Post rock en Valencia: francotiradores en el desierto

por | 13 noviembre 2017 | Música, Reportajes, València

No es el post rock un lenguaje propenso a empaparse de la idiosincrasia local. Al fin y al cabo, se trata de un género – si es que así se le puede llamar – cien por cien anglosajón y de contornos porosos, pero relativamente moderno como para haberse dejado calar del acervo autóctono de los muchos lugares en los que ha arraigado. Cualquier otro estilo que tenga como anclaje el esquema estrofa-estribillo, la combustión instantánea de una melodía adherente o ciertos efluvios lisérgicos, seguramente tenga más fácil empaparse de ese carácter local que suele cifrarse – es un tópico ineludible – en la manida luminosidad mediterránea.

POST-ROCK-VALENCIARocco, La Muñeca de Sal, Dûrga y Fernando Junquera.

También aquellos discursos en los que permean los géneros de raigambre negra (el soul, el jazz o el gospel, fundamentalmente) son generalmente más propicios a reflejar esa sanguínea joie de vivre con la que se nos identifica. Al post rock se le suelen asignar connotaciones frías y cerebrales, y además ni siquiera cuenta por aquí con el concurso de la dolçaina (coto del rock convencional, el ska y algo de hip hop) para lucir valencianía. No todo el mundo tiene la capacidad (ni el deseo, claro) de los norirlandeses And So I Watch You From Afar para traslucir su herencia. La celta, en su caso.

Pese a ello, o precisamente por ello, el post rock – del que tanto se viene hablando en los últimos meses por esa cíclica rememoración de aquellos tiempos en que éramos 20 años más jóvenes – ha sido en Valencia un empeño de francotiradores. De músicos que, conscientemente o no, han bregado en tierra de nadie, tomando como referentes a correligionarios geográficamente remotos para encontrar una vía de expresión propia. Decir que lo suyo ha sido operar en un campo de minas quizá sería exagerado, pero tampoco se puede afirmar que medrasen en terreno agradecido. Ahí están los discos (algunos, extraordinarios) y la repercusión, exigua más allá del círculo de iniciados.

La Muñeca de Sal, sin ir más lejos, quienes se marcaron un hito al alcance de muy pocos hace tan solo dos años (reunir en torno a sí mismos, en un disco y en un mismo concierto, a Nacho Vegas, Antonio Luque, Fernando Alfaro, Joaquín Pascual o Corcobado, entre muchos más) y tramaron una descollante discografía en esas lides, desde que a finales de los 90 cambiasen a Corcobado – precisamente – por Mogwai (es un decir) en lo alto de su peana. En breve editarán nuevo trabajo, y convendría que fuera recibido como se merece, aunque solo fuera por el excepcional bagaje acumulado – ahí están los discos – y por los galones de haber despachado uno de los mejores y más concurridos conciertos nunca ofrecidos por una banda valenciana en el FIB (en 2002, en su caso). Hablar de post rock en Valencia y no mencionarlos sería un sinsentido.

El post rock  ha sido en Valencia un empeño de francotiradores. De músicos que, conscientemente o no, han bregado en tierra de nadie, tomando como referentes a correligionarios geográficamente remotos para encontrar una vía de expresión propia. Decir que lo suyo ha sido operar en un campo de minas quizá sería exagerado, pero tampoco se puede afirmar que medrasen en terreno agradecido.

Y es que el capítulo de pioneros, sin ser ni mucho menos abundante, sí es pródigo en formaciones que merecen de sobra el rescate, ya sea emocional o simplemente cabal. Como el de los Balano de los hermanos Junquera, esenciales para entender la rama más hercúlea del rock instrumental de la zona, más proclives por su parte a empaparse de la virulencia del post hardcore en unos tiempos – primera mitad de la década de los 2000 – en los que el underground valenciano no era, ni mucho menos, el fértil y bullicioso campo de pruebas en que se convertiría en solo unos ejercicios. La sola mención de todos los grupos a los que darían pie desde su disolución, o a los que marcarían con su sonido y ejemplo, daría para todo un reportaje paralelo, por mucho que en algunos de sus conciertos de la época (uno recuerda el del Colegio Mayor Lluís Vives, en 2002) no fueran precisamente multitudinarios.

Un recinto, por cierto, aquel del Lluís Vives, en el que tampoco era difícil ver a los dianenses Astronaut, el fabuloso proyecto de Eduardo Guzmán, dignísimo estandarte de la vis más reflexiva y serena del género (su cima, el álbum Times New Romance, de 2002), que tendría continuidad unos años más tarde con Rocco, ya desde parámetros desprovistos de electricidad. Suya – de Astronaut – fue una de las escasas citas temáticas (por así llamarla) destinadas a la prédica del post rock en Valencia, una noche de 2001, con los catalanes Pupille y los locales Magic en una Fiesta (así se le llamó, créanlo) celebrada en la extinta sala Quatre. No en vano, Alicante fue un foco privilegiado, ya no solo desde la Marina Alta: de la capital surgieron los sensacionales Qualude, cuyo rocoso El Orden de las Cosas (2002) auguraba un trayecto más largo. Quedó como una estrella fugaz.

Al igual que la breve – o guadianesca, en el mejor de los casos – trayectoria de sus principales heraldos locales, tampoco los empeños colectivos para que el post rock y otros estilos cercanos sedimentasen en la ciudad (y alrededores) han logrado cuajar. Aquel más que interesante Ciclo de Rock Instrumental que impulsó Quique Medina desde su Redacción Atómica en 2011 (con la apabullante presencia de los italianos Stearica, junto a bandas locales como Ratolines, Siesta! o Comadreja Mambo) no tuvo – desgraciadamente – continuidad. Tras la actividad de aquel primer tramo de la década de los dos mil, el post rock en su vis más ortodoxa quedó algo en suspenso, con algunos de sus representantes en barbecho, por mucho que las espirales instrumentales y la abstracción clásica del género permease en la que fue última entrega de Ciudadano o en los discos de Estrategia Lo Capto!, Orquesta del Caballo Ganador, Negro, Perro Grande, Mañana Tampoco, los benicarlandos Anacardos Lata o hasta en los mantras de Jupiter Lion . Al fin y al cabo, en muchos de ellos participaban algunos de los músicos que integraron aquella diversa primera hornada.

En cualquier caso, como queriendo dar validez a aquello de que cualquier estilo ni se crea ni se destruye, sino que tan solo se transforma, una nueva generación de músicos ha cogido el testigo del post rock de contornos más reconocibles en las últimas temporadas. Bandas más que prometedoras, como Adrenaliquid, Krumen o Dûrga (ganadores estos últimos del más reciente Sona la Dipu), deberían escribir sus páginas en próximas temporadas. Suyo debería ser el futuro. No lo tendrán fácil, pero seguro que eso ya lo saben.

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