“Rascas detrás de una bandera y lo que hay es pasta”

por | 12 diciembre 2017 | Entrevistas

Puede que la discreta última entrega de Los Enemigos no augurase cotas tan altas, pero lo cierto es que la carrera en solitario de Josele Santiago ha alcanzado una de sus cumbres (¿su pico?) con el fabuloso Transilvania. Un quinto álbum en el que reformula su propuesta de la mano de Raül Fernández Refree y Xarim Aresté, dos excepcionales guitarristas (productor sumamente versátil el primero) con los que ha dado una nueva vuelta de tuerca a su sonido, cimentando uno de esos trabajos – prendados de rabia, desencanto y lucidez para retratar el estado del mundo en el que vivimos – que está llamado a ser recordado como uno de los grandes discos de su tiempo.

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Lo presentará en Valencia el próximo 16 de diciembre, en la 16 Toneladas, acompañado por una banda que, debido al descuadre de agendas ocasionado por una lesión de cervicales (que retrasó la salida del álbum más de cuatro meses), no será la misma con la que lo grabó. Poco importa: Coque Santos a la batería, Luca Frasca a los teclados, Mac Hernández al bajo y Nico Nieto a la guitarra son viejos conocidos, estupendos compañeros de viaje y músicos más que solventes – quienes les han visto estos meses hablan maravillas – para reproducir el hechizo de un disco llamado a marcar época. Josele nos atiende al teléfono, en una conversación de casi media hora que podría haberse prolongado con gusto durante media hora más.

 

He leído que conociste a Raül Fernández (Refree) allá por 2004, y que ya entonces surgió en vuestras conversaciones la idea de hacer algo juntos. Sin embargo, la alianza ha tardado en concretarse treces años. Entiendo que es algo que no dejaba de rondarte por la cabeza…
Sí, nos conocimos hace más de diez años, cuando él hizo de director musical de una serie de conciertos para celebrar no sé qué aniversario del Rockdelux. Me invitó, conectamos a la primera, estuvimos tocando un ratillo en el camerino y tal, y desde entonces siempre que nos cruzamos hablábamos de hacer algo juntos. Sobre todo él. La verdad es que he ido siguiendo su carrera y cada paso que ha dado me ha sorprendido. Supongo que era cuestión de que llegara el momento.

Al margen de que este disco sea, obviamente, mucho menos eléctrico que su predecesor (Lecciones de vértigo, 2011), ¿Qué crees que ha aportado a tu música? ¿Dirías que se puede hablar de una reformulación de tu propuesta?
Bueno, no lo sé. Yo siempre entro al estudio con las canciones terminadas, pero las suelo llevar muy desnudas, no me gusta llevarles a los músicos maquetas muy elaboradas porque, en mi opinión, lo único que consigues es restarles fuerza. Me gusta que me sorprendan. Y lo mismo ocurre con el productor. De todos modos, estuvimos encerrados en su casa como un mes, mirando cosas, jugando, divirtiéndonos… fue una grabación muy distendida, en la que yo entraba al estudio con menos prejuicios que otras veces. Porque yo al principio de mi carrera estaba obsesionado con el asunto de grabar en riguroso directo, sobre todo para que respiraran las canciones. En los últimos conciertos de Los Enemigos – antes de la reunión posterior – yo ya notaba que se me ahogaban. Poco a poco me he ido dando cuenta de que hay otras maneras de hacer respirar a las canciones. También a la hora de escribir he tratado de pensar menos en estilos. Ahora he tratado de centrarme en una letra o en una melodía, y punto. Creo que esa idea de grabar en directo era un corsé que no me permitía según qué sobradas. Y el tener tiempo y el estar hablando con un músico como Raül, que tampoco piensa en estilos concretos, te permite eso, porque él es muy abierto, y eso es lo que más me interesaba de mi asociación con él. La única premisa es que no hubiera premisas. Y probablemente es el disco en el que haya utilizado una paleta de colores más amplia.

Es también el primer álbum que editas en solitario prácticamente compaginándolo con la trayectoria de Los Enemigos, quienes os reunisteis para nueva gira y para un nuevo álbum, quince años después. ¿Influye en algo? ¿Sientes mayor necesidad de desmarcarte de cosas que ya has hecho antes, como si tus discos en solitario fueran una válvula de escape mayor que antes?
No, sigue igual, porque eso suena como si no aguantara más lo otro… y al contrario, a mi me encanta. Nunca he ocultado que cuando Los Enemigos nos juntamos fue porque hubo una oferta muy suculenta, económicamente hablando, para dar un bolo. Pero mira, aquí seguimos. Tanto es así que grabamos un disco – que, por cierto, se coló aquí en medio – y a ver si lo podemos compatibilizar, porque coño, es un placer, estoy que me tengo que pellizcar de que estemos los cuatro Enemigos originales juntos. Lo de aparcar nuestras diferencias fue algo muy difícil, pero a la vez muy entrañable, una forma de recuperar un repertorio y una energía que se habían perdido. Así que tanto como considerar una válvula de escape mi carrera en solitario no diría… más bien diría que el no pensar en estilos – lo que te decía antes – me ayuda a escribir con más calma, haciendo una canción para Los Enemigos, otra para mi proyecto en solitario… depende de la melodía y de la letra y de dónde me pille, porque a veces llego al local de Enemigos con una canción terminada y sigue sonando a Enemigos, y si la pongo en manos de otros músicos con un espíritu, digamos, menos estridente, pues saldrá más a lo mío. Y las dos cosas suenan cada vez más parecidas, la verdad.

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“Esto de mezclar el corazón con la política y de buscar la catarsis colectiva… habría que tener cuidado con esto, porque ya estamos entrando en terrenos peligrosos. Porque hay que leer un poquito de historia. El otro día estuve hojeando unos ensayos de Rafael Sánchez-Ferlosio sobre la guerra y empiezan así todas. Con los símbolos, las banderas y su puta madre. Yo estoy harto de banderas y gilipolleces. Detrás de todo eso, lo que me jode es que tú rascas detrás de una bandera y lo que hay es pasta. Y punto, no me creo nada”

 

En cualquiera de los casos, ¿partes siempre del texto? Te lo pregunto porque hace un par de años, en un artículo que publicaste en Babelia (El País), te definías más como un escritor de canciones que como un músico en sentido estricto…
Bueno, hay dos vías de trabajo, y luego las juntas. Por lo menos en mi caso. Muchos lo hacemos así. La vía de encontrar melodías es una especie de cacería, una vía más lúdica, jugando en casa con una guitarra, un tecladito, un bajo, lo que sea, da igual. Y así va uno cazando melodías más o menos abstractas. Y por otro lado está el escribir las letras, que también pueden surgir de una forma más abstracta y luego las vas ligando, que es la parte más disciplinada del asunto. Pero están las letras más condicionadas por la melodía que al revés. Siempre tengo más melodías que letras en el cajón.

¿Te resulta frustrante o incómodo que en este país sea tan complicado que los solistas de tu generación recabéis la misma repercusión pública que cuando estabais en vuestros grupos? Tanto tú como Fernando Alfaro o Joaquín Pascual (ambos de Surfin’ Bichos) o José Antonio Lapido(091), os veis abocados a gozar de mucho menos público que cuando giráis de nuevo con vuestras bandas ¿Crees que el público es conservador?
Creo que eso se resume muy rápidamente: a la gente le gusta reunirse y recordar sus años mozos, es como el síndrome de Peter Pan, y ese factor no entra en nuestras carreras en solitario y sin embargo es muy importante a la hora de reunir a una banda veterana, que se había separado y tiene un punto épico que resulta bastante atractivo, por lo visto. Es así, qué le vamos a hacer. Es un poco esquizoide la cosa. Cuando estoy ahora de gira vuelvo a los clubs, a las salas medianas, y eso tiene también la vertiente folk. Pero la verdad es que eso nos pasa a todos los españoles de a pie: quien más quien menos está pluriempleado, haciendo un apaño por aquí o por allá, y a los músicos nos pasa exactamente lo mismo, estamos en tantos frentes como podemos. Yo tengo mi vertiente folk, en la que – por cierto – estoy cada vez más a gusto, me muevo con la guitarra acústica y a nivel logístico pues es una maravilla. O me voy con otro guitarrista que puede ser David Krahe o puede ser Xarim Aresté, últimamente suelen ser estos dos. Luego está el repertorio con banda, el formato quintet, y luego están Los Enemigos, así que ya te digo: estoy como cualquier español medio, ganándonos las lentejas como podemos.

¿Dirías que este es un álbum pesimista, o más bien cabreado?
Diría que es un disco cabreado, porque pesimista… lo que es pesimista es la realidad. Tiene un discurso muy urgente, porque es que nos vamos al carajo. Se está hablando de muchos problemas, pero no de los que afectan a nuestra realidad cotidiana, que es de lo que se debería hablar. Y esta pelota sobre la que vivimos se nos va a la mierda. Nos estamos comportando como un puñetero virus. Lo único que sigue importando es hacer dinero rápido. Yo diría, aunque la gente no lo vea así, que es un disco muy ecologista, porque se sitúa en un escenario apocalíptico y no es caprichoso. Está diciendo “señores, esto está a la vuelta de la esquina… ”

Te lo preguntaba también porque muchas veces se habla de discos pesimistas como sinónimos de resignados, a mi este me parece un álbum rebosante de vida y de ganas de revolverse ante la adversidad. Como una llamada a la acción, a no quedarse de brazos cruzados ante lo que nos rodea…
Claro, no es un disco siniestro ni tétrico. Es un disco oscuro, pero que tiene mucha energía. Porque este tipo de discurso, digamos negativo, pesimista o apocalíptico, llámalo como quieras, se suele asociar a músicas muy fúnebres, muy tétricas. Muy abstractas. Con lo cual, ante esto, ¿qué va a hacer uno? ¿Meterse en la cama y no salir nunca? Yo creo que no debe ser así. Además, ha sido una grabación tremendamente divertida. En ese sentido me recuerda mucho a La vida mata (Los Enemigos, 1990), es un discurso muy apocalíptico asociado a una música muy energética. Un asunto casi blasfemo, pero que funciona muy bien.

Entrando en el contenido del álbum, hay una canción que me ha llamado mucho la atención por su tratamiento, con ese brote ruidista, y creo que es el punto de fuga más claro respecto a tu repertorio previo, que es “Saeta”. No sé si tiene que ver con la temática de la canción, que es bastante turbia, con la pederastia de fondo…
Sí, naturalmente que tiene que ver. Le queríamos dar una carga perversa, y tiramos por la vía ruidista, porque en realidad la canción está compuesta con una estructura muy clásica, con su estribillo, etc… pero sí queríamos darle un punto de peli de miedo, porque en realidad es lo que es. La temática es especialmente puñetera, incluso diabólica, por eso tiene un tratamiento bastante más radical que el resto. De todos modos, hay muchas músicas que uno escucha (porque uno escucha de todo), que antes o después se cuelan. Y aquí yo veo mucho de los Stranglers, por ejemplo… ya te digo que teniendo a Raül, que es un especialista en la materia porque ha trabajado con Lee Ranaldo y gente de ese cariz, pues también quería ir un poco por ahí. En “Saeta” hay muchas cosas suyas que han sonado de puta madre, porque yo estaba un poco perdido y no quería hacer una canción clásica.

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“Se está hablando de muchos problemas, pero no de los que afectan a nuestra realidad cotidiana, que es de lo que se debería hablar. Y esta pelota sobre la que vivimos se nos va a la mierda. Nos estamos comportando como un puñetero virus. Lo único que sigue importando es hacer dinero rápido. Yo diría, aunque la gente no lo vea así, que es un disco muy ecologista, porque se sitúa en un escenario apocalíptico y no es caprichoso”

 

En “No se equivoca el mal” hablas del paso del tiempo y el mal, dando la idea de que al final este siempre se sale con la suya. ¿Dirías que eso de que el tiempo pone a cada uno en su sitio o de que se encarga – a la larga – de hacer justicia no es más que un tópico?
No siempre ocurre así, claro que no. Depende también de dónde esté el sitio de cada uno, porque cada uno lo ve de una manera, pero es una canción sobre el mal, simplemente. De lo cerquita que lo tenemos. Es un tópico, pero siempre está ahí. Siempre está ahí y siempre vuelve, la historia es cíclica.

Comentabas antes eso de que estamos todo el día entretenidos con informaciones que no tratan realmente sobre nuestros problemas cotidianos. Y en “Ángel” cantas sobre la condición humana, inspirándote en la película La profecía (Richard Donner, 1976), con líneas como “maldigo vuestra podrida nación”. No sé si esa letra es muy aplicable a esta espiral en la que llevamos ya meses inmersos, toda esta guerra de banderas…
Sí que lo creo. Estoy casi seguro de que esto es un puto teatro. Además no hay más que fijarse un poco, todo encaja a la perfección. Si no estuviera orquestado, sería una casualidad del carajo que salieran las cosas como están saliendo. Da la sensación, al menos yo la tengo cada vez más, de que la cortina de humo famosa ya no sirve, así que aquí han tirado de tela de saco y ahora ya no saben cómo deshacer la madeja y lo que hacen es jodernos la vida a todos. Es así de triste, es un puto teatro. Esto de mezclar el corazón con la política y de buscar la catarsis colectiva… habría que tener cuidado con esto, porque ya estamos entrando en terrenos peligrosos. Porque hay que leer un poquito de historia. El otro día estuve hojeando unos ensayos de Rafael Sánchez-Ferlosio sobre la guerra y empiezan así todas. Con los símbolos, las banderas y su puta madre. Yo estoy harto de banderas y gilipolleces. Detrás de todo eso, lo que me jode es que tú rascas detrás de una bandera y lo que hay es pasta. Y punto, no me creo nada.

“Sonia”, el cierre del disco, me parece una canción sumamente emocionante, incluso aunque no conozcas la intrahistoria de la misma (como fue mi caso la primera vez que la escuché, luego la supe). Sobre todo por el tono que empleas a la hora de cantarla, que creo que transmite muchísimo y lo hace demostrando que, pese a que nunca has sido un vocalista ortodoxo, has alcanzado un grado de madurez que no era previsible hace unos años.
Me alegra mucho que me lo comentes, y te lo agradezco porque es un asunto que llevo trabajando mucho tiempo, lo de la voz. Y ha sido siempre un reto para mi. Cuando entré en esto yo no quería ser cantante, y en los últimos siete u ocho años he estado trabajando bastante en ello, sobre todo a raíz de que empecé a hacer acústicos. Ahí me di cuenta de que me hacía mucha falta. “Sonia” es una canción muy especial, porque salió a última hora: el disco tenía once canciones y a última hora salió esta, y me salió sola, tras despedirme de una amiga muy querida. Y bueno, ahí queda. Vino como los hijos estos que te llegan cuando tienes casi 50 años. La escribí en el viaje de AVE hacia el tanatorio, de Barcelona a Madrid, y en el viaje de vuelta la terminé. Y cuando llegué le dije a Raül: “vamos a grabar otra”. Y la hicimos en un par de horas.

Fotos: Alex RadeMakers

 

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