Rafael Berrio y la eterna contracorriente

por | 30 enero 2016 | Reportajes

Los padres de Rafael Berrio emigraron a París durante el franquismo: ese fue el origen de la querencia por la cultura francesa que enferma buena parte de sus composiciones a contracorriente. Este vasco hechizado por el influjo noctámbulo de la chanson, tomó la capacidad de este género para unir el acento lírico y la solidez interpretativa. Hizo suya la tradición de Jacques Brel o Léo Férre, pero sin perder de vista sus raíces, bebiendo de lo popular, llevando a cabo un recorrido íntimo lleno de ternura e ironía.

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A comienzos de los 80, con UHF, lanzó una propuesta que renovaba lo planteado por los cantautores de Euskadi. Apostando por formas de expresión más elaboradas, encontró la aprobación del público, formando parte del llamado Donosti Sound; pero el grupo pronto quedaría sepultado por la eclosión del Rock Radical Vasco y su atronadora urgencia: la escena musical dio un vuelco repentino que no dejaba espacio para sutilezas. Desde aquel entonces la fortuna se le mostraría esquiva.

Sin embargo, Rafael Berrio no se dejó vencer por el desaliento, lideró otros proyectos: Amor a traición y Deriva, con los que fue tejiendo desde la humildad el discurso coherente propio de un hombre austero. El reconocimiento le llegaría sin esperarlo con 1971 (2010), un empeño en solitario con el que consiguió excelentes críticas y que ha ocasionado un selecto culto entre sibaritas y conocedores que todavía late. Parte del éxito se debió al toque de barita de Joserra Senperena en la producción, un hombre que domina tanto el rock como la orquestación clásica, propiciando un elegante despliegue de pianos, cuerdas y vientos. El legado francés se entrelaza primorosamente con el recuerdo de los primeros logros de Leonard Cohen, tomando como referencia también los arreglos superlativos de Juan Carlos Calderón para gente como Nino Bravo, Aute o Serrat. Un disco etéreo, una cápsula de belleza que abraza con valentía las formas de la canción melódica tradicional.

Sobresaliente letrista, Berrio dibuja con saludable humor la geografía emocional de aquellos que contemplan la existencia como cansancio eterno y a veces no encuentran razones para amanecer. Canciones que son viñetas en tono menor, apegadas a lo cotidiano, en rebelión contra la tiranía que nos empuja a vivir en un presente sin memoria; un espacio hostil para aquellos que tienen la piel delicada. Hace oídos sordos a los sermones abusivos en los que la locura se disfraza de razón y prefiere refugiarse en el pasado, un poco como los personajes de “Medianoche en París” de Woody Allen, haciendo suyo un imaginario caduco en el que todavía es posible la magia. Y así, precedidos por un piano taciturno y violines en pizzicato, Rafael nos presenta en Mis amigos a sus compinches, borrachos distinguidos seguidores de esa bohemia ajada de la que hablaba con nostalgia Aznavour en “La Bohème”; que, tal vez, nunca fue otra cosa que la carestía disimulada con belleza y humorismo.

El pacto con Senperena se prolongó felizmente en Diarios (2013), una nueva entrega de teatralidades de vodevil y valses de posguerra que celebran a las gentes que, como Georges Brassens, cultivan con esmero la mala reputación. Pero, en un giro sorprendente al tiempo que satisfactorio, el reciente Paradoja (2015) se deja ganar por el ascendente de Lou Reed y de otros apóstoles oscuros del rock, tendiendo un puente eléctrico entre los malditismos de Montmartre y el Rimbaud de las alcantarillas de Nueva York.

El sábado 6 de febrero en Deluxe Pop Club de Valencia presentará este último trabajo, con La Gran Esperanza Blanca como teloneros y dentro del marco de la Fiesta Criminal 2016 que organizan El Club de Amigos del Crimen y PitaSound Promociones.

Fotos: A. García

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