Resulta muy complicado abrirse paso en este país a través de proyectos en solitario. Sobre todo, si el crecimiento creativo que comportan se aleja de un brillante pasado grupal. Le ha pasado a Josele Santiago. Le ha ocurrido a Fernando Alfaro. Y le ha llegado el turno también a Joaquín Pascual.
No es fácil entonces labrarse un público fiel. Y mucho menos numeroso. Quizá por eso todos acaben volviendo a reagrupar a sus bandas. Aunque es posible que la perspectiva que otorga el tiempo esboce la medida real acerca de si necesitamos volver a disfrutar de aquello que tanto nos tocó la fibra sensible en su tiempo. ¿Son suficientes cinco, siete o diez años para añorar a una banda? ¿Justifica esa ausencia (la mayoría de las veces, no sobrevenida, sino como punto y final a una trayectoria que no podía dar mucho más de sí) el recurrente retorno? Mercromina se despidieron en 2005 con «La montaña más grande del mundo» (Subterfuge). Un álbum excepcional que, no obstante, suponía un perfecto cierre del círculo que habían abierto diez años antes, con aquel «Acrobacia» (Subterfuge, 1995). Fue el corolario perfecto a una carrera que parecía haber explorado ya todas sus posibilidades expresivas, y que cerraron con una amplia gira.
Ahora, diez años más tarde y con la estimulante trayectoria de Joaquín Pascual entre medias, vuelven a la carretera tras la buena acogida que tuvo su aportación al concierto del 25 aniversario del sello Subterfuge el 21 de junio pasado en Madrid. Ya decía Bob Mould que a todo el mundo le gusta poder lucir el nombre de su banda favorita en su camiseta, y no la de cualquier solista. Por eso decidió bautizar su proyecto como Sugar hace más de 20 años, tras unos cuantos álbumes en solitario tras la disolución de los legendarios Hüsker Dü. Y algo de eso hay en la vuelta de Mercromina, pese a que Travolta tratasen de desmentir el axioma de Mould, tantas veces ratificado en los últimos tiempos con realidades inapelables. La dichosa camiseta como metáfora de nuestros desvelos militantes.
El caso es que, por mucho que el regreso de los de Albacete se inscriba en ese inconcluso bucle actual que echa mano de la tupida red de la nostalgia para atraparnos y hacer que nos preguntemos por nuestras circunstancias y las que dicta un presente que por comparación se nos puede revelar como fútil, no va a dejar de ser un placer recuperar el hechizo de las canciones de Mercromina sobre el escenario. Más allá de filias particulares, no editaron ni un solo álbum endeble. Joaquín Pascual, Carlos Cuevas, José Manuel Mora y Carlos Sánchez (Enrique Borrajeros completa ahora su formación de directo) exorcizaron con inusual pericia los fantasmas de la disolución de Surfin’ Bichos con un cancionero apasionante, siempre en progresión. Haciendo de la necesidad virtud y de las limitaciones, potencialidades. El proverbial susurro de un Joaquín Pascual que tuvo que asumir el primer plano vocal, la riqueza de sus arreglos, la asunción de influencias como nutrientes con los que perfeccionar (que no desvirtuar) su molde y, sobre todo, la evocadora capacidad de sugestión de sus melodías: ahí residía el poder de Mercromina, concretado en pequeñas maravillas como “Encadenados”, “Cacharros de cocina”, “En un mundo tan pequeño”, “Sacacorchos”, “Lapislázuli”, “Evolution”, “Media vida entera”, “Chaqueta de pana”, “El libro de oro de la congelación”, “Lo que dicta el corazón” o “Fotos en la niebla”. Con todas sus propiedades intactas, todas desfilan de nuevo por los escenarios de nuestro país, en una gira que comenzó el 31 de octubre en la Joy Eslava de Madrid, y que llega al Espai Rambleta de Valencia el 12 de diciembre. Y entonces, nadie se acordará de la palabra nostalgia.
Foto: Lucila Bristow











