobierno central o III Reina regente María Cristina, en la sombra, abrió la caja de Pandora, que hoy se pone de manifiesto con las medidas de restricción que aplica en contra de las recomendadas por el Ejecutivo central, por la Unión Europea y por la OMS (sálvese quien pueda), y es que, además, lo que ya está en el tablero político es el reparto de las futuras ayudas de la Unión Europea.

En València han tomado nota, y la nueva tercera vía valenciana, (término que podría definir un nuevo modelo para profundizar el Estado autonómico, entre el jacobinismo madrileño, válido tanto para la Comunidad de Madrid como para el Gobierno central dependiendo de cómo sople el viento del spin doctor de turno, y el independentismo catalán), podría encontrar cierta adhesión no sólo entre la izquierda del resto del país, sino también en el otro Partido Popular, ese que dirige Feijóo en Galicia, y al que se podrían sumar otros barones regionales. A todos los que vivimos extramuros de la M-50 nos va la vida en ello.

En 2020 no es necesario que todos los habitantes del Estado crean que España es su nación. No lo será nunca, y eso es sano, además de legítimo. El fracaso relativo del liberalismo español del XIX, que intentó la construcción nacional, a la vez que vertebraba un Estado devastado por la caída de las estructuras administrativas del Imperio colonial y por las múltiples guerras civiles carlistas decimonónicas, desembocó (como podría no haberlo hecho, huyamos del determinismo) en una dictadura militar ultranacionalista (1939-1975), que no hizo sino dinamitar las opciones de integración voluntaria a la construcción nacional una vez llegada la democracia.

El futuro inmediato, eufemismo para “dinero europeo”, es la gran oportunidad de ahondar en un Estado complejo, que defina con claridad las competencias de cada administración (Gobierno central, CC.AA. y ayuntamientos) y que coordine eficazmente las políticas públicas de éstas, para evitar el ruido y la búsqueda de responsabilidades (que siempre son de otro) que alimenta a una parte de la clase política y acerca a los ciudadanos a la desafección y a los populismos.

Lo que llegó desde Europa en 1823, para acabar con la incipiente ilustración liberal española y restaurar el absolutismo borbónico, fueron Los 100.000 Hijos de San Luis. Ahora, llega un maná de 140.000 millones de euros para convertir un Estado inacabado y descoordinado, que en parte explica la dureza de los datos de mortalidad pandémica española en comparación con el resto de la UE, en un país del que no querer escapar.

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