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Melody Gardot: mientras la ciudad duerme

por | 21 junio 2016 | Reportajes

Melody Gardot no estaba segura. Las fracturas de su pelvis imposibilitaban que pudiera estar sentada más de diez minutos seguidos, tenía pérdidas de memoria a corto plazo, sufría fuertes dolores de cabeza, y había desarrollado una aguda sensibilidad a la luz -sus características gafas oscuras no son un capricho de diva-.

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El mundo de esta muchacha de 19 años, aficionada al dibujo y a Duke Ellington, se había hecho añicos al ser arrollada por un todoterreno que se había saltado un semáforo en rojo. Pero esa mañana su madre le había llevado su guitarra al hospital. Melody Gardot, a pesar de no tenerlo claro, se decidió a tomar el instrumento y esbozó unos acordes. Y todo comenzó a cambiar. La artista comprendió que cualquier circunstancia, por dura que sea -como decía la escritora Isak Dinesen- puede llegar a ser tolerada si nos la contamos dentro de una historia. “Por aquel entonces me sentía como si estuviera dentro de la película La escafandra y la mariposa”, afirma. La musicoterapia resultó clave en su recuperación y Gardot volcó su incertidumbre en composiciones que dieron como resultado un EP de seis canciones que había grabado en su habitación. Llamó fuertemente la atención y fue determinante para que apareciera el disco Worrisome Heart (2008).

La confirmación llegó con My One And Only Thrill (2009), que la convirtió en una estrella planetaria, rebasando los minoritarios confines del jazz, e hizo que su nombre se relacionara con Norah Jones, Madeleine Peyroux o Diana Krall. Su música, recubierta con aterciopeladas atmósferas noir, se deja contaminar por influencias diversas, arrastrando los dramas antiguos de Édith Piaf hacia el rock y el country. La producción, refinada y sobria, fue bendecida por el toque de barita de Larry Klein, mientras que Vince Mendoza realiza un trabajo primoroso en los arreglos. Composiciones originales que, extrañamente, dan la impresión de formar parte del cancionero clásico: “Baby I’ḿ A Fool” seduce con clase y convoca con su sofisticación el fantasma de George Gershwin; mientras que en “Les Etoiles” – recordemos que la artista ha conducido a su terreno “La vie en rose” o “La chanson des vieux amants” de Brel- realiza un trémulo homenaje a la chanson francesa. Al verla ahora, con su belleza marmórea enmarcada por una melena a lo Veronica Lake, nadie adivinaría su pasado, pero su voz, mórbida y luminosa, nos lo revela: parece la de una persona mucho mayor, La única versión que se permite en este disco es la de la icónica “Over The Rainbow”, que cantaba Judy Garland en “El mago de Oz”, y que Gardot adormece con ritmos de bossa nova.

Nuevos acentos que eclosionarían en The Absence (2012), que nace de la necesidad de huir del encasillamiento al que le hubiera podido conducir el desmesurado éxito de su disco anterior, sin temer el rechazo que pueda ocasionar su naturaleza de artista mutante. Enamorada de estampas y mapas, corrió por el mundo a la caza de nuevas sonoridades (bossa nova, fado, flamenco, acentos árabes…). Infectada felizmente con las músicas de otros, sus composiciones devienen más coloridas, aunque, de forma milagrosa, continúan siendo jazz sin serlo. Pero también descubrió que los lugares más soleados pueden esconder las realidades más sombrías.

Tras participar en disco en torno a la figura de Nina Simone, en Currency of Man (2015) mira hacia al blues que había escuchado en Philadelphia, su ciudad natal. Un lamento que brotó como un extraño fruto del dolor, con el que siempre siempre se ha sentido particularmente identificada. Aborda el racismo, todavía bien presente en la sociedad americana, en “Preacherman”, un blues doliente al que acompañó un poderoso vídeo en blanco y negro, una suerte de pietà moderna, en el que se cuenta la historia, hoy olvidada, de Emmett Till, un muchacho negro de catorce años que fue asesinado en 1950. Su crimen: tontear con una chica blanca. Emmett -al que Bob Dylan y Vinícius de Moraes dedicaron composiciones- se convirtió en un símbolo por la lucha por la igualdad antes de la aparición de Martin Luther King.

Gardot, una artista a la que salvó la música -por una vez no se trata de un cliché-, harta ya de contar su historia, ahora narra las de otros: describe a personajes con los que se ha encontrado, a menudo de noche, en Los Angeles. Personas que habitan en los márgenes de una sociedad implacable que rara vez les permite dar su versión de los hechos: una prostituta menor de edad alza la voz en “She Don’t Know”; asoma también un músico callejero que ha perdido hasta la música porque le han robado su armónica, o emigrantes ilegales que huyen de la violencia que se vive en El Salvador. Incluso nos topamos con un predicador que, por una irónica pirueta del destino, se ha convertido en uno de los extraviados a los que pretendía redimir. “Con él hablé durante horas acerca de la Biblia. Yo soy budista, pero me fascinaba su forma de entrelazar lo humano y lo divino. Y he comprendido algo: es necesario no perder nunca la humanidad“.

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