Los visitantes ricos, turistas de paso o inversores de temporada, están poniendo en peligro la capacidad de los valencianos de vivir en su propia ciudad. Poco se habla también de los inversores inmobiliarios -a cada dos pasos en la calle Mediterráneo una inmobiliaria que dice que solo trata con extranjeros (adinerados, por supuesto) y gente interesada en vivienda para inversión- que operan en este mercado que les provee de ese alojamiento temporario que buscan para vivir in the beautiful Cabanyal (el decorado) en el que no se integran con la gente local pero sí consumen un tipo de vida local turistificada, de cartón piedra. Con la capacidad económica desigual de estos usuarios temporarios del barrio y la puesta a disposición de vivienda como vehículo inversor -de los que solo les importa el making money– se consume y fabrica un tipo de apartamentos y habitaciones que se saca del mercado asequible para los vecinos.
En esta fase de turbocapitalismo, de acumulación progresiva de activos y de negocio boyante para unos pocos -siendo la vivienda un servicio básico- no interesa hablar de lo que le sucede a la gente corriente con sus sueldos locales. Que la echen de su propia ciudad y vengan a alquilar habitaciones de edificios flexliving construidos ad hoc por un precio que solo este tipo de nuevos residentes temporales puede asumir y que marcan los rentistas inversores sin cortapisa. Es casi más barato fiscalmente que una empresa tenga inversiones inmobiliarias que una persona física compre su primera casa para entrar a vivir: este es el gran fallo del sistema, no la necesidad de construcción masiva que acabará en las mismas manos llenas de los que se las podrán permitir.
¿Dónde quedan los derechos de los ciudadanos de València en esta selva de dinero desregulado?
Todas las construcciones de nueva vivienda en el Cabanyal y el Canyamelar son para alquiler turístico y temporario. Un paseo por la calle Mariano Cuber, plagada de obras es suficiente para ver de qué se trata cuando vemos un edificio a medio hacer. Inversiones inmobiliarias de patriotas españoles y extranjeros que buscan especular y rentabilizar rentas con este tipo de negocio destinado no a dar hogar a familias con sueldos locales sino a estadounidenses y otros profesionales globales -nómadas digitales con sueldos extranjeros- que quieren «vivir la vida» una temporada mientras los que vivimos y trabajamos aquí realmente, haciendo comunidad, sean de la nacionalidad que sean, son expulsados de la vida en la ciudad.

¿Dónde están las medidas compensatorias de este desequilibro para que podamos vivir en nuestros barrios?
¿Hablamos de este problema en el barrio? Es una verdad incómoda porque puede ser confundida con xenofobia, pero que realmente tiene que ver con opresión capitalista de los que más tienen y usan su libertad para invertir en rentas de apartamentos o vivir de temporada en ciudades de España sacando de sus propias ciudades a la gente que tiene sueldos locales. En poco tiempo -vean los precios del alquiler y de la vivienda- ven que no se pueden permitir vivir en su propio barrio. Para sus hijos será aún peor si no heredan propiedades. Las mismas familias que han construido comunidad, participado en sus fiestas, las Fallas, la Semana Santa Marinera… y la configuración de su comercio tradicional (que se transforma en lockers, rent a bikes y supermercados carísimos de 24 horas) y tejido social. Porque debajo de muchas libertades que se compran, como la de los ricos expats, se oprimen las vidas de los que menos tienen. Es la base de la desigualdad, de una falsa libertad que se le quita a los que no pueden pagarla. ¿Qué libertad tiene un chaval que quiere independizarse con su primer trabajo delante de un nómada digital que trabaja con sueldo de EE.UU. para encontrar un proyecto de vida en su propio barrio?
Kora Lluna, el aparthotel de 428 apartamentos en la calle Arquitecto Alfaro o, como se anuncia, el mayor «Flexliving» de València es el ejemplo palmario de este problema. Una inversión pensada para inversores -prohibido comprar para vivir- y gestionada por la misma constructora. Pensada para dar rentabilidad alojando a turistas y a este tipo de personas, no para familias que quieren hacer su vida en el barrio. Esto es así aunque traten de disfrazar a este vehículo financiero de «cultura gastronómica» o de decir majaderías en la prensa local como «pensado para buscar la vida a la fresca». Como si ahora tuviéramos una cancha de fútbol para nuestros hijos o una plaza pública para los vecinos y vecinas de siempre. Lo que tenemos ahora son 428 apartamentos más que se suman a la presión turística y de acceso a la vivienda para las gentes que habitamos los Poblados Marítimos.
Se sumarán pronto muchos más en la Avenida Tarongers y el Grao. El hotel que ya se construye en las antiguas oficinas de la Asociación Naviera Valenciana junto a la guinda del pastel, el de la Autoridad Portuaria en Valencia regalado por María José Catalá a costa de los vecinos mientras nos distraen con coeficientes de saturación turística que no se cumplen ni se hacen cumplir corriendo como corre el dinero rápido entre los que ya lo tenían. Flexliving, hoteles y apartamentos turísticos: tu vida, la que creías tuya, se convierte en un decorado para la gente que tiene dinero para poder pagarla.
Este modelo de ciudad es la negación de nuestro barrio, de la vida en libertad en tu propia ciudad. En la que naciste o trabajas. Porque no es para su gente ni para mejorar su vida sino que la expulsará en este proceso de gentrificación acelerado que exprime rentas de alquileres temporarios y turísticos de adinerados nómadas digitales. Es un «No Barrio» en el que Ricard Camarena pondrá su «No Bar». Es el nombre que, con acierto, ha escogido el famoso chef valenciano, aliado de Kora Lluna Living, en su aterrizaje capitalista.
PD.- València sigue siendo una de las pocas ciudades de Europa que no tiene tasa turística para que turistas y ciudadanos de paso puedan contribuir a los servicios públicos que usamos todos. En Barcelona la tasa turística se ha convertido en la segunda fuente de ingresos municipal: más de 100 millones de euros en 2024.













