Martillo

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Mi meta durante la próxima hora es sencilla: Sentarme frente al ordenador y escuchar, prestar atención a aquello que quiere ser escrito. Lo hago a menudo. Trabajar sin plan, con la mente abierta. Entonces es la idea quien me busca y mi tarea se vuelve simple. Soy como un martillo que golpea teclas. Ese es el enfoque sobre mi trabajo que menos miedo me da y más libertad me permite.

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La tarea se vuelve humilde. Escribir una letra detrás de otra, una palabra y después la que sigue. Eso puedo hacerlo con confianza. Si pienso en que quiero escribir algo bonito o profundo o gracioso, mi propia expectativa sobre el resultado del trabajo me presiona y entonces, con mi pequeño ego dirigiendo la acción, me cuesta encontrar algo valioso que compartir.

La dificultad consiste en desaparecer, en volverme invisible, una herramienta para que algo más grande y sabio me pueda utilizar.
Imagina que necesitas usar un martillo para colgar un cuadro pero el martillo tiene sus propias ideas sobre cómo hacer las cosas. Entorpecería el proceso, sin duda.

El martillo sirve cuando golpea en el lugar indicado, en el momento en el que se le necesita. Y es que, aunque sea doloroso para el ego del utensilio asumirlo, lo importante no es él. Lo importante de verdad es colgar el cuadro.

Y eso que el martillo importa mucho, eh. Sin el instrumento disponible la tarea de colocar el cuadro en la pared será más complicada. Pero con un martillo empeñado en tener la razón, en manejar algo que claramente le sobrepasa, en destacar, pues tampoco hay mucho de valor que ofrecer ahí excepto la limitadísima perspectiva del pequeño objeto.

Un instrumento usado en la creación del decorado de una hermosa obra de teatro, que sea uno con ella, que no interfiera demasiado y no se empeñe en ser el protagonista, ese es el buen martillo, el que asume su papel de colaborador y deja que quien sabe más golpee a través de él.

El martillo es necesario y valioso, por supuesto. El pensamiento del martillo sobre su propia importancia es lo que no sirve. Su grandeza es confiar, dejarse llevar y no ofrecer resistencia a la mano que le necesita para golpear.

Y una última cosa: el martillo no es violento aunque golpee, ¿vale? Está dando golpes sobre un escenario, en el decorado, para que en el desarrollo de la obra podamos aprender cosas, mostrar verdades, explicar la realidad. El martillo del que te hablo no golpea carne ni revienta cráneos. Puede hacer mucho ruido, sí, pero solo golpea madera, actúa en la escena, modifica el escenario y lo moldea para transformarlo sin dañar a nadie. Be martillo, my friend.