Serrat y aquellas pequeñas cosas de los idiotas

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Desde su debut en 1967 hasta 1973 Joan Manuel Serrat publicó algunos de los discos imprescindibles para entender la cultura popular catalana y española del siglo XX: Ara que tinc vint anys (1967), Com ho fa el vent (1968), La paloma (1969), Dedicado a Antonio Machado (1969), Mi niñez (1970), Serrat/4 (1970), Mediterráneo (1971), Miguel Hernández (1972) y Per al meu amic (1973). En su última gira, Serrat se ha encontrado con intolerantes que en València le exigían que hablara castellano y que en Barcelona le gritaban que cantase en catalán. Conmigo o contra mí. Elige un bando y golpea.

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Hasta hace algún tiempo la intolerancia casi siempre palmaba en la balanza contra la vergüenza, el miedo al ridículo o el respeto mutuo. Esto se acabó. Ahora cualquier idiota se cree con derecho a boicotear un acto cultural que no comulgue con su doctrina ideológica. El sistema de valores democráticos que permite la convivencia entre diferentes se ha infantilizado, se ha ido a la taberna a ponerse tibio de mistelas. Y los responsables tienen nombre y apellidos. El discurso del idiota común ha sido legitimado gracias al discurso del político incendiario.

El siglo XXI comenzó con la materialización de lo imposible. Las torres cayeron. Los bancos cayeron. Casi todos caímos. Y mientras nos levantábamos espolsándonos la tierra buscamos culpables entre los tecnócratas y los políticos que nos limpiaron hasta el último céntimo. Pero algunos de los que llegaron no eran mejores. Hablaban como nosotros, ofrecían soluciones fáciles, regalaban ilusión en momentos de desesperanza, y lo hacían enfrentando a unos contra otros. Para que nosotros ganemos, ellos tienen que perder, así que nosotros, primero: los cubanos de Miami no querían a los centroamericanos en Miami, los ingleses de Sheffield no querían a los polacos en Sheffield, los piamonteses de Turín no querían a los migrantes libios, los bávaros de Múnich no querían a los refugiados sirios, la catalanofobia apareció en una parte de la población del país y algunos independentistas catalanes insultan con el término “español”.

En 2015 Angela Merkel abrió las fronteras a 1,3 millones de refugiados sirios, en una decisión valiente, por razones humanitarias. La consecuencia fue la aparición del discurso del odio de Alternativa por Alemania que entró en los parlamentos. Pero la gran mayoría de la ciudadanía alemana optó por participar en los procesos de integración en un ejemplo democrático. Quizá los políticos españoles y catalanes deberían dejar de pensar en réditos electorales cortoplacistas y hacer política realista -y no epopéyica-, dentro de los marcos legales que rigen la convivencia entre todas las ideologías diversas, para que los idiotas dejen de sentirse legitimados a ejercer como tales fuera del bar o de twitter.