Ryley Walker, el inescrutable camino de la revisión folk

por | 18 noviembre 2016 | Música

En este continuo reciclado de ideas añejas en el que vivimos, inmersos como estamos en un perpetuo bucle cuyo factor más positivo seguramente sea la recuperación de artistas que en su momento no obtuvieron la repercusión que merecían, poco importan los guarismos que indican los carnets de identidad.

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Porque Ryley Walker acaba de cumplir las 27 primaveras, y lleva desde los 23 abordando con suma -pero también reverencial- destreza los postulados de un puñado de músicos que gestaron su opaca leyenda hace más de 40 años. Los grandes apóstoles de aquello que se dio en llamar weird folk (Devendra Banhart, Cocorosie, Vetiver) pueden llevar ya unas cuantas temporadas abjurando de aquellas ambrosías de guitarra de palo que tanto les marcaron cuando ellos mismos despuntaban hace ya más de tres lustros, pero el vaivén de las tendencias no ha podido sepultar los ecos proferidos, con el sigilo propio del género, por las discografías que John Martyn, Bert Jansch, Terry Callier, Nick Drake o Tim Buckley fueron puliendo entre finales de los 60 y mitad de los 70 del siglo pasado.

Toda esa herencia, que propone un folk que hace arte del fingerpicking y se deja mecer entre arrullos de jazz, blues o psicodelia, lleva ya unas cuantas temporadas siendo reivindicada -sin las lecturas oblicuas ni los accesos de bizarría de sus directos antecesores- por compositores como Cass McCombs, Steve Gunn, Kevin Morby o el propio Ryley Walker. Nacido y criado en la fértil Chicago, Walker lleva despachados tres álbumes desde 2014. Es decir, va a disco por año. Lo del cedazo, la criba de material antes de entrar en el estudio, parece no ir con él. Y quizá sea ese también el principal riesgo que asume, porque el innegable despliegue de clase que desvelan sus canciones no se ha visto aún correspondido con esa obra concisa, certera e inapelablemente atinada que otros (el del último Cass McCombs es el ejemplo más reciente) han logrado, al fin, facturar. La dispersión es su principal hándicap. Tiempo al tiempo, en todo caso. Porque su obra marca una curva ligeramente ascendente, y recorrido tiene (de sobra) por delante.

All Kinds Of You (Tompkins Square, 2014) marcó la pauta, que se consolidó con Primrose Hill (Dead Oceans/Popstock!, 2015) y ha cobrado su aspecto más seductor en el reciente Golden Sings That Have Been Sung (Dead Oceans/Popstock!, 2016). Un trabajo en el que sus canciones siguen impulsadas por un vigoroso aliento narrativo, derivando en primorosos desarrollos de guitarra que prolongan su minutaje -en la mayoría de los casos- por encima de los cinco minutos, pero que también denota una calidez más cercana a los modos del jazz que nunca, y unos leves cambios de ritmo en los que se palpa el sesgo experimental de la escuela de Chicago: por algo la producción ha corrido a cargo de Leroy Bach, quien formó parte de Wilco en su etapa menos tradicionalista (a principios de los 2000), y cuyo bagaje justifica las comparaciones que este tercer trabajo ha suscitado con la música de The Sea and Cake, Gastr del Sol o hasta Tortoise. Con aquellas singladuras en las que Jim O’ Rourke o John McEntire, santo y seña de la vanguardia rock de la ciudad, han estado implicados.

El 21 de noviembre recala por primera vez en Valencia para presentar, junto a una banda compuesta por músicos relacionados con la escena del jazz (con todo lo que ello tiene de tendencia a la improvisación: él no lo niega en las entrevistas, así que avisados están) los temas de su último trabajo y picotear también de su anterior producción. Buen momento para asistir a la maduración de quien podría ser -quién sabe- una estrella en ciernes.

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