Maika Makovski, viaje a Ítaca

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La programación de este año del festival Nits al Castell de Xàtiva reúne con mimo a un puñado de artistas de reconocido prestigio en diferentes ámbitos: Raimundo Amador, Els Amics de les Arts o Juan Perro. El sábado 21 tendrán lugar, en realidad, dos conciertos sucesivos: el de Maria Arnal i Marcel Bagés, con una de las propuestas más estimulantes de la escena estatal, y el de Maika Makovski, que presentará junto a el Quartet Brossa “Chinook Wind”. Hablamos con la artista mallorquina sobre este disco que recoge la montaña rusa de experiencias que fue para ella su primer viaje de adulta a Macedonia, la tierra natal de su padre. Una experiencia que, afirma, le cambió la vida.

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Grabaste “Chinook Wind” en Bristol. Sin embargo, el disco le debe mucho a Macedonia, donde conectaste con los orígenes de tu familia en un momento particularmente complicado para ti, ¿esta búsqueda resultó terapéutica?

Fue increíblemente sanador encontrarme con mis raíces, pero no fue una búsqueda… Me fui a Macedonia a encerrarme entre cuatro paredes y escribir canciones, y me topé inesperadamente con mis raíces, con mi familia y mi otro país, que hasta entonces había sido desconocido para mí. Entre todos me abrieron en canal para que saliera lo que debía salir y entrara lo mejor.

En este disco te lanzas a explorar un sonido diferente, ¿ha sido una forma de declinar, aunque sea de forma muy personal, la influencia de estas vivencias y de las músicas que encontraste?

La música balcánica es de una enorme riqueza. Estoy de acuerdo, es una música bellísima que bebe de innumerables fuentes. Pero cuando grabé “Chinook Wind” no podía incorporar nada de esas músicas a la mía porque no las conocía lo suficiente y no tenía el vocabulario para hacerlo. Ahora sí, después de varios años de indagar, conozco muchos de sus compases y sus tiempos partidos, algunas de sus idiosincrasias, y creo que podría incorporarlo a mi música sin tanta dificultad. Pero en “Chinook Wind”, Macedonia sólo revolotea como una experiencia emocional. Una muy importante, pero sin impronta estilística.

El homenaje a estas tierras se hace explícito cuando bautizas ‘Makedonija’ una de sus piezas. Esta exrepública yugoslava ubicada al norte de Grecia tiene en su frontera a Idomeni, refugio desesperado de los sirios que huyen de la barbarie de la guerra civil. Tal vez deberíamos recordar que todos en cierta medida somos responsables de esta situación.

Me gustaría mucho sentir como tú, porque si pensara que los ciudadanos somos responsables también pensaría que podemos hacer algo significativo para ayudar realmente a toda esa pobre gente que está pasando unas penurias que no hay derecho alguno a que se permitan y se ignoren e incluso se fomenten de la manera en la que se permiten y se ignoran. Conozco a mucha gente que ha puesto su granito de arena, gente que fue de voluntaria a Lesbos, gente que ha destinado los beneficios de sus obras a ayudar. Nosotros mismos tocamos con otros muchos artistas para recaudar, pero qué impotencia poder hacer tan poco y no poder llamar la atención de los que creo que son los que podrían de verdad ayudar y los verdaderos responsables: los líderes políticos, como lo fueron en su día en la guerra de los Balcanes. Ellos son los que llevan revolviendo el avispero durante años y años y los que ahora desoyen tanto a los ciudadanos que queremos ayudar como el dolor de los que caminan o esperan en condiciones infrahumanas o se juegan la vida en el mar.

Este viaje a la raíz dio lugar también a ‘CarMenKa’, un concierto que en su título funde los nombres de tus dos abuelas, la sevillana Carmen y la macedonia Menka. Curiosamente dos procedencías que parecen tender a lo dramático en lo musical. En el repertorio seleccionaste música impresa en el adn de tu familia: copla, rumba, una canción de trabajo mallorquina, y piezas tradicionales macedonias. ¿Cómo fue la experiencia?

Maravillosa y dura a partes iguales. Lo más parecido a un folclore propio para mí es el rock, así que, a pesar de tener la sangre que tengo, ¡tuve que estudiar! Pero fue una maravilla aprender de maestros como Stefce Stojkovski y emocionante poder tocar para mi familia haciendo honor a nuestras matriarcas.

Para los indígenas que poblaban la Canadá más remota, los vientos Chinook eran los responsables del deshielo. Los impresionantes paisajes de este país dejaron también su huella en el disco en uno de sus momentos más potentes.

Sí, “Canada” es una canción muy impresionista y creo que pinta un cuadro fiel de lo que vi y de lo que viví allí… los paisajes abiertos, nevados, tan grandes y silenciosos, el calor del fuego, como el viento Chinook que ya describes, que de la noche a la mañana ha subido la temperatura 30 o 40 grados…

Con “Chinook Wind” se podría decir has vuelto a casa en lo musical. Supongo que trabajar con alguien con tanto bagaje y que conoces bien como John Parrish, tiene que propiciar una seguridad, una complicidad muy especial a la hora de indagar en nuevos terrenos.

Sobre todo fue un alivio no verme completamente sola ante el peligro. Por primera vez fui a grabar sin banda, y eso me daba vértigo. Así que tenerle a él que, como dices, ya era alguien con quien había trabajado y con quien me sentía confiada, fue una catapulta en mucho sentidos. Es de verdad un productor extraordinario.

El rock es más que una escala pentatónica. Es una actitud escénica y una manera de entender la música. Es una energía libre, perfectamente imperfecta y donde el estómago es tan importante como la cabeza”

Has estado presentando el disco en teatros. ¿Estos lugares dan pie a que se establezca una relación más íntima con el público?

Desde luego se genera una energía opuesta a la dispersión que suele dominar en los festivales. Ha sido una gira de teatros. Y ha sido una maravilla, porque era exactamente lo que necesitaba la música. Hemos tocado en sitios maravillosos. El Arriaga, el Lara, el Valdés… He sido muy, muy estricta con los espacios donde íbamos a tocar y hemos dicho que no a muchas propuestas donde tocar esta música no tenía sentido más que económicamente, pero el dinero no fue nunca la razón por la que me dedico a esto.

Ocupar estos espacios es quizá también una de forma de borrar marcas distintivas entre el rock y las artes escénicas, entre la alta y la baja cultura.

Estaría bien que fuéramos capaces de superar estas etiquetas. Estoy completamente de acuerdo. Sobre todo pienso que la música debe partir de un criterio personal que está conectado con las emociones de cada uno. Los prejuicios son un cáncer que, por suerte, esta generación está erradicando.

El Quartet Brossa, una formación estupenda, te acompaña aportando un lirismo estremecedor. Sin embargo, la pulsión roquera sigue estando presente.

Soy de la opinión de que el rock es más que una escala pentatónica. Es una actitud escénica y una manera de entender la música. Es una energía libre, perfectamente imperfecta y donde el estómago es tan importante como la cabeza, y a veces todavía más. Y el Quartet Brossa tienen lo mejor de cada casa: la sabiduría y la actitud.

“Desaparecer” nació de la propuesta que Calixto Bieito te hizo para estrenarte como actriz. Además pusiste música a los textos que recitaba Juan Echanove en torno al sombrío universo de Poe, y te reconciliaste con el piano ¿Qué te aportó esta nueva faceta?

Era un placer representar la obra cada noche. Adoraba los textos, a Juan, la escenografía… y me siento muy orgullosa de las canciones que compuse. Fue una experiencia muy expansiva y me permitió ahondar en el concepto de la evasión, que siempre me había interesado. ¡Escribí un álbum conceptual por primera vez gracias a ello!

Colaboraste de nuevo con Bieito en ‘Forests’, un espectáculo que ponía a andar los bosques que pueblan el teatro de Shakespeare. Y has rescatado en este disco “Father”, una de las composiciones que escribiste para esta obra.

Se trata de una canción inspirada en un diálogo entre Ofelia y su padre, Polonio, en “Hamlet”. El resultado transciende lo teatral. Es cierto que es un diálogo íntimo entre ellos dos, pero yo la veo por encima de todo como una canción alegre sobre la inocencia y las ganas de vivir experiencias llamativas que siente una adolescente.

En breve te podremos ver en un programa de música en directo para La 2 que se llamará “La hora Musa”. Da la impresión de que la música había venido siendo ninguneada en televisión en los últimos tiempos. ¿Cómo encaras este proyecto?

Pues me encomiendo a todo… porque es otra experiencia nueva y tiene una carga de responsabilidad extra. Los “hombres de gris”, como diría Ray Davies, llevan años diciendo que la música no interesa en la tele, y a todo el equipo nos gustaría mucho probarles que estaban equivocados. El plató es impresionante, el sonido es buenísimo, y espero que la presentadora, que soy yo, esté a la altura. Querría sinceramente ayudar a que la gente conozca la esencia de los artistas y las bandas que pasen por el programa y se interese por saber más de sus carreras.